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Calendarios de Adviento comestibles: los que valen la pena y los que son una mala idea

De chocolate, de queso o de café: esta tradición de espera navideña cuenta con muchas versiones. ¿Cuáles están bien y cuáles no tanto?

Calendarios de Adviento comestibles

Tengo una relación de amor y odio con los calendarios de Adviento. Amor, porque a quien no le va a gustar tener una sorpresa cada día. Odio, porque el marketing ha conseguido convertir una cuenta atrás simbólica –una chocolatina al día, una excusa para alargar la espera de la Navidad– en un negocio desmesurado. Y en muchos casos, en una estafa.

No exagero: cada otoño las tiendas se llenan de cajas que prometen “24 sorpresas gourmet”, “24 experiencias únicas”, “24 momentos de placer”. La mayoría cuestan más de lo que valen: los que son baratos suelen ser mediocres, y los que son caros, a menudo también. Pero el envoltorio brilla, y el ritual funciona: abrir una ventanita al día da sensación de cuidado y de tiempo para uno mismo. Quizá por eso seguimos cayendo.

Café y té: el ritual tiene sentido

No todo son fiascos. Algunos productores están haciendo calendarios con sentido y honestos. Por ejemplo, el calendario de café de especialidad de El Noa Noa, tostador de Barcelona, que propone 24 latas con cafés de distintos tostadores, cada uno con su ficha de cata, origen y perfil aromático. Cada lata contiene 20 gramos, es decir, dos tazas por día. En total, casi un mes de café bien hecho. Cuesta 75 euros, que a 1,56 euros la taza es menos de lo que cuesta un café normal en cualquier bar. En mi casa a eso se le llama chollo.

En el mundo del té, también hay luz entre tanta bolsita perfumada. El calendario de té de Cafetearte, tienda madrileña especializada en infusiones, viene en una caja ilustrada con 24 tés de hoja suelta, suficientes para dos tazas por día. Cuesta 19,99 euros, un precio muy competitivo para 24 tazas de té de calidad: la felicidad cuesta menos de un euro por día. Es además una ocasión perfecta para probar variedades nuevas y coger ideas para futuras compras.

El de Kusmi Tea se vende como joya parisina, pero dentro hay 20 bolsitas individuales y cuatro chuminadas más como un colador, dos mini latas, una gelatina, para justificar los casi 50 euros que cuesta. Kusmi es una marca correcta, del nivel de Cupper o Yogi, pero sigue siendo té en bolsitas listo para tomar. Mejor que el Hornimans, sí, pero ni con el lazo dorado se entiende el precio.

Quesos: del delirio al sentido común

Siguiendo con cosas que crean adicción, investigué si hay calendarios de Adviento de queso. Y vaya si los hay. Desde el deluxe de Picnik, hasta el ‘chof’ del Costco, pasando por el punto intermedio (y sensato) de Quesomentero. El calendario de Picnik lleva ya cinco años convirtiendo la espera de diciembre en una excusa para comer queso. Cada caja —ilustrada por La Málaga Moderna— incluye 24 porciones de quesos artesanos, cortadas y empaquetadas a mano, con guía de degustación y caja de madera.

En total, 1,7 kilos de queso seleccionados entre pequeños productores y afinadores europeos. Cuesta 162 euros, lo que equivale a pagar el queso a 95 € el kilo: no sé si está justificado, aunque es bastante probable que esté muy rico (faltaría más). En el extremo opuesto está el calendario de Ilchester, el más fácil de encontrar en Costco o Amazon: nueve quesos industriales que se repiten durante los 24 días. Adiós a la magia de la sorpresa, hola déjà vu lácteo.

En el medio, y mucho más razonable, el Quesomentero (59 euros), que propone 24 quesos diferentes, con su ficha o pequeña receta. Las cuñas varían de peso, según el queso, y hay de leche cruda (señalizados) y pasteurizadas, y llegan refrigeradas y listas para la cuenta atrás. No tiene el glamour del Picnik, pero sí algo muy valioso: accesibilidad.

