La crisis del coronavirus

Los 30 días más críticos de la historia de las UCI: así se reconvirtieron para sobrevivir al colapso

Estas áreas, donde se trata a los pacientes más graves, han sufrido una transformación que las mantiene aún en estado de alerta, con plantillas exhaustas y sobrecarga asistencial

Personal sanitario en una UCI en el Hospital Puerta de Hierro el 9 de abril de 2020.
Personal sanitario en una UCI en el Hospital Puerta de Hierro el 9 de abril de 2020.JUANJO MARTIN / EFE

El jueves 12 de marzo, Ángel Serrano estaba en la operación de un juanete y un túnel tarsiano. Dos días después, el caos. Al hospital Infanta Sofía de San Sebastián de los Reyes, donde es anestesista, la ola de coronavirus llegó un poco más tarde que al resto de centros madrileños, pero como en cualquiera, lo invadió todo. Ese sábado, mientras Pedro Sánchez preparaba una comparecencia para decretar el estado de alarma, Serrano estaba de guardia, como tantos otros fines de semana, junto a otro compañero y una facultativa de UCI.

“A partir de las seis de la tarde, nos quedamos vendidos”, rememora. Con un solo celador y sin refuerzo de personal ni de servicios como la esterilización de equipos, comenzaron a subir pacientes desde la planta uno, donde está la unidad de cuidados intensivos, a la segunda, donde está la URPA, la unidad para la recuperación tras a la anestesia. Recuerda nítidas aquellas horas: “La intensivista lloraba abajo. Esa noche se llenó su unidad, con ocho puestos, y empezó el tsunami”.

En ese hospital de 280 camas, pasaron de ocho plazas de críticos a 40: quintuplicaron su capacidad. Como ahí, la gran mayoría de los centros madrileños, que entraron a la pandemia con 641 camas para graves, según cifras oficiales. Han llegado a crecer hasta seis veces su tamaño para hacer frente a la expansión de un virus hasta entonces desconocido que empezó saturando las urgencias de los hospitales, luego las plantas y por último las UCI. Ahora, después de una semana de tendencia a la baja en los datos, la región registra 48.048 casos positivos de Covid-19, de los que 10.753 están hospitalizados; tiene 6.568 fallecidos, 26.247 curados y 1.299 pacientes graves, según los últimos datos del Ministerio de Sanidad.

Ante esas cifras en descenso, quienes trabajan en estas áreas avisan de que para ellos el alivio ha sido mínimo. “El mensaje a veces triunfalista de que ya ha pasado todo no lo entiendo”, espeta otro anestesista de ese mismo hospital. “Y es peligroso, el problema de este enfoque es que lleva a engaño. En vez de estar al 300% de nuestra capacidad estamos al 200%, sigue siendo una sobrecarga de trabajo brutal”, explica. Él recuerda cómo comenzaron a “fagocitarlo todo”, porque, insiste, “una cama de UCI no es solo una cama sino todo lo necesario para que funcione”.

La semana del 14 al 21 de marzo

Las áreas de críticos empezaron a absorber: monitores, respiradores, cables, bombas, camas, rincones… Y personal. Los intensivistas comenzaron a tener ayuda de los anestesistas, que se unieron en la reorganización a la que se vieron abocados. Pero para tratar a estos pacientes hacen falta más que médicos, y la bolsa de enfermería con esta especialidad, como ocurre con intensivos, es más pequeña que otras.

Una de esas profesionales, del Ramón y Cajal, recuerda que el sábado que comenzó el confinamiento, de los 274 pacientes graves que había en las unidades madrileñas, su centro ya tenía 13 de los 14 puestos habituales con coronavirus, en pocos días superaron la media centena y llegó a tener, en su pico, 103 infectados graves, el 30 de marzo. “La primera vez que entramos con el EPI [equipo de protección individual] no nos reconocíamos bajo tanto gorro y gafas y mascarillas. Y gracias que teníamos. Ahora miro atrás y lo que me pareció el horror se ha convertido en normalidad”.

Esa semana comenzó la expansión: “Hubo varios días en los que la situación te superaba, el descontrol, la ansiedad, la frustración. Sobre todo cuando comenzaron a reconvertir unidades para hacer UCI”. Quirófanos, quirófanos ambulatorios, unidades de reanimación y de despertar tras la anestesia. Cualquier espacio que fuese susceptible de transformarse. “Ese momento en el que empezaron a llegar profesionales de otras áreas sin experiencia en críticos. Fue horrible, para quien llegaba más, se enfrentaban a algo que desconocían”, cuenta.

La semana del 21 al 28 de marzo

La magnitud de lo que ocurrió unos días después, dice uno de los intensivistas del Infanta Sofía, “no la podía prever nadie”. Sin embargo, añade, ellos llevaban dos semanas pidiendo que se pergeñase un plan según lo que veían en otros hospitales. En casi todos, ese plan se hizo en tiempo récord cuando el brote se les vino encima. El 21 de marzo, Madrid ya registraba 767 pacientes graves, 126 por encima de la capacidad habitual de estas unidades. Un día después, todos los jefes de las UCI públicas y privadas de Madrid enviaron una carta a la consejería para informar de la “realidad” a la que estaban “plantando cara”, como definió en aquel momento uno de esos jefes.

