_
_
_
_
_

Un calvario público y en directo: cómo Demi Lovato hizo de su sufrimiento su mejor marca

A sus 30 años y a punto de publicar un disco de rock, la exestrella Disney se ha convertido en una de las celebridades favoritas del público gracias a su desgarradora honestidad en redes y apariciones públicas

Demi Lovato
Demi Lovato en un evento de Hugo Boss en Miami en marzo de 2023.Jason Koerner (Getty Images)
Miquel Echarri

El próximo 15 de septiembre se edita Revamped, el tercero de los álbumes “póstumos” de Demi Lovato (Albuquerque, Nuevo México, 30 años). Decimos póstumos porque son posteriores (este y los dos que le preceden, Dancing with the Devil… and the Art of Starting Over y Holy Fvck) a lo que la propia artista describe como su “muerte y resurrección”, es decir, la sobredosis de opiáceos que sufrió en su residencia de Hollywood Hills el 24 de julio de 2018, hace ahora cinco años.

En ese dramático trance, Lovato padeció un infarto y tres embolias y aún arrastra secuelas como una ceguera parcial que la incapacita para conducir automóviles. Lo cuenta en Dancing with the Devil, una docuserie de seis capítulos estrenada en YouTube hace dos años y que ahora mismo supera los 16 millones de visualizaciones. Es, probablemente, el más turbio y descarnado documental sobre las flaquezas, desventuras y tragedias de una mujer célebre que se ha producido en los últimos años.

Revamped, el álbum que trae a Lovato de vuelta, no va a ofrecer temas nuevos. Es una simple traducción a su recién estrenada sensibilidad roquera de diez de los temas más emblemáticos del repertorio de la estadounidense, empezando por Sorry Not Sorry, que ha sido acelerada hasta el delirio y cuenta con la guitarra trapera y narcótica del ex Guns N’ Roses Slash, su nuevo cómplice creativo. Los fans han tenido ya la oportunidad de escuchar tres de las canciones, el ya citado, Heart Attack y Cool for the Summer, y los están acogiendo con previsible entusiasmo.

Demi Lovato firma autógrafos y pósters en Nueva York en 2008.
Demi Lovato firma autógrafos y pósters en Nueva York en 2008.Janette Pellegrini (WireImage)

Los lovatics, una de las tribus más fundamentalistas e incondicionales del fandom mundial, están dispuestos a comprar cualquier cosa que su becerro de oro les venda. Creen en ella, se sienten retribuidos por la desnortada franqueza con que les habla de su vida. Se entusiasman con sus éxitos. Sufren como madres con sus desengaños amorosos, sus problemas de equilibrio emocional y sus adicciones.

Como explica Scottie Andrews en un artículo en CNN, este núcleo duro de seguidores contumaces se ha acostumbrado a considerar trascendentes y genuinas incluso sus declaraciones “de apariencia más vacua”, como los recientes vaivenes de Lovato con la percepción de su tendencia sexual e identidad de género, que han hecho correr ríos de tinta: tras definirse de manera sucesiva como bisexual, pansexual y queer, pidió en 2021 que se refiriesen a ella como persona no binaria (con el inglés they en lugar del pronombre femenino she). Hace unos meses optó por volver a los pronombres femeninos. La razón de esta pirueta es, según declaró en el podcast Spout, que está “reconectando” con su lado femenino, admitiendo que el baile de pronombres pueda resultar un tanto “confuso”.

Quiéreme, aunque te duela

Hay una anécdota poco divulgada que ilustra a la perfección la peculiar manera en que Demi Lovato se relaciona con sus fans desde que irrumpió en la constelación pop siendo aún una niña. En septiembre de 2016, un seguidor de 17 años llamado Vladimir Serbanescu publicó en Twitter un dibujo que representaba a la cantante y actriz como una sensual sirena, con pechos grandes y cintura angosta. En pocas horas, la imagen cosechó 3.500 ‘me gustas’ y un centenar largo de comentarios elogiosos por parte de los lovatics. Vladimir agradecía las alabanzas con entusiasmo. Pronto se le congelaría la sonrisa.

Ante la expectación generada, Lovato, que presume de administrar en persona sus redes sociales siempre que puede, irrumpió para sentenciar que el dibujo le parecía “bonito”, pero que aquel no era su cuerpo: “¿Es así como crees que deberían ser mis pechos?”. El tono de las intervenciones dio un casi instantáneo giro de 180 grados. Los lovatics empezaron a acusar de Serbanescu de insensible, sexista y rijoso, de bastardear la imagen de Demi y convertirla en objeto de una fantasía masculina. El muchacho ensayó una tímida defensa: “Siento que te haya molestado, pero quise representarte tal y como imagino a las sirenas, unas criaturas mitológicas”. Lovato continuó: “Ya te he felicitado por el dibujo. Pero permíteme decirte lo ofensivo que me parece que alguien me represente con un cuerpo distinto porque el mío, en apariencia, no es lo bastante bueno”.

