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Pollo y cerveza

Creo que nos vamos a quedar sin yemas de los dedos, que se nos van a cansar los brazos de tenerlos todo el rato en alto para tocar a quienes queremos

Dos vecinos conversan en el balcón de sus casas en Madrid este jueves durante la cuarta jornada laboral de aislamiento por el coronavirus.
Dos vecinos conversan en el balcón de sus casas en Madrid este jueves durante la cuarta jornada laboral de aislamiento por el coronavirus. Mariscal

Una vez tuve la oportunidad de entrevistar a un superviviente español del campo de concentración nazi de Mauthausen. Me contó un montón de cosas acerca de su cotidianeidad confinado en aquel espacio de horrores varios que jamás podré olvidar. De entre todo lo que me narró, hubo algo que me llamó la atención especialmente: según él, el grueso de sus conversaciones, lejos de centrarse en sus ideas políticas, en el transcurso de la terrible contienda que desangraba Europa, o en la gesta vivida, giraban, sobre todo, en torno al fútbol y a lo que comerían y beberían una vez salieran. El menú estrella en el imaginario colectivo se componía de pollo y cerveza.

Vamos, que sí, que anhelaban salir cada día y conservaban la esperanza grande de que lo lograrían, pero también la pequeñita de atiborrarse con viandas sencillas.

Por supuesto, jamás compararía la privación de libertad forzosa de aquellos héroes y heroínas con lo que estamos viviendo, pese a que cada vez más se utiliza un vocabulario belicista para hablar de la batalla que estamos librando y a que, por desgracia, estamos teniendo bajas. No obstante, hay algo en lo que sí coincidimos que me encanta y es que en ambos casos pensaban, pensamos que habrá un “después” y que, pase lo que pase, debería ser mejor que el presente.

En la actualidad y en función de las posibilidades que tengamos (no olvidemos que muchas economías ya eran vulnerables antes de la covid-19 y se han visto heridas de muerte a pesar de las ayudas), no creo que la comida sea el tema de conversación más habitual, puesto que el abastecimiento de los comercios de alimentación no ha faltado. De ahí que, quizá, lo que más eche de menos mucha gente sea poder tocar, poder volver a abrazarse y eso marca una diferencia fundamental.

Quienes estamos viviendo el confinamiento en solitario, por muy fríos que seamos, lo sabemos. Es probable que la falta de piel y el tiempo dilatado sin nadie al lado, estén detrás del aumento de actividad en las aplicaciones de citas, puede que por acabar el día con “final feliz” internáutico o, simplemente, por tener algo de compañía virtual, más allá de las conversaciones infinitas con las y los de siempre en los grupos de WhatsApp que echan humo, cargados de recetas, rutinas de ejercicios y bailes y buenas o malas noticias.

¿Y qué va a pasar el día que podamos salir de verdad, no solo a comprar con prisa, a cuidar a alguien con urgencia o a trabajar porque no queda otra? Me da que pareceremos ñus en las grandes migraciones anuales, que corren en tropel, cuando llega la estación seca, en busca de pastos verdes con los que poder llenar el estómago. Los humanos obraremos de manera similar, solo que en lugar de correr a por hierba, lo haremos para recibir y dar abrazos. Creo que nos vamos a quedar sin yemas de los dedos, que se nos van a cansar los brazos de tenerlos todo el rato en alto para tocar a quienes queremos, con el fin de demostrar que siempre estuvimos aunque no pudiéramos vernos ni acariciarnos. Ánimo, ya queda menos.

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