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¿Cuidar de nuestros padres es una obligación moral más allá del afecto?

En sociedades donde el cuidado familiar se da por supuesto, pocas veces se cuestiona su fundamento. Pero cuando el vínculo es frágil, lo que parecía evidente se puede convertir en un dilema ético

Dos personas en un parque de Munich, en noviembre de 2025.  Michael Nguyen (NurPhoto / Getty Images)

El teléfono suena. Es el hospital. No hay tiempo para revisar el pasado. La vejez irrumpe sin preguntar cómo fueron los vínculos. De pronto, la biografía deja de ser recuerdo y se convierte en responsabilidad.

En sociedades cada vez más envejecidas, donde la atención a las personas mayores sigue recayendo en gran medida en la familia, esta escena se repite. Pero no todas las historias familiares están hechas de cercanía. Cuando los padres envejecen aparece un dilema incómodo: ¿cuidamos porque queremos o porque debemos?

La cuestión deja de pertenecer solo al terreno de los sentimientos y entra en el de la moral. El cuidado filial no puede resolverse solo en términos de lo que sentimos, sino también de lo que creemos que nos debemos unos a otros. Es una exigencia que no desaparece cuando el afecto ya no es el mismo. No se sostiene solo en el amor, pero tampoco puede reducirse a una deuda automática. Remite a normas sociales, a la vulnerabilidad que reaparece y a una historia compartida que, incluso cuando fue difícil, no desaparece del todo.

El amor como criterio moral

¿Cómo se ha construido culturalmente la idea de que a los padres se les debe cuidar? ¿Por qué ese mandato parece activarse incluso cuando el vínculo emocional es frágil? Noemí Villaverde, educadora social y antropóloga, autora de Una antropóloga en la luna (Anaya Multimedia, 2017), determina que esta expectativa tiene que ver con el lugar central que el amor ha ocupado en nuestras sociedades.

“Hemos colocado el amor en el centro”, explica, hasta convertirlo en el prisma desde el que ordenamos nuestras relaciones. De ahí surge la idea de que el mejor cuidado es el que se hace “con amor” y de que quien ama no puede pedir nada a cambio, porque el amor verdadero no se calcula y exige darse sin esperar retorno.

Sin embargo, matiza que ninguna de esas premisas es indiscutible. Podemos cuidar por amor, pero también “por justicia, por libertad, por compromiso o por solidaridad”. Como precisa, cuando el amor no incluye negociación entre iguales, puede terminar convirtiéndose en dependencia o en una relación de poder. El problema aparece cuando el cuidado se identifica exclusivamente con el afecto. Entonces cualquier distancia o ambivalencia se interpreta como falta moral.

La fragilidad de la autonomía

En la tradición moral moderna, que el filósofo alemán Immanuel Kant formuló con especial claridad, el deber no depende del afecto. La obligación no nace de la inclinación ni de la simpatía, sino del reconocimiento del otro como un fin en sí mismo. Desde esa perspectiva, cuidar no sería una cuestión de amor o gratitud, sino de respeto a la dignidad humana. La pregunta ya no sería si queremos hacerlo, sino si podemos apartarnos de esa exigencia.

Esa concepción universal del deber ha sido cuestionada por quienes recuerdan que nadie es autónomo por sí mismo. La ética del cuidado introduce otra perspectiva. Joan Tronto, filósofa política estadounidense y una de las principales teóricas de la ética del cuidado, defiende que cuidar no es un gesto privado, sino una práctica que hace viable el mundo común, un conjunto de actividades destinadas a mantener y reparar el entorno que hace posible la vida. La filósofa Eva Feder Kittay, que ha trabajado sobre dependencia y justicia, recuerda que la vulnerabilidad no es una excepción, sino una condición recurrente. La autonomía es frágil y depende de redes de apoyo.

