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Nos ha tocado aprender a vivir en presente, a disfrutar por si el futuro nos recuerda que cualquier tiempo pasado fue mejor

Alumnos del instituto Ignacio Ellacuría (Alcorcón, Madrid), dentro del planetario que han construido en este centro.
Alumnos del instituto Ignacio Ellacuría (Alcorcón, Madrid), dentro del planetario que han construido en este centro.BERNARDO PÉREZ

Llega el final de la temporada y toca hacer balance de cómo ha ido este curso.

Todo comenzó como debe ser, con las fiestas. Ya saben, coches de choque, patata asada, peñas, conciertos, chiringuitos y reencuentros anuales. Parecía que las cosas serían como siempre, sin embargo, ese mismo mes, a finales, anunciaron que habría elecciones generales en noviembre. La segunda vez de 2019 y la cuarta en cuatro años. Fiestón de la democracia.

Entre tanto, el alumnado volvía a clase, adquiría todo el material escolar en las papelerías de barrio y se pasaba a la ropa de entretiempo. Por aquel entonces, nadie podía haber imaginado que este curso sería, especialmente en su último tramo, bien extraño. Pero no adelantemos acontecimientos...

Nos ha tocado aprender a vivir en presente, a disfrutar por si el futuro nos recuerda que cualquier tiempo pasado fue mejor

La gente destacada de Alcorcón volvió a salir en el periódico y con destacada no me refiero a famosa sino a esa que aporta más que recibe y a la que, pese a haber contribuido a mejorar su entorno, no siente que su labor sea especial. Conocí a Emilita, la custodia de la danza y de la historia del pueblo, ahora ciudad, que la adoptó; a Alberto, que estuvo en la cárcel por su orientación sexual y que a sus setenta y pico lo cuenta para recordar que no podemos dar ni un paso atrás y también a César, que me explico que no es que las personas que van en silla de ruedas sean discapacitadas sino que la sociedad las discapacita.

Enseguida nos plantamos en las navidades, con las cabalgatas, nuestro Baltasar con solera y el pequeño Cortilandia, que es puritita arquitectura lumínica, que monta una vecina en su terraza. Con 2020 nos dejamos llevar por las apariencias. Era un número bonito, con estilo. No obstante, alguna señal nos llegaba cuando, aquí, continuamos con una plaga de ratas que ya venía de atrás.

Luego, sí, todo se desmoronó: covid-19.

Cuatro meses después, podemos decir que hemos visto lo de siempre, como nunca: sabemos qué aspecto tienen y cómo suenan las ciudades vacías de humanos y de coches. Hemos aprendido a teletrabajar, a videollamar, a mandar abrazos sin poder dárnoslos, a estar a solas, por narices o, exactamente por lo mismo, a no tener ni un momento de soledad. Nos hemos adaptado a algo que sólo pensábamos que podía suceder en las películas de terror. Con todo, en el peor de los momentos, un montón de gente bonita decidió hacer cosas bonitas por su barrio, ya fuera por la crisis sanitaria o por la económica.

Y ahora, con mascarilla , nos “vamos” de vacaciones, con tanta prudencia como ganas. Nos ha tocado aprender a vivir en presente, a disfrutar por si el futuro nos recuerda que cualquier tiempo pasado fue mejor, a estar con nuestra gente tiempo, puesto que una nunca sabe si las próximas conversaciones serán en persona o a través del ordenador. Hemos descubierto nuestra resiliencia como sociedad, que sufre y llora por unos muertos que no esperaba, pero que pese a las cicatrices es capaz de continuar, aunque sea con un reservorio de lágrimas, de fuerza, ingenio y generosidad en el bolsillo por lo que pueda pasar.

Vivan, que eso nunca sobra, y vuelvan. Juntos somos más fuertes.

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