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Rosalía, la vida de una diva en Miami

La cantante se ha hecho amiga de Drake, Kylie Jenner y Dua Lipa, vive en casa de su representante Rebeca León y se deja ver con Rauw Alejandro mientras todas las firmas de lujo la buscan

La cantante Rosalía, en una imagen de su Instagram.
La cantante Rosalía, en una imagen de su Instagram.Instagram

Unos querían ver una Lola Flores con aires digitales. Otros luego empezaron a atisbar a la Beyoncé latina. A estos se les apuntó que no, que no era Beyoncé, sino que era más bien Rihanna. Pero tampoco. Ni por asomo. Se sugirió incluso que lo que realmente era Rosalía era una versión actualizada y globalizada de Madonna. Por aquello del baile y tal, pero le faltaba el elemento polémico y procaz. Después de todo, la de Sant Esteve de Sesrovires ha definido toda su política de comunicación en no molestar nunca a nadie. Solo se ha permitido un tuit en el que escribía “fuck Vox”. A estas alturas de su carrera, Madonna ya había escandalizado a medio EE UU. No, tampoco es Madonna. Así, mientras el mundo no se decidía sobre qué diva del star system estadounidense debía emparentarse con la catalana, ella se movía, sin necesidad de lanzar apenas música nueva —se es diva cuando se es más relevante en periodos de parón artístico casi en fases de promoción musical—, hacia un terreno hasta entonces poco intuitivo: la diva latina con sede en Miami. ¿Y si al final Rosalía es una Gloria Stefan millennial? ¿Y si es Thalía con ambiciones artísticas más elevadas? Mientras se decide qué quiere ser y qué va a ser Rosalía, C. Tangana ha lanzado un tema con el que se postula para ser la nueva Rosalía. Así funciona este mundo en 2020.

El origen de esta mutación en Rosalía podría encontrarse en las circunstancias provocadas por la pandemia. Esta pilló a la catalana en EE UU. Decidió confinarse en la casa que tiene en Miami su representante, Rebeca León. Ahí tenía una habitación pequeña, un micrófono y un ordenador. Además de hacer música, conectó por videoconferencia con Pablo Motos o Jordi Évole para narrar sus circunstancias y calmar a sus fans: estaba bien y, como todas las divas, seguía trabajando mucho, escribiendo mucho. Hasta aquel momento, el perfil público de Rosalía en EE UU no había parado de crecer. Además de por ganar cinco Grammys (que no es baladí, pero para ciertas cosas no alcanza por sí mismo) y despertar los halagos de la prensa y el público gracias a una serie de singles, colaboraciones y videoclips a cual más fabuloso, sorprendente y, cuando era necesario, polémico, la catalana se había convertido en la nueva amiga de la realeza pop.

En los desfiles de moda se la veía junto al rapero Drake, se hizo íntima —al menos a ojos de los medios— de Kylie Jenner, incluso despertó la curiosidad carnal de Hunter Schafer, una de las protagonistas de Euphoria. Tras los Grammy, se fue con Dua Lipa y otras famosas a un bar de estriptis en Las Vegas. A alguien le debió parecer irónico y divertido a la vez. Se la vio soltando billetes a las bailarinas, algo que hizo que muchos de los que la habían comparado con Rihanna creyeran que tenían razón. Rosalía ya nunca más fue mala.

En paralelo, había ampliado su universo de patrocinios y campañas hasta prácticamente abarcar todas las primeras firmas del universo del lujo. La autora de Malamente ya era de aquellas divas tan reclamadas que tiene un contrato de patrocinio con una marca de lujo pero solo para su línea de perfumes y con otra solo para su línea de maquillajes, no vaya a ser que firmando solo con una para todo se pierdan ingresos y presencia. Rosalía era el sueño húmedo de cualquier marca que quisiera colocarse al frente de ese lujo para jóvenes que tanto ha marcado los últimos años en el mundo de la moda y que va a desaparecer sin que sepamos exactamente quién estaba comprando todas esas sudaderas a 3.000 euros.

Todo esto parecía conducirla irremediablemente en ser otra estrella en un olimpo saturado de divas intercambiables. Su música seguía siendo única, pero su perfil ya no tanto. Era la segunda por la derecha en la foto en la gran foto de familia del star system de la recién estrenada segunda década del siglo XXI.

Y ahí parece que entró Rebeca León. La manager había visto algo en J Balvin en una época en lo que cualquiera que hubiera visto a J Balvin sobre un escenario lo único que atisbaba era que aquello no lo iba a querer nadie. “Era algo hortera, pero cool”, declaró León recordando la primera vez que vio al genio del reguetón que más tarde sería representado suyo. León sería la fuerza detrás de la miamización de Rosalía. A nivel estético y también parece que, de momento, a nivel sentimental. Esta semana se fantaseaba con la idea de que la catalana mantendría una relación sentimental con Rauw Alejandro, el portorriqueño artista de reguetón que, curiosamente, lanza nuevo disco el próximo 13 de noviembre. Él le habría regalado flores. A ella le habrían gustado tanto que lo habría tuiteado. Rosalía fue Barcelona, luego fue Nueva York, más tarde un poco Los Ángeles y ahora parece que va a ser Miami. Y si alguien puede reubicar las coordenadas de la escena musical de aquella ciudad es ella. Falta hace. En Nueva York sobra gente. En Miami faltaba ella.

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