China, la OTAN, Gaza y ahora Venezuela: un año de Sánchez saliéndose del guion de Trump
La posición comparativamente dura de España contra la operación en Venezuela se suma a una lista de gestos, medidas y declaraciones que han puesto al Gobierno en el punto de mira del presidente de EE UU


En la crisis venezolana, España vuelve a sobresalir dentro de Europa por su posición crítica con Estados Unidos. No es la primera vez que pasa con Pedro Sánchez en La Moncloa y Donald Trump en la Casa Blanca. Desde la llegada del líder republicano al poder hace algo menos de un año, una serie de decisiones del Gobierno en materias sensibles para el país norteamericano —como China, Israel o la OTAN— y de reacciones contra medidas de la Administración de EE UU —como los aranceles— han sacado a España del guion de Trump y han puesto a Sánchez en el punto de mira del presidente estadounidense, un líder de inclinación autoritaria que ya ha demostrado que es capaz de actuar contra quien se aparta del camino que él señala.
Contra la “tecnocasta”. En enero de 2025, dos días después de la toma de posesión de Trump, Sánchez convirtió su participación en el Foro de Davos en un alegato por una regulación más estricta de las redes sociales que lesionaría los intereses de Elon Musk, entonces estrecho y sobresaliente aliado de Trump. Su propuesta fue rematada con la frase “hagamos las redes sociales grandes de nuevo”, remedo del eslogan del líder republicano, “hagamos a América grande nuevo”, el que llevan impreso las gorras rojas del movimiento MAGA.
Además de ir contra Musk, el discurso de Sánchez también iba contra Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, impulsor de la carrera política del vicepresidente JD Vance, a quien citó como miembro del grupo de “tecnomillonarios” que —dijo— están “socavando” la democracia. Unos días después retomó un término que ha usado varias veces, “tecnocasta”, que alude a una élite a la que acusó de estar “fomentando el autoritarismo y el odio”, poniendo como ejemplo —sin citarlo expresamente— el apoyo de Musk a Alternativa para Alemania. Otra andanada de Sánchez contra quien aparecía entonces como el socio estelar de Trump.
Aranceles y China. Sánchez reaccionó con dureza a los aranceles impuestos por EE UU en abril. En una declaración que desbordó el rechazo protocolario, acusó a Trump de iniciar una “guerra comercial” y de aplicar la medida para “castigar países” y “mitigar el déficit” causado por una “política fiscal” que juzgaba “cuestionable”. “Le pedimos al presidente Trump que recapacite. No nos quedaremos de brazos cruzados”, advirtió.
Aunque estaba prevista desde antes, la visita de Sánchez a China en pleno vendaval por los aranceles causó malestar en la Administración Trump. El secretario del Tesoro de EE UU, Scott Bessent, afirmó en un acto de banqueros en Nueva York que un acercamiento a China “sería como cortarse la propia garganta”. Pero, en vez de posponer el viaje, como pedía el PP, o de rebajar su alcance, Sánchez dejó un mensaje con vuelo político al valorar su reunión con el presidente Xi Jinping, que se alargó de las dos horas previstas a tres: “España ve a China como socio de la UE”.
Choque en la OTAN. En la antesala de la cumbre de la OTAN de junio en La Haya, Sánchez y el secretario general de la organización, Mark Rutte, llegaron a un acuerdo que exime a España de la obligación de alcanzar el 5% del PIB en gasto militar en 2035. Aunque España firmó también el mismo acuerdo que el resto, el haber pactado aparte una mayor flexibilidad encendió a Trump, que afirmó desde La Haya que haría que “el único que se niega a pagar” tuviera que aportar “el doble”, por ejemplo a través de aranceles. Desde entonces, Trump ha mostrado varias veces su descontento con España por este tema. La más sonora fue en octubre, cuando en la Casa Blanca, junto al presidente finlandés, Alexander Stubb, afirmó que “quizás” la OTAN “debería expulsar” a España.

