CRISIS DEL CORONAVIRUSCrónica
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Lo que me pasó citando a gente para vacunarse contra el coronavirus

Lejos del personaje conspiranoico con papel de aluminio en la cabeza que se perfila habitualmente, las personas que no quieren el pinchazo llegan al negacionismo más por falta sincera de información que por convicción

Una enfermera vacuna a una mujer contra la covid, el pasado abril
Una enfermera vacuna a una mujer contra la covid, el pasado abrilAlbert Garcia

La campaña de vacunación contra la covid-19 en Cataluña lleva un mes abierta a todas las personas mayores de 16 años para intentar frenar la explosión de contagios entre los más jóvenes y con la intención de alcanzar cuanto antes la ansiada inmunidad de rebaño. Mi experiencia durante dos meses y medio programando citas en un hospital de Barcelona arroja un puñado de anécdotas y dos ideas clave. Una, que lejos del personaje conspiranoico con papel de aluminio en la cabeza que se perfila habitualmente, la gente que no quiere el pinchazo llega al negacionismo más por falta sincera de información que por convicción. Y dos, que la inercia consumista con la que estamos obligados a vivir nos empuja a elegir vacunas como quien se compra unas zapatillas caras, con una mezcla de deseo y miedo a la vez. Daba igual la franja de edad en la que estuviéramos que, antes que saber dónde había que ir o a qué hora sería la vacuna, la pregunta del millón no fallaba: “Pero, ¿cuál me van a poner?”

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La cuestión asaltaba al otro lado del teléfono a los pocos segundos de empezar la conversación. Unas veces con un interés inocente y otras, como un mordisco directo a la yugular, un golpe tajante sobre la mesa antes de seguir avanzando y que lo condicionaría todo. Cuando la idea de no vacunarse estaba clarísima, la llamada duraba realmente poco. El tiempo justo de colgar corriendo después de un “no, gracias” bien impostado. Pero de las personas clasificadas como no vol vacunar (alrededor de un 15% del total de nuestro censo, según mis propios cálculos), la mayoría era simplemente gente con dudas, una buena dosis de soledad y, sobre todo, un ingrediente mágico: demasiadas horas de televisión. En estos casos, detrás del rechazo aparecía un poquito de esperanza que aprovechábamos con los pocos argumentos que teníamos a mano.

Los vaivenes informativos y las decisiones dudosas sobre los trombos que se han reportado han dejado un sesgo clarísimo para todos los que no tenemos la carrera de Farmacia, que somos la mayoría. Básicamente: de vacunas, hay marcas buenas y marcas malas. No se podía saber. Y no como el ibuprofeno, que es siempre maravilloso. La imagen de AstraZeneca no hay algoritmos ni estrategias de gurús de la comunicación que la levante y, en la franja de entre 60 y 69 años, había verdaderos casos de pánico por tener que ponérsela. Porque qué hay más humano que el miedo en el cuerpo y, sobre todo, en medio de una pandemia mundial.

Con Moderna, quizá de las vacunas menos conocidas, las personas que programamos podíamos hacer de la necesidad virtud y jugar un poco al mercadillo y al regateo. “Esa es de las buenas, señora. Como la Pfizer, pero de otra marca”. Siempre venía bien tirar de la broma fácil: “Le va a dejar a usted nuevo, ya lo verá”. Había que llenarla de significado, porque eso es lo que tiene estar en medio de la dicotomía Pfizer, bien; AstraZeneca, mal. Y la cuestión es que quienes nos encargábamos de esa comunicación tan especial —en alguna ocasión se superó el borde de la lagrimita de felicidad, como cuando llamé a una señora el mismísimo día de su cumpleaños—, teníamos que intentarlo. Al fin y al cabo, para la mayoría, era una buenísima noticia. Incluso cuando la llamada era a horas intempestivas.

Como en el hospital se suministra Moderna —al estar recomendada para personas con determinadas patologías de base y por tanto, de alto riesgo—, las situaciones para escaquearse de “la mala” y venir a vacunarse allí —evitando el ambulatorio o los puntos masivos— se multiplicaban demostrando una vez más el ingenio humano. Ahora, por mucha sofisticación que aporte la imaginación, al final la técnica infalible era la de la gota malaya y llamar absolutamente todos los días sin descanso para nuestros oídos. A medida que avanzaba el proceso y se acercaban las vacaciones, ganaban relevancia las peticiones para vacunarse con Janssen, “la de un pinchazo solo”, por motivos logísticos evidentes. Y, por supuesto, siempre estaba quien dejaba las entre cero y pocas opciones de: “O Pfizer o nada”.

El anonimato del teléfono y la magia del momento hiper-sanitario que vivimos hacía que muchas de las personas con las que contactábamos pensaran que éramos directamente médicos los que llamábamos y pedían consejos que en ningún caso usurpábamos a los profesionales de la salud. La duda más extendida, —atención a los que informáis sobre vacunas para que lo llevéis a destacados o rótulos— era “si hay que venir en ayunas”. La respuesta correcta es no.

Aun así, no dejamos de vivir muchas situaciones que seguro se repiten a diario en las consultas y, con esa distancia que aporta el auricular, vivimos excusas y justificaciones de toda clase, a veces basadas en falta de información y otras en —de nuevo— ingenio puro. “Es que estoy tomando x medicamento”, “es que tengo un retiro”, “me va mal, ¿puedo posponer la segunda dosis 17 semanas?”. O “es que trabajo”. Aquí otro aviso importante, las vacunas son salud y motivo justificado de ausencia laboral, no hace falta ir de madrugada, como en Madrid (a la vista están los datos). Una pregunta que se repetía era “si no quiero, ¿qué me va a pasar?”. ¿A quién no le preocupa su futuro? Y otra combinación explosiva que una buena comunicación podría revertir: “Si yo estoy bien, ¿para qué me tengo que vacunar?”. Anímense, responsables sanitarios.


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