La guarrada de usar guantes de plástico
Son el equivalente higiénico a la funda que cubre el sofá desde el día que se compró, hace quince años, y que no se ha lavado nunca


Estoy en una de esas franquicias que despachan pan y bollería, haciendo tiempo delante de la comisaría donde tengo cita para renovar el DNI. Espero de pie, ante la vitrina de la entrada, a que aparezca alguien. Por la puerta del fondo que separa la tienda y el obrador entra una dependienta cargada con una bandeja de horno llena de cruasanes de chocolate. La sujeta por los laterales y, para no quemarse, lleva un trapo negruzco arrugado, estropeado por el tiempo y el uso, en cada mano.
Me ve. Deja la bandeja a un lado y me atiende. Pido un café solo y cuatro buñuelos para acompañar, por favor, para tomar aquí. La dependienta localiza en el aparador la bandeja de los buñuelos. Para llegar a ella, empuja un par de cajas de cartón de botellas de agua que tiene listas, encima del mostrador, para poder cargar las neveras, cuando no haya clientes. Estira el brazo y coge cuatro buñuelos con la mano. La lleva enfundada en un guante de vinilo que en algún momento fue liso, blanco y traslúcido y ahora está como achicharronado. Es marrón y transparente. Brilla un poco. Coloca las pastitas en la báscula digital, para pesarlas. Después, las traslada a un platito. Con una bayeta húmeda que tiene plegada al pie de la báscula, limpia el azúcar que han ido dejando los buñuelos a su paso, y se va hacia el rincón donde está la cafetera.
Con la mano izquierda, debidamente enguantada como la derecha, agarra el mango de la cafetera y lo desencaja. Con la derecha, le pasa un pincel para limpiarlo de restos de la carga del café anterior. Lo llena de un golpe de molinillo, lo prensa y lo ajusta de nuevo en la cafetera. En ese momento, termina el ciclo del lavavajillas. Se gira, abre la puerta de la máquina, y se agacha para izar la barca llena de loza humeante y dejarla en la encimera, justo sobre el fregadero, para que los posibles restos de lavavajillas y abrillantador caigan en la pica y no sobre el mármol ni las pastas. Coge una de esas tazas recién lavadas y la coloca justo allí donde va a caer mi café. Pulsa el botón.
Cuando el café está listo, lo dispone en una bandejita de plástico cubierta con un mantel de papel, donde también espera mi platito de buñuelos. Ahora teclea cuatro cosas en la máquina registradora, me dice cuánto es, pago en efectivo con un billete de cinco y ella me devuelve el cambio en monedas.
En los buñuelos que me voy a comer hay trazas de trapos negruzcos, de cajas de cartón, del camión donde viajaron esas cajas de cartón, de todo lo que haya pasado por la báscula digital, de la humedad de la bayeta, del mango de la cafetera, de lavavajillas y abrillantador, del teclado de la máquina registradora, de los billetes y las monedas de la caja, de vinilo, y de esa maravilla conceptual que los anglosajones han bautizado como “glove juice”: el suquillo tibio —mitad sudor, mitad grasa y bacterias— que hace que al final del día te quites los guantes como el papel de las madalenas, y que nace ahí donde se encuentran la mano y el guante revenido, después de pasar ocho horas sin ver la luz ni el jabón, tocando lo mismo una napolitana, que el asa del cajón, que la carretilla del distribuidor, que un billete arrugado que ha pasado media vida en el bolsillo trasero de unos tejanos.
Esos guantes son el equivalente higiénico a la funda que cubre el sofá desde el día que se compró, hace quince años, y que no se ha lavado nunca.
No soy especialmente tiquismiquis. Yo me como el cacho de fuet que ha caído al suelo, habiendo contado hasta quince, y sin soplar. Pero esta catástrofe se arregla cambiando los guantes; y la falsa sensación de seguridad que dan tanto a quien los lleva como a quien los ve puestos, con el hábito de lavarse las manos con frecuencia y un pequeño surtido de pinzas en el aparador.
Guantes, nunca más, contra nada ni nadie. Qué asco.
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