Tras la reprimenda de Trump en La Haya, Sánchez no solo se reafirmó en su posición, sino que dijo que los aranceles ya impuestos por EE UU eran “injustos”. Y no ha dejado de presentar la flexibilidad acordada con Rutte como un éxito. En su vídeo de balance de fin de año, la incluyó entre sus logros de 2025: “Nos plantamos ante la exigencia de la OTAN de aumentar el gasto en defensa de hasta el 5% del PIB. España no recortará en sanidad, educación o acción climática”.
Carlota García Encina, investigadora principal sobre EE UU y Relaciones Transatlánticas del Real Instituto Elcano, afirma que la “fricción” más importante entre la Administración de Trump y el Gobierno de España es la derivada de este rechazo a las exigencias de la OTAN.
El “genocidio” israelí. Tras el verano pasado, con Sánchez intentando retomar la iniciativa después del agravamiento del caso Cerdán, España se colocó a la cabeza de la presión internacional contra Israel, socio estratégico de EE UU en Oriente Medio, por lo que el presidente español ya llamaba con todas las letras “genocidio”. El paquete de medidas adoptadas contra Israel, entre ellas la denegación de entrada al espacio aéreo español a las aeronaves de Estado que transporten material de defensa para el Estado hebreo, movió a la Administración Trump a emitir un comunicado que calificaba de “preocupante” que España “haya optado por restringir las operaciones de Estados Unidos y dar la espalda a Israel”. El Departamento de Estado, liderado por Marco Rubio, acusó a España de “envalentonar a los terroristas”. Lejos de echar el freno, el Consejo de Ministros aprobó menos de dos semanas después un embargo de armas a Israel, si bien recogía la posibilidad de excepciones, opción que ya ha sido utilizada.
El contraste multilateral. Sin llegar al ataque o al desafío explícito, han sido varias las ocasiones en que Sánchez ha buscado presentarse como el antagonista de Trump dentro de los líderes occidentales. Lo hace, sin mencionarlo desde que Trump es presidente, cuando destaca que España es un referente progresista frente a la “internacional reaccionaria”. Y lo hace también cuando cultiva el perfil de adalid del multilateralismo, otro enemigo a batir del inquilino de la Casa Blanca.
En los foros internacionales en los que participa, Sánchez suele insistir en la necesidad de mantener vivos los mecanismos de cooperación internacional, justo mientras Trump promueve un repliegue a las esferas nacionales. En septiembre, el contraste fue evidente. Solo tres días después de que Trump aprovechase la tribuna de la ONU en Nueva York para lanzar una carga de profundidad contra las instituciones globales, Sánchez acudía a la Cumbre Global para el Progreso de Londres para instar a los gobiernos de izquierdas de todo el mundo a “abrazar el multilateralismo”.
Junto a Brasil y Colombia. La reacción del Gobierno tras la operación en Venezuela ha ido ganando en dureza, pese a lo cual sigue siendo insuficiente para el socio menor del Ejecutivo, Sumar, y para fuerzas de izquierdas como Podemos. Tras un primer comunicado de Exteriores el sábado por la mañana llamando a la “desescalada” y al “respeto” al derecho internacional, por la tarde Sánchez elevó el tono en X al asegurar que igual que España no había reconocido la victoria electoral de Nicolás Maduro, “tampoco reconocerá una intervención que viola el derecho internacional y empuja a la región a un horizonte de incertidumbre y belicismo”. Al día siguiente, escribió a la militancia del PSOE una carta condenando “con rotundidad” las acciones de EE UU.

El Gobierno de España firmó el domingo un comunicado junto a los de Brasil, México, Colombia, Chile y Uruguay, todos progresistas ya que el derechista José Antonio Kast todavía no ha tomado posesión en Chile. El texto no solo expresaba rechazo por la vulneración legal de EE UU, sino que la presentaba como “un precedente sumamente peligroso” y mostraba “preocupación” ante una posible “apropiación externa de recursos naturales o estratégicos” de Venezuela. Sánchez se unía así a destacados opositores a EE UU en Latinoamérica, como Gustavo Petro en Colombia, acusado por Trump —sin pruebas— de ser un narcotraficante y sobre el que pesa la amenaza de una operación similar a la venezolana.
Este lunes, el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, ratificó lo evidente: el Gobierno quiere distinguirse por su contundencia. Aunque aseguró que España había liderado la respuesta europea, en la que 26 de los 27 miembros de la UE ―todos menos Hungría― pidieron este domingo “evitar una escalada”, Albares aclaró que le hubiera gustado un comunicado “más duro”. Y él mismo puso la dureza en sus declaraciones a la cadena SER, donde afirmó que la acción de EE UU “sienta un precedente muy peligroso”. “No nos vamos a resignar a que se imponga la ley de la selva”, dijo. Una fuente de La Moncloa señala que “ha habido un crescendo en la reacción del Gobierno”, pero que ha sido más debido al conocimiento progresivo de cada vez más elementos de la situación y de las reacciones de los socios que a un endurecimiento premeditado. “A veces se nos pide una reacción terminante de algo que acaba de pasar”, señala.
Carlota García Encina, del Real Instituto Elcano, cree que el “énfasis” del Gobierno en la “ilegalidad” de la operación en Venezuela, mayor que el dedicado a la “ilegitimidad” de Maduro, refuerza el acento crítico de la respuesta española. La analista no considera que este caso tenga importancia suficiente como para deteriorar por sí solo la relación de EE UU con España, pero sí señala que se suma a una “acumulación” de desencuentros con la Administración Trump, el más grave de ellos —a su juicio— por el gasto en defensa.

Aunque para Jordi Sarrión-Carbonell los antecedentes de Trump dejan “claro” que existe riesgo de que tome medidas contra España —“Trump no va de broma”—, este consultor político y máster en Estudios Latinoamericanos afirma que hay una lógica que influye en la forma de actuar de Sánchez, que ve en la escasez de “líderes progresistas” una “oportunidad” de presentarse como un referente de izquierdas en contraste con el presidente de EE UU. “Trump como villano es caricaturizable. Polarizar con él es un win-win [ganancia segura] para Sánchez”, concluye.
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