Así es (o así se muestra en público, muy especialmente en redes sociales) Demi Lovato. Expeditiva, directa, sincera. Cercana y empática cuando procede, beligerante y agresiva cuando considera que alguien ha cruzado la línea. Observadora atenta, Lovato combate a brazo partido cualquier alarde (presunto o flagrante) de misoginia, habla de feminismo, aceptación de los cuerpos y cultura queer, exhibe vulnerabilidad y las cicatrices de una biografía accidentada que la ha asomado a infiernos como la bulimia, las autolesiones o el abuso de sustancias. Y los lovatics responden al unísono, con lealtad incondicional y fervor mesiánico, porque sienten que su ídolo se les entrega en cuerpo y alma, sin pretextos ni reservas.

Siempre fieles

No todas las comunidades fandom son así de devotas. Entre los smilers, los seguidores de Miley Cyrus, se tolera una cierta discrepancia: hay quien ama su música y deplora su imagen de diva insurgente y descarriada. Entre los swifties, la tribu de Taylor Swift, hay una facción minoritaria pero muy activa, los gaylors, que insiste en sacarla del armario contra su voluntad y otra, los hetlors, que le exige que reafirme una y otra vez su heterosexualidad y desautorice con mayor contundencia a los primeros. Los barbz, el culto laico que rodea a Nicki Minaj, están escindidos también entre gais suspicaces y heterosexuales tirando a energúmenos. El grueso de los fans de Harry Potter viven instalados en la dicotomía: adoran los libros, pero desaprueban a su autora, J.K. Rowling, muy activa en su cuestionamiento de los avances en las leyes trans.

Demi Lovato y Wilmer Valderramam que fue su pareja, en los premios Grammy en febrero de 2016 en Las Vegas.
Demi Lovato y Wilmer Valderramam que fue su pareja, en los premios Grammy en febrero de 2016 en Las Vegas.Lester Cohen (WireImage)

Nada de eso ocurre en territorio Lovato. A Demi se la reverencia, se la acepta y, sobre todo, se la acompaña en sus continuas mutaciones. Sus fans más veteranos, los que la siguen desde que protagonizó la serie Camp Rock allá por 2008, cuando tenía apenas 15 años, empezaron secundando a una princesa Disney de origen latino, en la órbita de los Jonas Brothers, católica practicante, orgullosa portadora del anillo de pureza que acreditaba su voluntad de llegar virgen al matrimonio.

Luego resultó que aquella adolescente de aspecto angelical y con una voz de algo más de cuatro octavas, aquel producto que parecía concebido para triunfar en el cinturón bíblico de los Estados Unidos, había sufrido una agresión sexual muy temprana (según declaró en 2021, durante el rodaje de la película citada, la que tanto contribuyó a encumbrarla), padecía bulimia nerviosa y llevaba bebiendo alcohol y fumando cannabis desde los 13 años. Poco después trascendió también que su relación con el cantante de origen venezolano Wilmer Valderrama, 12 años mayor que Demi, había arrancado cuando ella era aún menor de edad, coincidiendo con la época en que comenzó a consumir cocaína.

Selena Gomez y Demi Lovato en 2008.
Selena Gomez y Demi Lovato en 2008.Dimitrios Kambouris (WireImage)

Los cambios posteriores resultarían aún más abruptos. En 2010, con 18 años recién cumplidos, ingresa por vez primera en una clínica de rehabilitación. Tal y como explica Josh Duboff en Harper’s Bazaar, el detonante fue que “agredió en público a una de sus bailarinas, Alex Welch, tras una madrugada de borrachera”. Sus terapeutas dictaminaron por entonces que su comportamiento compulsivo y errático se debía a un trastorno bipolar, diagnóstico que la propia Lovato asumió durante años, pero con el que hoy discrepa, convencida de que lo que padece es en realidad un déficit de atención severo, además de las también diagnosticadas ansiedad, depresión y esquizofrenia.

El infierno era esto

Con semejante mochila a cuestas, y con una política de comunicación en la que pesaba aún más el oscurantismo y las medias verdades que la franqueza, Demi se asomó a un tránsito a la madurez artística (casi) tan triunfal como su etapa bajo el paraguas de Disney Channel. No pudo bajar el ritmo, como le recomendaban los médicos tras sufrir su primer colapso de importancia, porque el éxito de su segundo álbum, Here We Go Again (2009), le había permitido comprar una mansión de estilo mediterráneo en Los Ángeles para su familia, pero le impuso, como contrapartida, una serie de onerosos peajes.