A vueltas con el chocolate

Si hay un territorio natural del calendario de Adviento, ese es el chocolate. Son, seguramente, los más habituales: los de supermercado, con su chocolatina del día hecha de azúcar, algo de cacao y mucha nostalgia; y los “gourmet”, que a menudo tienen más de gourmet el precio que el contenido.

En la categoría “batallera pero simpática” está el calendario de Ibai Llanos: chocolate regulero (cacao 30% mínimo, azúcar como primer ingrediente, leche en polvo, manteca de cacao y aromitas varios), más unas experiencias y sorteos online que añaden gamificación al asunto. Cuesta 15 euros por 214 gramos y no pretende ser otra cosa: una chocolatina diaria envuelta en espectáculo.

También está el eterno calendario de Nutella, que juega fuerte a la carta emocional: miniformatos, paquetes sorpresa, crema por todas partes. No es un calendario para descubrir matices del cacao, pero satisface a quien lo compra: ofrece Nutella, promete Nutella, entrega Nutella (a 44 euros por medio kilo, eso sí, que dan para mucha Nutella).

En el nivel superior del chocolate comercial, tenemos a Lindt, que tiene calendarios para todos los gustos: clásicos, premium, personalizables y de todos los tamaños. Es la típica marca que nunca falla dentro de su liga: chocolate correcto, textura suave, cero sorpresas (para bien y para mal). El modelo personalizable, que permite llenar las ventanitas con tus favoritas, es una idea mona, aunque en el fondo es pagar un extra importante por el mismo chocolate industrial de siempre, solo que bien ordenado y muy bien presentado.

Con un supuesto salto de nivel cualitativo llegamos a Godiva, marca belga de fama internacional. Su calendario es más caro, más elegante y con menos variedad de la que cabría esperar. Mucho rojo y poco cacao (el azúcar sigue en primer lugar, pero lo pagas como cacao). El lujo (visual) está ahí; el gusto, eso ya depende del día.

Cerrando la escalera está el calendario de Rocambolesc, que juega en otra liga: chocolates de autor con diseño impecable y un precio que también impresiona. Un calendario que huele a cacao, sí, pero también a tarjeta de crédito, con sus 296,6 euros el kilo. El chocolate es bueno –faltaría más–, pero hablamos de sorpresas diminutas a precio de lingotes. Es el calendario ideal para quien disfruta más del puedo que del mordisco.

Calendarios que son mala idea

No todo lo que se puede meter en una caja numerada debería convertirse en calendario de Adviento.Uno de los ejemplos más difíciles de justificar es el calendario de Ruavieja, que propone abrir una mini botella de licor cada día. Promover el chupito diario como ritual prenavideño tiene algo de broma interna de oficina que se nos ha ido de las manos.

Pero el premio al disparate se lo lleva el de Red Bull, que Amazon vende sin ironía como “una selección de bebidas energéticas para disfrutar la cuenta atrás hacia la Navidad”. Veinticuatro latas de cafeína, azúcar y taurina: un Adviento a 180 pulsaciones por minuto. Si el espíritu navideño consiste en no dormir hasta Reyes, ya lo tienen resuelto.

El verdadero lujo

Es comprensible que el trabajo de seleccionar, envolver y empaquetar 24 pequeños bocados tenga un precio algo más alto. Al fin y al cabo, el calendario no solo nos da chocolatinas o trozos de queso, también nos ofrece un plus de misterio y alegría. Esa pequeña emoción –la de no saber qué toca hoy– es parte del encanto.

Si lo que buscamos es la mini celebración diaria, siempre queda la opción de hacerlo uno mismo. Un calendario casero con 24 cosas ricas: conservas, miel, mermeladas, chocolatinas, especias, caramelos o infusiones seleccionadas con cariño y pensando en la persona que las va a disfrutar (que, por supuesto, podemos ser nosotros mismos, aunque en ese caso desaparece el factor sorpresa).

Envolverlas en papel de seda blanco, numerarlas del uno al 24 y colocarlas en una caja o cesta; no hace falta gastar ni plastificar el planeta: solo elegir con cariño. Quizá ese sea el mejor propósito para 2026: hacer un calendario de Adviento rico, variado y asequible, que nos recuerde que el lujo verdadero no está en la caja, sino en la espera.

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