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¿Qué fue de tanto esplendor?

Los bibliotecarios de EE UU han pedido ayuda a lectores de todo el mundo para defenderse de las prohibiciones de libros

Patricia Bolinches

Estados Unidos defiende en Ucrania, entre otras cosas importantes, su propio prestigio militar, al igual que lo hace en el mar de China cuando despliega su flota frente a Taiwán. Pero ese mismo Estados Unidos tiene un problema cada vez más serio con su prestigio cultural en el mundo, como lo demuestra que su propia Asociación Americana de Bibliotecas (ALA) haya tenido que pedir ayuda esta semana para defenderse de la campaña que intenta prohibir que determinados libros (cada vez más) lleguen a las estanterías de sus bibliotecas públicas y escolares.

Los bibliotecarios de Estados Unidos piden apoyo a los lectores de todo el mundo para obtener fondos que les permitan pelear en tribunales y juntas escolares y ofrecer a sus miembros, a menudo pequeñas bibliotecas de centros rurales a las que resulta muy difícil soportar la presión, estrategias prácticas para defender los libros. Dejan claro que no se trata de movimientos espontáneos de padres preocupados por las lecturas de sus hijos, sino de un movimiento dirigido por intereses políticos muy concretos. “Las listas de libros que deberían ser prohibidos en las bibliotecas públicas y escolares forman parte esencial de una agenda política”, insiste la ALA. La agenda política de un sector cada día más grande del Partido Republicano y de un grupo de multimillonarios de ideas profundamente reaccionarias, dispuestos a gastarse cientos de millones en movilizar a políticos y padres para que participen en actos muy parecidos a las hogueras de 1930.

Según la asociación, en los ocho primeros meses de este año se han registrado en Estados Unidos 681 intentos de prohibir la presencia de libros en bibliotecas públicas y centros escolares, intentos que afectaban a 1.651 títulos distintos. En un año se han presentado en 36 parlamentos estatales nada menos que 137 proyectos de ley de censura de temas y títulos de libros. En general, se trata de evitar que los jóvenes de 14 a 18 años (los que estudian en la high school) tengan acceso a libros con “contenido sexualmente explícito”, “temas conflictivos o divisivos” (lo que incluye el racismo), “puntos de vista antipolicía”, “brujería y satanismo” (dentro de lo que se incluyen libros de Harry Potter)… No es extraño que la novela que más años lleva en esa infame lista sea The Bluest Eye, de la premio Nobel Toni Morrison (Ojos azules; Ediciones B, 1994), que ha ido escalando puestos, desde el 34º, allá en 1999, a los primeros 10, en 2020. Es una novela dura: trata de racismo, incesto y abusos infantiles. Pero Ojos azules no ha llevado a ningún padre a violar a su hija, sino que ha ayudado a algunas adolescentes a denunciar situaciones semejantes y a pedir ayuda. Como dice Irene Vallejo en El infinito en un junco, “no por eliminar de los libros todo lo que nos parezca inapropiado salvaremos a los jóvenes de las malas ideas. Al contrario, los volveremos incapaces de reconocerlas”.

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“La cantidad sin precedentes de desafíos que estamos viendo este año refleja esfuerzos coordinados en toda la nación para silenciar las voces marginadas y privarnos a todos, en particular a los jóvenes, de la oportunidad de explorar un mundo más allá de los confines de la experiencia personal”, explica la presidenta de la ALA. “Los esfuerzos para censurar categorías enteras de libros que reflejan ciertas voces y puntos de vista muestran que el pánico moral no tiene que ver con los niños: se trata de política”.

Ese es el punto más importante de todo este asunto. No es que muchos estadounidenses se hayan vuelto locos o que se estremezcan ante la avalancha de inmoralidad que ataca a sus jóvenes hijos. No, esos serían casos aislados, tristes, pero no peligrosos. Lo que ocurre en EE UU es peligroso porque se trata de un movimiento organizado y cada vez más poderoso.

Ojalá la campaña contra la prohibición de libros tenga éxito, ojalá fracasen una y otra vez los censores, y ojalá Estados Unidos vuelva a ser el país en el que confiamos durante décadas para defender la libertad de expresión. Margaret Atwood, la escritora canadiense, explicó un día muy bien ese angustioso sentimiento: “¿Qué fue de tanto esplendor?”.

Afortunadamente, volviendo a Irene Vallejo, siempre podremos confiar en la lectura: “No deberíamos olvidar que el libro de páginas triunfó, en gran medida, porque favorecía las lecturas clandestinas, negadas, no consentidas”. Alabados sean los dioses.

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