Rozalén, una idealista que busca hacer feliz con su música

La cantante, ganadora de un Goya, va con la estatuilla a todas partes mientras proclama su felicidad junto a la huerta en la que vive

Rozalén, en la Quinta de los Molinos de Madrid el pasado marzo.
Rozalén, en la Quinta de los Molinos de Madrid el pasado marzo.INMA FLORES

Algo raro tiene que estar pasando en el mundo para que no hayan florecido los cerezos en la madrileña Quinta de los Molinos. Rozalén, de natural optimista, llega y le quita importancia. Alaba, en cambio, al olivo, un árbol que le recuerda a sus raíces en la sierra del Segura, Albacete, y cuya rama lleva tatuada en el tobillo. Se queda mirando ahora a un pájaro, parece que carpintero. Llega de otra sierra, la de Madrid, donde vive al lado de una huerta. “Me estoy volviendo un poco loca con los pájaros”, dice, “les hemos puesto casetas y vienen a comer alpiste y a montar jaleo… me encanta mirarlos”. Hoy no hay flores blancas, pero, en cualquier caso, ya es primavera. “Y yo soy más de campo que las amapolas”, insiste la cantautora, que viene de verde.

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Viene a hacer un videoclip cuya otra mitad se va a grabar al otro lado del charco: una colaboración con el músico colombiano Esteman. A la cantautora le gusta colaborar con otros músicos y recibe muchas peticiones para ello: ve la música como un campo para la cooperación más que para la competición. En la pandemia ha estado muy presente: “Alguien me dijo que me veía tanto como a Fernando Simón, pero es que me lo pedían y yo me sentía con fuerza”. No se arrepiente. Pronto comienza una gira extraña, la de su disco El árbol y el bosque (“un disco terapéutico, que se pregunta mucho qué es más importante, si lo individual o lo colectivo”), que le llevará a sitios grandes con aforo limitado, con toda su banda. “A ver qué tal sale, supongo que en algunos bolos perderemos dinero”, pronostica, “pero hay que currar. La gente está cansada e irascible, yo la primera, pero estamos preparando unos bolazos… la gente se va ir de ahí con ganas de vivir”.

Ha venido Rozalén con una caja de cartón llena de botellas de vino, menudo saque. Pero resulta que dentro de la caja no se esconden las esperadas botellas, lástima, sino un cabezón. Le llama don Francisco y es el premio Goya a la mejor canción original que ha ganado por el tema Que no, que no. “Es que me piden que pose con él en los medios, en casa estamos en obras, y lo llevo de un lado para otro. A ver si descansa ya don Francisco”, dice. Se lo llevó también un rato a sus padres, que se lo presentaron a todo el vecindario. “Cuando [gané] el premio, mis padres me recordaron mucho que fuera humilde, aunque siempre intento serlo”, dice, “siempre me dicen que recuerde que mis abuelos eran pobres, que recuerde de dónde vengo. Eso lo tengo muy incrustado”.

“Tengo movidas psicológicas, soy hipersensible, me afecta todo mucho”, dice Rozalén, que se ayuda con la música y las terapias. De hecho, estudió Psicología, y luego un máster de Musicoterapia, que es a lo que se iba a dedicar. Trabaja mucho sobre las ansiedades que le produce la exposición pública: ser juzgada, señalada, tener que agradar a los demás, tener que decir que no. Cuando le va bien, siente que tiene que pedir perdón por ello. “Yo canto desde que me levanto. Si no canto, es que me lo tengo que mirar, algo me pasa”, explica, “a veces me gustaría no sentir tanto, pero eso es lo que me permite hacer canciones”. No solo se preocupa su interior, sino también su exterior, por los problemas sociales. Eso le viene de familia.

Su padre, Cristóbal era sacerdote, y se enamoró de su madre, Angelita, en lo que era un “amor prohibido” que retrató en una canción así titulada. “Era de la Teología de la Liberación, lo pasan mal cuando ven las injusticias en el telediario”, relata Rozalén, “a mí me han educado en ese cristianismo que dice que seas feliz haciendo feliz al que tienes al lado”. Esa vena social que atraviesa su discografía, junto con la preocupación por las raíces tanto geográficas como familiares. Aunque Rozalén sea optimista, el mundo no se lo está poniendo fácil. “Igual es que no tenemos remedio”, dice, “pero luego pienso que la gente rancia es la que hace más ruido, no la mayoría, si no ya nos hubiéramos ido al garete”.

Hay en la música contemporánea un regreso a las raíces que se ve reflejado en el trabajo de muchos artistas. “Yo provengo del folclore y este amor me tenía que volver a surgir: mi primer instrumento fue la bandurria”, explica, y recuerda las rondas de Albacete y Murcia, canciones que se transmiten de modo oral y que hablan de ese mundo rural del que surgen. Quiere investigar más en ese sentido. “Lo que me contaba mi abuela sí que era moderno, más punki que muchos de mis colegas punkis”, concluye.

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Sobre la firma

Sergio C. Fanjul

Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) es licenciado en Astrofísica y Máster en Periodismo. Tiene varios libros publicados y premios como el Paco Rabal de Periodismo Cultural o el Pablo García Baena de Poesía. Es profesor de escritura, guionista de TV, radiofonista en Poesía o Barbarie y performer poético. Desde 2009 firma columnas y artículos en El País.

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