Columna
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‘Madrid is different’

La campaña de Díaz Ayuso recupera la música de la que hizo Fraga en los sesenta a propósito de España: ser distintos

Ambiente en terrazas en barrio de La Latina, en el centro de Madrid.
Ambiente en terrazas en barrio de La Latina, en el centro de Madrid.David G. Folgueiras

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El fundador del PP, Manuel Fraga, ejerció de ministro de Información y Turismo prácticamente durante toda la década de los sesenta. La dictadura franquista había descubierto el turismo como una fuente de financiación y desde entonces nuestro país ha manejado sus ingresos como los maneja un drogodependiente. El enganche a un solo sector como motor financiero invitó a descuidar la industria, la ciencia y la formación al tiempo que convertía al negocio turístico en la locomotora del país. Fue en aquella época cuando Fraga recurrió al lema publicitario de Spain is different. El hallazgo funcionó por dos contenidos subliminales bien definidos. El primero, dirigido a los extranjeros, les presentaba un país poco parecido a cualquiera que visitaran. Desde un clima portentoso al carácter de los españoles, los bajos precios y la festiva tradición, todo eran ventajas para quien venía del frío, el orden y el aburrimiento. Pero el lema también tenía un significado muy rotundo para los propios españoles. No debíamos reivindicar los derechos ajenos ni envidiar los avances de otros países, sino que bastaba consolarnos con la satisfacción de ser distintos.

El encantamiento perdura. Aunque unas veces nos sentimos distintos y otras veces nos sentimos distontos, engañados desde el poder. Lo que nadie esperaba es que metidos en el siglo XXI, la campaña electoral de la Comunidad de Madrid rescatara aquel lema de publicistas y lo exhibiera sin recato. Si uno se para a escuchar los planteamientos de gobernanza, la música le sonará a conocida, y también la letra, pues no es otra que: Madrid is different. La jugada consiste en ofertar las terrazas abiertas, la ciudad que trasnocha, la liberalidad de costumbres, el sentido de acogida, la generosidad vitalista y la vocación anarcofestiva como características particulares de Madrid. Pero muy paletos tendríamos que ser los madrileños si no reconocemos en otros lugares muchísimos rasgos similares. La noche de Albacete es de traca. La vitalidad festiva valenciana no tiene parangón. La sensación acogedora que transmiten los extremeños es antológica. Y la liberalidad de costumbres de algunos barrios de Barcelona carece de rival.

A cualquier madrileño con dos dedos de frente le tendría que producir rubor que se utilice su gusto por la tapa y la vida en la calle como un alegato diferencial. Si uno ha pisado la calle del Laurel en Logroño o la parte vieja de San Sebastián, o Santiago o Salamanca en periodo estudiantil, comprenderá que nada se parece más que lo que llaman distinto. Otra cosa es que hablemos del deseo de saltarse las restricciones o la tutela de la autoridad en este tiempo de pandemia. Ahí creo que todos los españoles, en general, han visto sacrificarse sus negocios y su vida social, sus encuentros amicales y las reuniones familiares. Y en todos los casos tenían el mismo derecho a su modo de vivir que el que parece reivindicarse ahora bajo un madrileñismo utópico. Madrid no tiene por qué tener una legislación distinta por ninguna característica propia reseñable ni por unos arrebatos del carácter particulares o irremediables. En Triana, los sevillanos, dudo que celebren con palmas las restricciones y el toque de queda. La expansión del virus provocó que se hiciera demasiada política con los muertos. Lo que no esperábamos es que se hiciera política con los vivos y estos se dejaran.

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