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Ella y Sam

Han decidido que vecindad es más que compartir muro en un colmena de ladrillo, que “vecina” es una palabra muy grande, con sentimiento y con sentido

Varias personas con mascarilla hacen cola en un supermercado Ahorra Más en Alcorcón, Madrid.
Varias personas con mascarilla hacen cola en un supermercado Ahorra Más en Alcorcón, Madrid.Eduardo Parra / Europa Press

Dos gallos, picos de pan integral, mayonesa de la marca "x", yogures de limón… y así hasta rellenar media página con una caligrafía elegante, legible y ligeramente inclinada, un poco como las de antes. A estas alturas no es fácil ver textos escritos a boli, porque vivimos no ya en la era de internet sino, directamente, dentro del ordenador o del móvil. Fue justo vía Whatsapp que le llegó la foto a Sandra con la lista de la compra de Santiago (nombres ficticios), un señor de su barrio. Tras dejarle todo lo que le había pedido en el ascensor y dirigirse hacia su hogar, él le llamó por teléfono, ya que quería darle las gracias. Se pasaron charlando un buen rato. Del pequeño Alcorcón al que llegó Santiago hace medio siglo, de la faena que supone no poder salir de casa y de que seguro que, en algún momento, se habían cruzado, cuando todavía era posible pasear plácidamente. Ella tiene treinta y pico, él, con cerca de ochenta, está en el grupo de riesgo y era la primera vez que hablaban. Les puso en contacto la hija de Santiago, Nuria, que reside a casi cuarenta kilómetros de la localidad y que, aunque lo está deseando, no puede acercarse debido al confinamiento.

Si Nuria llegó a Sandra fue gracias a un grupo de mensajería instantánea del cual forman parte, además de ellas, alrededor de dos centenares de personas vinculadas a la ciudad que han decidido que vecindad es más que compartir muro en un colmena de ladrillo, que “vecina” es una palabra muy grande, con sentimiento y con sentido y que cuando vienen mal dadas no está de más, si nuestra situación nos lo permite, devolvernos la camaradería que las grandes urbes y su ritmo nos quita. Todo lo anterior se está traduciendo en que completos desconocidos se hagan la compra, paseen mascotas, se acompañen virtualmente o que, en el caso de los jóvenes, se ayuden con los deberes.

Según explican Sam Robson y Ella MacDonald, padre e hija, ingleses tan de Alcorcón como los pucheros del escudo, y los impulsores de un grupo cuya naturaleza, no obstante, es colectiva “ya hay tres centros de salud que mandan todos los días recados para pacientes que no pueden abandonar su hogar”. Y quizá eso es lo importante, que están haciendo las veces de puente entre humanos que han pensado que, en este ahora aciago, ya es tiempo de que prime la humanidad.

Con el fin de que los móviles y la tecnología no abran brechas intergeneracionales, puesto que no olvidemos que no todo el mundo se apaña bien con “la modernidad”, se han impreso póster que han colgado en farmacias y en portales y se han apoyado en organizaciones vecinales preexistentes y en el ateneo, así el mensaje llega más lejos.

El grupo cada día genera un montón de anécdotas reseñables. Sam y Ella escogen una reciente: los trabajadores de metro donaron tres tablets a un centro de mayores para que sus residentes puedan videollamar a sus seres queridos. De nuevo, se demuestra que el barrio lo construyen las personas y unidas hacen el camino mejor.

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