Convertida en una empresa, responsable del sustento de su madre, su padrastro y sus hermanas, Lovato siguió lidiando como pudo con sus infiernos privados. Entre 2010 y 2012, según admite ahora, continuó drogándose con fruición, pero a escondidas. Luego vinieron años de relativa estabilidad y sobriedad matizada apenas por alguna que otra recaída puntual. Se sucedieron Unbroken, Demi, Confident y Tell Me You Love Me, álbumes de éxito creciente y tratados con indulgencia por la crítica. Fue jurado de The X Factor en la misma edición que Britney Spears, otra princesa Disney atrapada en una espiral destructiva.

En noviembre de 2017 aparcó su soul de amplio espectro para asomarse al pop latino con Échame la culpa, su exitoso dúo con Luis Fonsi. Y en 2018 fue, finalmente, alcanzada por sus demonios y vivió un año de pesadilla. En marzo, pocos días después de que celebrase sus (supuestos) seis años sin consumir alcohol y drogas, Demi, “desquiciada y asqueada” de sí misma, según cuenta en Dancing with the Devil, se encerró en su mansión para beberse a solas una botella de vino tinto. Horas después, acabó en una fiesta privada en la que consumió por vez primera “metanfetamina mezclada con MDMA, cocaína, marihuana, oxitocina y varios litros de alcohol”, un cóctel que pudo ser letal.

Britney Spears y Demi Lovato durante una aparición como jurados invitados en la edición estadounidense de 'The X Factor' en 2012.
Britney Spears y Demi Lovato durante una aparición como jurados invitados en la edición estadounidense de 'The X Factor' en 2012.FOX (FOX Image Collection via Getty I)

La sobredosis que esquivó esa noche se produjo cuatro meses después, provocada por la ingesta de fentanilo, un opioide sintético hasta 50 veces más fuerte que la heroína. Una de sus asistentes la encontró tumbada en el suelo. Los paramédicos acudieron a su residencia cuando la cantante estaba “a cinco minutos escasos de la muerte” y consiguieron traerla de vuelta administrándole naloxona con un espray nasal.

Cuéntamelo todo

Si conocemos todos estos detalles, incluso los más escabrosos, es porque Lovato, en uno de esos ejercicios de transparencia que tanto encandilan a sus fans, los nuevos y los de siempre, ha optado por explicarlos en esa antología de la sordidez y la desgracia que es su docuserie. Y lo ha hecho siguiendo la sugerencia de su nuevo agente, Scooter Braun, al que contrató muy poco después de recibir el alta tras su sobredosis.

Selena Gomez, Demi Lovato y Miley Cyrus durante los Teen Choice Awards de 2008 en Los Ángeles.
Selena Gomez, Demi Lovato y Miley Cyrus durante los Teen Choice Awards de 2008 en Los Ángeles.K Mazur/TCA 2008 (WireImage)

Braun, neoyorquino de 42 años, ya había acudido al rescate de un par de convalecientes: la imagen de Justin Bieber y la carrera musical de Ariana Grande. Demi se puso en sus manos y asumió con naturalidad el plan quinquenal que diseñó para ella. Primero, una larga pausa profesional para restañar heridas, recuperar el equilibrio y distanciarse de la imagen de toxicidad decadente asociada a haber sufrido una sobredosis de opiáceos a los 25 años. Después, cambio de dirección musical (el rock no ha muerto, lo dice Demi Lovato), actividad frenética en redes y el uso sistemático de la “sinceridad” como estrategia.

Funcionó. Y lo hizo, en gran medida, porque Lovato conserva ese magnífico activo que siempre han sido para ella los lovatics, ese público cautivo que sirve de núcleo irradiador para su éxito planetario y que lleva acompañándola contra viento y marea desde que se convenció de que Demi, con todas sus defectos y flaquezas, siempre le iba a decir la verdad. Es así como se construyen y consolidan los imperios en la era de la nueva fama.

Puedes seguir ICON en Facebook, Twitter, Instagram, o suscribirte aquí a la Newsletter.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Sobre la firma

Miquel Echarri
Periodista especializado en cultura, ocio y tendencias. Empezó a colaborar con EL PAÍS en 2004. Ha sido director de las revistas Primera Línea, Cinevisión y PC Juegos y jugadores y coordinador de la edición española de PORT Magazine. También es profesor de Historia del cine y análisis fílmico.

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_