Punto de observación
Columna
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No son catástrofes, son errores

El fatalismo no es una filosofía, sino que tiene detrás un programa político que defiende acérrimamente lo que hay

Patricia Bolinches

Los trabajos sin cualificar, los que se remuneran con los salarios más bajos, son trabajos duros, extenuantes y no existen estratagemas de supervivencia que desconozca la clase media, como escribió la recientemente fallecida Barbara Ehrenreich en su extraordinario libro Por cuatro duros (RBA, 2003). Entre los no pobres es corriente creer que la pobreza es una condición soportable, explicaba. Pero no lo es… Produce una angustia profunda, un deterioro de la salud considerable, privaciones crónicas, un estado permanente de emergencia que va creando un estilo de vida insoportable. Y ser pobre no significa ser mendigo: la gran mayoría de las personas comprendidas en la definición de pobreza habitual en el primer mundo trabaja mucho y “tiene la misma tendencia a ser ingeniosos y brillantes que los de otras clases sociales”.

No existen argumentos racionales que apoyen la idea fatalista de que las cosas tienen que ser, y serán, siempre así. El fin de la Unión Soviética, en los años noventa del siglo pasado, dio impulso a la idea de que el mundo atravesaría una etapa de mayor prosperidad, paz y esperanza. No ha resultado así, pero, por los mismos motivos, no tiene por qué resultar que los años veinte de este siglo abran la puerta a una era de desesperanza, deterioro y decadencia.

El fatalismo, es decir, la creencia en que los acontecimientos están decididos por una ineludible predeterminación y que no es posible controlarlos, parece impulsarse cada día más desde algunos estamentos políticos. Son las voces que proclaman que la guerra es imparable, los efectos devastadores del cambio climático no tienen ya remedio (o no existen), se avecina un invierno cruel en Europa, la sequía en África provocará hambrunas, Israel borrará del mapa a Palestina, los altos niveles de desigualdad económica son una característica inevitable de la actividad humana y, por lo tanto, es imposible reducir significativamente esas formidables brechas en el reparto de la riqueza…

No hay nada que auspicie más la catástrofe que la continua mención de un horizonte catastrófico. En el fondo, no es nada nuevo, lo que no quiere decir que no sea peligroso. Es la manifestación más clara de la antipolítica, voces que representan el deseo de secuestrar la voluntad política de los ciudadanos, un fenómeno relacionado casi siempre con la extrema derecha y el nacionalismo extremo. Lo que pretenden esos sectores políticos y económicos es una actitud resignada de los ciudadanos, convencidos de que no hay forma de cambiar el curso de los acontecimientos adversos. Buscan una especie de pragmatismo domesticado que conviene, precisamente, a quienes son responsables de esos acontecimientos. (La izquierda más extrema piensa que se puede hacer cualquier cosa, lo que tampoco ayuda al debate imprescindible en política).

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El economista indio Amartya Sen lo explicó mil veces: cientos de miles de personas pueden morir por la falta de acción que resulta de un irracional fatalismo disfrazado de sentido común. Pero esos hechos responden a responsabilidades precisas. Las hambrunas no son fenómenos naturales, sino un fenómeno social que sucede cuando no hay voluntad política de luchar contra los factores reales que la provocan. No vengan a decirnos que la sequía en África provocará cientos de miles de muertos. Pongan los medios para evitarlo.

La mayoría de las catástrofes que se nos anuncian no son fenómenos naturales, sino consecuencia de la negligencia, la incompetencia, la codicia y el abandono del deber de quienes debían hacerles frente en nombre de los ciudadanos. La fatalidad triunfa en el momento en que se cree en ella, decía Simone de Beauvoir. Es importante que los ciudadanos, y especialmente los más jóvenes, comprendan que el fatalismo al que se los empuja no es una actitud filosófica, sino que tiene detrás un programa político que coincide con la defensa acérrima de lo que hay y que impide debatirlo y cambiarlo. Hay quienes pregonan que la crisis climática no tiene solución se haga lo que se haga (incluso profesores universitarios que llaman a sus alumnos al fatalismo, en lugar de incitarlos al debate, como sería su obligación) y pesimistas que creen que no tiene solución porque no se hará nunca lo necesario. La cuestión es animar a resignarse.

La violencia, la guerra, las hambrunas o el deterioro en la sanidad, en la educación o en el reparto de la riqueza no responden a acontecimientos catastróficos que no se pueden controlar, sino a errores fatales, que son responsabilidad de grupos y personas concretas. Perfectamente identificables.

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