El 22 de marzo, todos los jefes de las UCI públicas y privadas de Madrid enviaron una carta a la Consejería de Sanidad, “un grito de socorro claro”

A 22 de marzo, según sus datos —que en ningún momento a lo largo de esta crisis han coincidido con los oficiales—, los hospitales de la región tenían 1.009 críticos, 952 de ellos con ventilación mecánica invasiva. “Saturación absoluta”, “pacientes ubicados en espacios que no disponen de recursos mínimos”, “ventilados con respiradores de transporte y sin un mínimo de personal especializado”, rezaba aquella carta. Era “un grito de socorro claro, clarísimo”, añadió aquel jefe de intensivos.

Contaban en aquella misiva que tenían infectados “en planta de hospitalización y Urgencias jóvenes" que no podían “ser atendidos de forma adecuada, en los que se está retrasando su ingreso en la UCI para ventilación mecánica” y que estaban “en riesgo elevado de fallecer”. Explicaban que con ese panorama había sido necesario establecer “medidas de triaje con limitación de soporte vital y limitación de pacientes con mala evolución clínica”, porque los recursos disponibles superaban las necesidades reales. “Todo ello, con la consecuente carga emocional y moral derivada de la toma de decisiones”.

De “forma reiterada y diaria” aseguraban que habían informado a las autoridades pertinentes por todos los canales posibles de la situación, que ya no permitía “optimizar más” los recursos en muchos de sus servicios. Esa respuesta institucional nunca llegó. En aquel momento, por primera vez de forma pública, los profesionales, desesperados, hablaron de “medicina de guerra”. Priorizar pacientes con la esperanza de vida más alta, una decisión que, aunque habitual en estas unidades —hay pacientes que no soportan el proceso de pasar por una UCI—, jamás con el nivel de “noes” que tuvieron que pronunciar aquellos días.

La semana del 28 de marzo al 4 de abril

El sábado 28 de marzo había 1.404 críticos en las UCI. En Getafe, sus 18 camas en un contexto normal se llegaron a convertir en más de 60. Demetrio Carriedo, otro facultativo de ese centro, narra el momento de la saturación total: “Literalmente, nos quedamos sin espacio físico. Ya no teníamos dónde ingresarlos a no ser que hubiese un alta o un exitus”.

Los números siguieron creciendo hasta el 2 de abril, cuando se registró el pico en esta crisis: 1.528 críticos. La noche siguiente, uno de los anestesistas del Infanta Sofía recuerda acabar “absolutamente machacado”. “Todo colapsado, las 40 camas llenas, intentando traslados a otros hospitales. Fue imposible”.

Cada hospital acabó librando una batalla propia dentro de la misma guerra. Con recursos que no llegaban, con compañeros que caían contagiados o aislados por sospecha. “Sobreviviendo, cuando se podía, cada día”, ilustra este facultativo. “Después de tantos días, piensas mucho que has llegado a tu máximo nivel de exigencia profesional, que no vamos a poder aguantar mucho más”, cuenta.

La semana del 4 al 11 de abril

En ese momento de máxima tensión en las UCI, y tras casi un mes de confinamiento, las urgencias de los hospitales empezaron a verse aliviadas del colapso que las había sometido durante semanas. Esa bajada de ingresos hospitalarios permitió a las unidades de críticos, al menos, un freno a las cifras desbocadas que habían alcanzado. El 4 de abril fue el segundo día consecutivo que los números no subieron y, exceptuando un repunte hasta los 1.510 un par de jornadas después, no han vuelto a hacerlo. Este 13 de abril, según datos internos de los hospitales, tienen 1.325 críticos. Solo este martes fallecieron en los hospitales madrileños, por coronavirus, 164 personas, y el registro total es de 6.498 exitus desde el comienzo de la crisis.

Vamos a seguir pasándolo mal y esto nos va a pasar factura a todos los niveles, también en el emocional. Hay gente que se cura, sí, pero este es un bicho muy cabrón y en toda mi carrera he visto las complicaciones que genera este”, arguye el anestesista del Infanta Sofía. Durante este tiempo, explica Carriedo, el intensivista de Getafe, “ha llegado material, la enfermería ha hecho un esfuerzo enorme y está aprendiendo, y los anestesistas, que han dado todo el apoyo, en equipo”. Pero, aunque la situación técnica se ha adaptado, “no es cierto que las UCI estén aliviadas”: “Seguimos absolutamente sobredimensionados”.

En varios hospitales, como en La Paz o el Ramón y Cajal, ya hay zonas que se están limpiando y cerrando, aquellas que se convirtieron en UCI provisional. Y ahora, apunta Carriedo, “un repunte sería volver al caos más absoluto, partiríamos de unidades que están de entrada saturadas. Y a eso se le tiene miedo”. Facultativos y enfermeras temen que la vuelta al trabajo de algunos sectores este lunes produzca una nueva oleada de contagios para la que no están preparados. “Sin haber tutelado la enfermedad más allá de los hospitales, sin saber quiénes están infectados o no… Puede haber repuntes y son pacientes de larga estancia”, añade Serrano, del Infanta Sofía.

El compañero de Serrano se pregunta qué ocurrirá si hay otro pico: “Esto es como un combate de boxeo, hemos salido del primer round a duras penas, ¿pero qué pasa si hay otro?”. Y antes de colgar dice: “Ojalá, ojalá no llegue otra súper ola. Que la gente no crea que esto ha pasado, que no se relajen. No sé si en estas circunstancias resistiremos”.

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