Memoria del bien/malestar
España lidera la esperanza de vida al nacer en Europa —84 años—, junto a Suecia e Italia


Que la esperanza de vida en España al nacer haya subido como media más de 10 puntos desde 1975, hasta alcanzar los 84 años, es una de esas señales estructurales que indican el verdadero cambio de las sociedades cuando se ponen las luces largas. Progresos en salud pública, bienestar social, condiciones de vida, etcétera, apuntalan esa transformación. Para consolidarla falta el siguiente paso: que los años adicionales de vida conquistados tengan calidad y no impliquen tantas discapacidades. España lidera esa esperanza de vida en Europa junto a Suecia e Italia, lo que la posiciona como una de las sociedades más envejecidas del continente (según un estudio de Fundación BBVA).
Es imposible detectar esos cambios con las mediciones económicas tradicionales del corto plazo, tipo producto interior bruto (PIB). Conocemos, cada vez con mayor nitidez, que los niveles de bienestar o malestar en las sociedades están escondidos en recovecos, en zonas grises y que de repente emergen en forma de protestas, votaciones insólitas o culturas autoritarias. No es la primera vez que ello sucede así. El periodo que va entre los años 1914 y 1945, esos 30 años, están llenos de sorpresas que no atinaron a ver los científicos sociales que los estudiaban.
Hace un septenio, un país tan alejado de nosotros como Nueva Zelanda hizo un experimento para medir no solo el crecimiento económico, sino también el bienestar de sus ciudadanos, e introdujo criterios para valorarlo: medio ambiente, vivienda, vínculos sociales, identidad cultural, salud mental, personas sin hogar… El PIB dejó de ser la única vara para medir el éxito. Unos años antes el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) había creado el índice de desarrollo humano, que añade a la renta per capita indicadores como la esperanza de vida (salud) o el promedio de escolaridad (educación), establece una clasificación de países y evalúa el impacto de las políticas públicas en la calidad de la vida.
Ahora, con motivo de la cumbre de Johanesburgo (Sudáfrica) del G-20, un grupo de 570 economistas de todo el mundo (Stiglitz, Janet Yellen, Piketty, Zucman, Acemoğlu, Ha-Joon Chang, José Antonio Ocampo y demás sospechosos habituales…) han pedido a los dirigentes mundiales que elaboren un indicador específico de desigualdad permanente, independiente, inspirado en el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), y que estudie tanto la desigualdad de ingresos como de riqueza. Es una fórmula para hacer global lo que el propio Stiglitz, como representante de una Comisión sobre la Medición del Desempleo Económico y el Progreso Global (junto al indio Amartya Sen y el francés Jean-Paul Fitoussi), presentó al francés Nicolas Sarkozy, hoy tan devaluado. Entonces ya se criticó que el PIB fuese el indicador central para medir el progreso de un país. Proponía métricas alternativas más amplias relacionadas con el bienestar, la desigualdad y la sostenibilidad (salud, educación, inseguridad y violencia, medio ambiente, participación política, entorno social y confianza, etcétera).
En estos momentos España está creciendo bastante por encima de la media de los países de su entorno cualquiera que sea la fuente que se escoja, y va a seguir siendo así si no emerge un cisne negro en el horizonte. Por tanto, no se podrá decir que el Gobierno pretende distraer la atención, cuando el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, avanza que en el cuadro macroeconómico de cada año se va a incorporar el índice de Gini, que mide la distribución de la renta entre los ciudadanos (0 correspondería a un país en que todos sus ciudadanos poseen los mismos ingresos —igualdad perfecta— y 1, en el que un solo ciudadano lo ganase todo —desigualdad perfecta—); el indicador s80/s20, que compara las diferencias de renta entre el 20% más rico y el 20% más pobre de la población; y el indicador de riesgo de pobreza.
Si finalmente se asientan estos añadidos en el cuadro económico tradicional (crecimiento, inflación, desempleo…), el siguiente paso sería mucho más ambicioso: que se incorporasen a las memorias de todas las medidas económicas que se toman, y si no es posible, explicar por qué. Eso es liderazgo.
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