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Es el momento de reconectar con la naturaleza

La pandemia pone en evidencia que nuestra anterior “normalidad” nos estaba conduciendo al suicidio, señala el ensayista Paul Kingsnorth. Solo entendiendo cómo nos hemos “desenamorado” de la Tierra (y aprendiendo a quererla de nuevo) podemos salvarla

Catherine MacBride / Getty Images
Paul Kingsnorth

La semana pasada hablaba con un amigo del final del confinamiento y la vuelta paulatina a la “normalidad”. Los dos coincidíamos en que era agradable poder volver a salir de casa y quedar para tomar algo en el pub. Eran cosas que habíamos echado de menos. Sin embargo, la conversación sobre la “vuelta a la normalidad” hizo que el rostro de mi amigo adquiriese una expresión extraña, apesadumbrada.

“Quizá no debería ser así”, dijo, “pero la verdad es que disfruté del confinamiento. Aprendí a cocinar, mientras que antes no tenía tiempo de hacerlo. En esos dos meses dediqué más tiempo a mis hijos que en los dos últimos años. También pasé más ratos al aire libre. Descubrí la vida en el jardín y tuve tiempo para sentarme fuera y disfrutar de la naturaleza. Normalmente, me limito a pasar corriendo”.

Resulta revelador que mi amigo hablase en voz baja, como si estuviese expresando pensamientos prohibidos. Oficialmente, la prisa por volver a la “normalidad” —por la cual entendemos el nivel de velocidad, producción y consumo anterior a la covid que caracteriza a nuestra cultura— es evidente en todos los niveles de la sociedad. La desesperación por levantar y poner de nuevo en marcha la maquinaria del crecimiento salta a la vista. Sin embargo, extraoficialmente, hay muchas personas como mi amigo; personas para las que el virus ha puesto al descubierto algo en lo que se suponía que nunca íbamos a fijarnos, y es el hecho de que nuestra “normalidad” no es normal en absoluto, y tampoco es buena para nosotros.

Una ciclista en el bosque de Eawy, en Normandía (Francia).
Una ciclista en el bosque de Eawy, en Normandía (Francia).Enrique Díaz / 7cero / Getty Images

Durante el confinamiento, a menudo me quedaba absorto pensando que si Dios, o la Madre Naturaleza, tenían que idear una manera de obligar a la humanidad contemporánea a encerrarse, bajar el ritmo y hacer un largo y desagradable examen de sí misma, el coronavirus sería la manera perfecta de hacerlo. De repente, casi de la noche a la mañana, no podíamos viajar, ni correr al trabajo, ni salir y distraernos en cines y bares, ni consumir y contaminar a voluntad sin pensar en las consecuencias. En vez de ello, nos vemos obligados a hacer aquello para lo que no teníamos tiempo: sencillamente, estar tranquilos.

Para quienes están bien adaptados al ritmo de vida hiperurbano propio del Occidente del siglo XXI, estar encerrados fue una tortura. Para otros fue una bendición. Internet está lleno de historias de personas que han aprendido el valor de la vida hogareña, de cocinar de verdad, de cultivar alimentos, de reducir la velocidad y de estar con la familia. En otras palabras, todas las viejas virtudes abolidas por el capitalismo actual en su búsqueda del beneficio.

Sobre todo, el virus nos ha obligado a mirar crudamente nuestra relación con la naturaleza. Las ciudades en las que el cielo era invisible bajo una capa de humo gris marrón se volvieron impolutas de repente, y los ríos que antes estaban sucios fluyeron limpios. En la zona rural de Irlanda en la que vivo, las carreteras estaban vacías de coches y los setos volvían a estar limpios de basura. A escala planetaria, el virus provocó el descenso de las emisiones de gases de efecto invernadero que los Gobiernos llevan tres décadas prometiendo y han sido incapaces de llevar a cabo.

Mi conclusión es sencilla: el virus ha sido para el mundo contemporáneo una llamada —tal vez la última— a abrir los ojos, una advertencia de las consecuencias de lo que nos hemos dicho que era “normal”. “Normal” es el deseo de teléfonos inteligentes, vuelos baratos, vida fácil y una tecnocultura globalizada que ha sumido a la Tierra en la mayor extinción masiva en 60 millones de años. “Normales” son los incendios de Australia, los océanos vacíos por la pesca, la escasez de agua y la destrucción de la vida salvaje. En este punto de la historia, “normal” es, en la práctica, un suicidio.

¿Cómo hemos llegado aquí? Dos décadas de pensar sobre la relación del hombre moderno con el resto de la vida en la Tierra, de defenderla y escribir al respecto me han convencido de que la raíz de nuestra crisis ambiental no es la quema de combustibles fósiles, ni tampoco un sistema político o económico determinado. Se trata, más bien, de un problema de relación. Nuestro problema, por decirlo de una manera sencilla, es que nos hemos desenamorado de la naturaleza.

Nuestra relación con el resto de la vida en el planeta es como la de un matrimonio infeliz. Tiempo atrás éramos jóvenes y estábamos enamorados. Ahora apenas nos miramos

Nuestra relación con el resto de la vida en el planeta es como la de un matrimonio infeliz. Tiempo atrás éramos jóvenes y estábamos enamorados. Ahora apenas nos miramos. Sin embargo, como en cualquier relación, el amor es la clave. Si no hay amor, no hay futuro. No es una idea de moda, lo sé, pero, en mi opinión, cualquier “solución” a la crisis ecológica no puede venir de la política o de la ideología. Ningún sabio vendrá al rescate. Tenemos que hacerlo nosotros mismos: usted y también yo. El cambio solo se puede construir corazón a corazón.