A partir de este enfoque, el cuidado de los padres no se explica solo por el afecto ni por un deber abstracto. Nos sitúa en una realidad más básica, porque todos atravesamos momentos de dependencia. La cuestión ya no es solo lo que sentimos, sino cómo respondemos cuando la vulnerabilidad reaparece.

El cuidado de las personas mayores no se organiza únicamente a partir de decisiones individuales. En sociedades envejecidas, esa responsabilidad sigue descansando en gran medida en el ámbito doméstico.

Verónica Montes de Oca Zavala, coordinadora del Seminario Universitario Interdisciplinario sobre Envejecimiento y Vejez de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), asegura que en contextos latinoamericanos el deber filial mantiene una fuerza significativa, “especialmente hacia las madres”.

El envejecimiento y el cuidado, advierte, están atravesados por una doble feminización: viven más mujeres y son, con frecuencia, las hijas quienes asumen su atención. La idea de reciprocidad (“devolver lo recibido”) funciona como norma interiorizada, aunque pueda vivirse como carga y generar tensiones, especialmente cuando la responsabilidad no se distribuye de forma equitativa.

En este sentido, Montes de Oca apunta que lo que a menudo se percibe como obligación moral individual puede entenderse también como el resultado de una organización social que privatiza el cuidado y delega en la familia lo que constituye una cuestión colectiva.

Lo que la distancia no borra

Laura Quintana, profesora titular del Departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes (Colombia) y autora, entre otros, de Política de los cuerpos (Herder, 2020), propone desplazar la discusión del deber abstracto hacia una concepción relacional de la responsabilidad.

Antes de responder a este interrogante, señala que todas las relaciones sociales están atravesadas por afectos y que “los afectos tienen que ver con las huellas que las experiencias van grabando en los cuerpos”. Incluso los vínculos difíciles están marcados por historias compartidas y condiciones sociales que han moldeado esas experiencias.

Desde esta perspectiva, plantea que la responsabilidad no puede pensarse como una decisión aislada y subraya que “nunca somos sujetos individuales aislados”, sino personas formadas en tramas de vínculos que nos afectan y a las que también afectamos. La autonomía, añade, no desaparece, pero es relacional y se despliega con otros de quienes dependemos para existir y sostenernos.

Ahí aparece una tensión difícil de resolver entre responsabilidad y deseo. Puede ocurrir que el deseo sea tomar distancia o protegerse de vínculos dolorosos. En algunos casos, ese dilema se vuelve especialmente complejo, como cuando se trata de padres que han estado ausentes o han sido maltratadores. En ese contexto, Montes de Oca añade un detalle. Como indica: “Las personas que han recibido maltrato o violencia en la vida también tienen derecho a justificar su no cuidado; será ahí donde el Estado deba asumirlo”.

Sin embargo, esas historias también nos vinculan a lo que podemos llegar a ser. Por eso, Quintana afirma: nuestras decisiones no ocurren en el vacío, sino que se inscriben en historias compartidas que siguen abiertas.

Advierte que el cuidado no puede restringirse al ámbito privado. Las redes de apoyo dependen de estructuras sociales que las hagan posibles. Cuando la vulnerabilidad se intensifica, las prácticas de cuidado no deberían recaer únicamente en la familia, sino contar con marcos públicos que respalden a quienes cuidan.

Esto puede concretarse, por ejemplo, en medidas como el desarrollo efectivo de la ley de dependencia, apoyos profesionales accesibles o fórmulas que permitan compatibilizar el cuidado con la vida laboral y eviten que la responsabilidad se convierta en una carga que recae en cada persona.

El debate no se agota en la experiencia individual ni en la historia afectiva. Cuando el afecto no basta, la pregunta no desaparece, solo cambia de lugar. Ya no se trata solo de lo que sentimos, sino de cómo entendemos nuestra responsabilidad. Quizá sea ahí, en ese desplazamiento incómodo, donde se juega nuestra forma de entender la responsabilidad y la convivencia.

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