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Ya sí, perfecto, pero devuélveme los tuppers

Si hay un grupo que ha demostrado una paciencia infinita y una encomiable capacidad de adaptación es el compuesto por las personas de más edad

Una mujer habla por teléfono.
Una mujer habla por teléfono.Víctor Sainz

Nos resultará imposible olvidar la covid-19. Hemos padecido (y aún estamos en ello) pérdidas económicas y humanas; nos ha enfrentado a una soledad sin parangón y a convivencias sin escapatoria; ha provocado que resignifiquemos la expresión “echar de menos” y, en definitiva, nos ha infligido dolor y miedo.

Con todo, hemos crecido creando redes vecinales, fortaleciendo las preexistentes y reactivando formas de convivencia del pasado que casi habíamos olvidado. No cabe duda de que hemos aprendido porque no nos ha quedado otra y debido a que se nos han planteado retos nuevos. En este contexto, si hay un grupo que ha demostrado una paciencia infinita y una encomiable capacidad de adaptación, teniendo en cuenta su apego a las rutinas, es el compuesto por las personas de más edad.

Sin embargo, a pesar de la situación que atravesamos, muchos padres y madres se empeñaron en seguir dándonos tuppers, no sin antes hacernos prometer que les devolveríamos los recipientes una vez acabara la pandemia, so pena de destierro afectivo

Les ha tocado aprender a hacer videollamadas, por ejemplo, y no ha sido un camino fácil. Al principio solo les veíamos los ojos o el pelo, incluso la pared que tenían enfrente. En la actualidad, son bastantes los que se defienden. Por si eso no fuera suficiente, han sobrevivido, con peor o mejor suerte, al brutal lanzamiento de bulos a través de whatsapp y a los intentos de timo vía email. Se han leído tres veces los libros que tenían en las estanterías y cuando les pareció que ya estaba bien, desempolvaron las enciclopedias Larousse de la época en la que todavía existía la URSS. Han completado yincanas en el salón, en el pasillo y en la terraza, tratando de emular lo que ya hacían en los parques. También hay quien, cansado de ver la vida desde la ventana, ha salido del armario y se ha convertido en balconazi (que es la manera de designar a los que vigilaban e increpaban a las personas que, presuntamente, se saltaban el confinamiento).

Sin embargo, a pesar de la situación que atravesamos, muchos padres y madres se empeñaron en seguir dándonos tuppers, no sin antes hacernos prometer que les devolveríamos los recipientes una vez acabara la pandemia, so pena de destierro afectivo. A tal efecto, montaron estructuras seguras y eficaces: yo les dejaba a los míos las bolsas de materia prima en el ascensor, las recogían con guantes y mascarilla para, a continuación, depositaban el producto manufacturado, correspondiente a parte de lo cocinado y consumido de la compra anterior, en el suelo del elevador, y pulsaban el botón. La mercancía siempre llegó sana y salva a mi estómago. Me río yo del fordismo.

Ahora que ya pueden salir, toca prepararse. Mi hermano les ha comprado unas máscaras, porque eso no son mascarillas, de fibra de vibranium, parecidas a las de la Segunda Guerra Mundial, con doble válvula y gafas incorporadas que valdrían para la covid-19 y para Chernóbil. La exageración es lógica, dado que no es sencillo decir adiós al miedo. Ganas de salir hay, pero también falta de costumbre. Lo único bueno es que parece que lo peor ya ha ha pasado y que, poco a poco, será menos peligroso compartir espacios. Ojalá, pronto, en muchos hogares en los que guste eso de comer paella (thieboudienne, modika o sushi) los sábados y cocido los domingos, puedan volver a juntarse en torno a la mesa familiar. Será el momento óptimo para devolver los tuppers.

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