¿Cómo conseguirlo? Pues bien, como en cualquier relación humana, el amor llega con la familiaridad. No se puede amar a quien no se conoce. Podemos pasarnos el día discutiendo sobre el cambio climático; podemos elaborar documentos políticos que comparen la energía solar con la nuclear; podemos abogar por un “nuevo pacto verde” o echarnos a la calle con pancartas. Pero nada de esto cambiará nuestra verdadera relación individual con el auténtico mundo vivo al otro lado de nuestras ventanas. Podemos cambiar el sistema si queremos, pero, si no hemos cambiado nuestro corazón, no haremos más que reproducir el problema. Seguiremos yendo en coche a la manifestación por el clima y preguntándonos por qué “ellos” no nos escuchan.

Esto es algo que yo mismo he tenido que aprender con los años. Crecí en un barrio de las afueras de Londres, pero cuando era pequeño mi padre me llevaba a hacer largas caminatas por los montes y los páramos de Gran Bretaña. Algo me pasó durante esas expediciones. Acampar junto a los arroyos de montaña, despertarse al alba, caminar durante horas, a veces con dolor, subiendo y bajando riscos y cumbres, moverse a una velocidad natural: aunque no me diese cuenta hasta más adelante, algo penetró profundamente en mí y nunca me abandonó.

Esta clase de experiencia —una profunda conexión personal con el mundo natural— es lo que convierte a muchas personas en ecologistas militantes. Si lo que amamos está siendo destruido, querremos que eso deje de suceder. Sin ese amor, no nos quedan más que números, ideas, discusiones políticas alienantes: “sostenibilidad”, “balance de carbono”, “servicios del ecosistema”. No es un lenguaje humano y, desde luego, no es el lenguaje del amor.

Hace seis años, mi mujer, nuestros dos hijos pequeños y yo nos fuimos de Inglaterra, donde todos nos habíamos criado, y nos mudamos a una casita en el oeste de Irlanda. Después de años de hablar y escribir sobre ese amor, me pareció que había llegado el momento de ponerlo en práctica. No ha sido fácil, pero con el tiempo hemos descubierto que esta tierra nos ha modelado y nos ha cambiado. Estar en un lugar y llegar a conocerlo; cultivar alimentos en el huerto; plantar y talar árboles; observar el paso de las estaciones; aprender dónde construyen sus nidos las golondrinas y sus enjambres las abejas; cuidar los prados y abonar el suelo; todo ello ha sido un proceso de construcción de una relación. Me ha enseñado más sobre qué hace mal nuestra sociedad —y qué hago mal yo— que años de pensar y escribir.

Recuerde que, a fin de cuentas, usted es un animal y, lo sepa o no, necesita la naturaleza igual que un pez necesita el agua

¿Estoy ofreciendo mi pequeña vida como posible “solución” a la crisis global? Por supuesto que no. Pero no hay una única “solución” simple aplicable a todo, y cualquiera que la ofrezca es un fraude. Aprender a volver a amar la naturaleza a nuestra manera no cambiará el rumbo de la economía mundial. Pero también es verdad que esa economía se basa en una manera de mirar: el distanciamiento de la naturaleza, la codicia por poseer bienes, el deseo de estar en un sitio distinto de donde estamos. Esa es nuestra “normalidad” y no puede durar. Tanto la naturaleza como el espíritu humano son sus víctimas. Si el virus nos ha enseñado —al menos a algunos de nosotros— cómo mirar a nuestro alrededor y ver lo que estamos perdiendo, tal vez logremos averiguar la manera de salir lenta y penosamente de ese distanciamiento.

Si usted me preguntase qué se puede hacer, desde un punto de vista práctico, para volver a remendar esa relación, haría algunas sugerencias que podrían parecer tan nimias y simples ante esta crisis mundial que se sentiría tentado a rechazarlas. Le diría: siembre unas semillas, cultive las plantas, coseche el fruto, cómaselo. Plante árboles, si puede, y asegúrese de pasar algún tiempo bajo sus ramas. Aprenda el nombre de al menos uno de los árboles, plantas, aves e insectos de su vecindario. Observe cuándo la Luna está en fase creciente y menguante. Reduzca el tiempo que pasa en Internet, sobre todo en las redes sociales, igual que reduzca el número de cigarrillos que se fuma (la adicción viene a ser la misma) y pase ese tiempo al aire libre, incluso aunque llueva. Dé paseos, vaya de acampada, duerma al raso. Recuerde que, a fin de cuentas, es un animal y, lo sepa o no, necesita la naturaleza igual que un pez necesita el agua.

No podemos cambiar el mundo, pero sí nuestro corazón. Al fin y al cabo, así es como cambia el mundo.

Paul Kingsnorth es ensayista y autor, entre otros, de ‘Confesiones de un ecologista en rehabilitación’ (Errata Naturae, 2019).

www.paulkingsnorth.net

Traducción de News Clips.


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