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La crisis sentencia la política exterior europea

Un cuerpo diplomático sin claro apoyo político de los Gobiernos busca una financiación inexistente La cuestión palestina evidencia la división en el club comunitario

Catherine Ashton en una reunión en Moscú con el ministro ruso de Exteriores Sergei Lavrov.
Catherine Ashton en una reunión en Moscú con el ministro ruso de Exteriores Sergei Lavrov. AP

l 31 de octubre fue un día negro para la política exterior de la UE. Puestos los Veintisiete ante la tesitura de votar el ingreso de Palestina en la Unesco, el club comunitario estalló en los tres pedazos posibles: a favor, en contra y abstención. La suspensión de la incredulidad que exige la lectura del Tratado de Lisboa con sus ambiciones de una política exterior, de seguridad y de defensa sólida, unida y creíble saltó por los aires. El rey está desnudo.

Palestina es uno de esos polos de política exterior en los que la UE lleva décadas invirtiendo millones de euros (a razón de más de mil en los últimos años y en su doble vertiente de instituciones comunitarias y aportaciones de los distintos Estados) y de esfuerzos diplomáticos sin haber sacado nunca nada en limpio. Se lo comentaba a principios de mes en Cannes Nicolas Sarkozy a Barack Obama, hablando ambos del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. “No le puedo ni ver. Es un mentiroso”, se dolía el presidente francés, al que intentaba consolar el americano: “Pues imagínate yo, que trato con él todos los días”.

Ante la votación para la promoción o el ingreso como miembro de pleno derecho de Palestina en la ONU, los Veintisiete se han pasado 2011 mordiéndose la lengua para no pronunciarse sobre cómo convendría votar (aunque al final, en los discursos de la pasada Asamblea General, el club comunitario se volviera a dividir no en tres sino en cuatro, si se tienen en cuenta los no sabe / no contesta) en un desesperado intento de la diplomacia europea de presentar el frente unido que Lisboa pretendía atribuir a la política exterior comunitaria.

De momento, los Veintisiete se agarran a una posición oficial de que israelíes y palestinos deben sentarse a negociar conforme a un calendario que desemboque en el fin de conflicto en 2013. Pero las distintas sensibilidades en conflicto, contenidas a lo largo del año y entrevistas en septiembre en Nueva York, estallaron en fracturas reales en París en octubre. Once países votaron a favor de la admisión de Palestina en la Unesco (Austria, Bélgica, Chipre, Eslovenia, España, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Luxemburgo, Malta), cinco votaron en contra (Alemania, Lituania, Países Bajos, República Checa y Suecia) y otros 11 se abstuvieron (Bulgaria, Dinamarca, Eslovaquia, Estonia, Hungría, Italia, Letonia, Polonia, Portugal, Reino Unido y Rumanía).

La prueba palestina es el ejemplo más palpable de la entelequia que es, hoy por hoy, establecer una política exterior para un club tan heterogéneo como el de los Veintisiete, con irreconciliables posiciones enraizadas en la historia, la geografía, la economía o las circunstancias políticas del momento. “Aquí hay un problema estructural básico…”, se le planteó en una oportunidad la cuestión a Catherine Ashton. La alta representante para la Política Exterior de la Unión respondió con sonrisa irónica: “¿Solo uno?”. “Lo ocurrido en París fue lamentable”, comenta alguien de su entorno. Otros dicen que con esa votación, ella y la política exterior europea quedaron en ridículo: Ashton había hecho todos los esfuerzos posibles para mantener un frente común.

En la UE hay dos países con inercias y fuertes ambiciones en política exterior, Francia y Reino Unido, que en la votación parisina terminaron en distintos campos (a favor y abstención) y un tercero, Alemania, el socio más influyente del club aunque siga sin ser previsible en política exterior, que votó en contra. Italia y España, los siguientes por peso y proyección, también estuvieron separados (abstención y a favor) mientras el cabeza de lista de los países de la ampliación, Polonia, con ojos volcados hacia los vecinos de Este de la Unión, optó por no pronunciarse. Si el rey no está desnudo, está cubierto con harapos.

El extraordinario poder blando de la Unión deriva del carácter envidiable del club, visto desde fuera como un emporio de riqueza, paz y estabilidad, que vuelca en el exterior ingentes apoyos, tanto en labores de consolidación de paz y Estado de derecho como en puras ayudas financieras. El recién creado Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) está llamado a ser la punta de lanza de la diplomacia europea y para él reclama Ashton —“si queremos ser serios y tener los medios adecuados”, viene a decir la alta representante— unos fondos millonarios que ni la Comisión ve con buenos ojos ni los Gobiernos están dispuestos a apoyar.

“Dadas las circunstancias, no es el mejor momento para reclamar más dinero”, apunta una fuente comunitaria, secundando así las sonoras objeciones británicas a las demandas económicas de un SEAE que en Londres, muy celoso de su autonomía exterior, produce sarpullidos. Ese cuerpo diplomático no termina de despegar (con problemas incluidos de burocracia en el abono de gastos) y se han producido en él deserciones que echan por tierra el deseo de Ashton de convertirlo en un imán que atrajera a los mejores y más brillantes. En el SEAE arguyen que los desajustes son los propios de un organismo que apenas ha visto la luz del día, aunque también apuntan que ese servicio diplomático, y lo que supone para una política exterior europea, tardará al menos una década en dar resultados.

Una década más de languidez económica es lo que algunos expertos e instituciones, como el Fondo Monetario Internacional, auguran a la UE, tiempo más que suficiente para matar el brillo de una política exterior que pena por hacer buenas las ambiciones imposibles del Tratado de Lisboa, que pretendía acabar con el dictum de “gigante económico, enano político”.

Entre esas ambiciones estaba la de crear la figura con el teléfono al que pudiera llamar Washington cuando quisiera hablar con la UE. Para impresionar a terceros y dar fuerza a tal interlocutor europeo de Estados Unidos y del mundo, los redactores del Tratado de Lisboa lo cargaron de perifollos (alto representante, vicepresidente de la Comisión Europea, presidente del Consejo de Asuntos Exteriores) y eligieron en una mala noche de noviembre de 2009, por exclusión y en atención al principio de las cuotas y equilibrios (Reino Unido, socialista y mujer), a una sorprendida Ashton.

Stefan Lehne, político austriaco conocedor a fondo de los pasillos europeos y de la política exterior de la Unión, hoy convertido en politólogo adscrito a Carnegie Endowment en Bruselas, desde donde escruta la aplicación del Tratado de Lisboa, pasa revista en un reciente artículo a la miríada de limitaciones que traban una política exterior efectiva de los Veintisiete. Lehne apunta algunas salidas, una de las cuales exige que Bruselas tenga una mayor capacidad de liderazgo sobre los Veintisiete. Mantiene su esperanza el analista en que Lisboa sea aplicado de forma creíble (a pesar de que el Tratado ha envejecido a ojos vista y no está a la altura de los desafíos económicos y financieros a que se enfrenta la Unión, para lo que ya se le preparan inyecciones de bótox jurídico) y sostiene que el gran designio para la política exterior será verosímil si “recibe los recursos necesarios y goza del imprescindible apoyo político de los países miembros y de la Comisión”. Pedir peras al olmo se llama la figura.