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La vida y la muerte por correo electrónico

El catedrático de Filosofía Enrique Bonete recibió un correo de una antigua alumna que contaba que tenía cáncer, que tenía miedo y que recordaba sus clases de Ética de la muerte. Pasaron dos años escribiéndose. De ahí salió un libro

El catedrático de Filosofía Moral Enrique Bonete, autor de 'Querido profe, me invaden las tinieblas', fotografiado en su despacho de la Universidad de Salamanca.Ximena y Sergio

Hay asuntos —unos capitales, otros banales— con capacidad comprobada de dividir al género humano. Entre los banales pongamos el fútbol, la política, la comida y tantas chucherías más. Entre los capitales, y obviando las crecientes desigualdades mundiales y su odiosa consecuencia —la miseria de los que menos tienen—, hay que incluir el de la visión de la muerte como ingrediente de la vida. La cuestión puede parecer obvia pero no lo es y, desde luego, dividir, divide. Hubo, hay y habrá gente capaz de contemplar la fatalidad del final con frialdad y hasta con serenidad, sabedora de que una cosa (la vida) sin la otra (la muerte) y viceversa es directamente imposible, con lo cual mejor no convertir el tema en tabú. Incluso hay gente interesada en bucear en los argumentos que en torno a la parca elaboraron algunos gigantes de la historia de la filosofía. Y hubo, hay y habrá quienes a la mínima mención del concepto muerte apenas aciertan a salir corriendo pronunciando, verbal o mentalmente, las palabras “¡lagarto, lagarto!”. A la primera especie de humanos les interesará, en principio, la cuestión que aquí se trata. La segunda ya estará cerrando estas páginas o la versión digital de este artículo. Al grano.

En la nota introductoria de su libro Querido profe, me invaden las tinieblas. Diálogos sobre cómo vivir y morir (editorial Ariel), el catedrático de Filosofía Moral de la Universidad de Salamanca Enrique Bonete (Valencia, 66 años) expone así las dos motivaciones principales de esta obra conmovedora, tristísima y luminosa a la vez: uno, “dar a conocer en un lenguaje asequible algunas sensatas reflexiones éticas de filósofos que puedan contribuir a fortalecer nuestra actitud ante la fatalidad”; dos, “el bien moral que puede generar en quienes lean las inquietudes existenciales de una persona tan lúcida y sensible, que supo mantener hasta el final una entereza loable”. Nuria, para entendernos.

Nuria no existió, o no existió con ese nombre, ni con esa edad (33), ni tampoco con ese lugar de residencia (Girona). Pero sí que existió. A saber cómo se llamaba realmente, dónde vivía, cómo llevó su enfermedad, qué ángeles y demonios poblaron su cabeza. “Nuria” es tan solo el nombre de guerra que Enrique Bonete decidió dar a su personaje, a aquella antigua alumna de la Universidad de Salamanca a quien impartió, además de clases de Filosofía, aquel curso de Tanatoética (ética de la muerte) que tanto la marcó. Aquella chica que un día decidió, tratando de ahuyentar o aliviar los fantasmas del cáncer, escribir al profesor en busca de ayuda.

“Eran las vacaciones de Navidad, exactamente el 4 de enero de 2017, y yo estaba con mi familia”, recuerda hoy Enrique Bonete sentado en su despacho del campus Miguel de Unamuno de la Universidad de Salamanca. “Revisando el correo, vi que me había entrado uno nuevo. Era de una exalumna mía de Humanidades que me contaba que estaba enferma y que de pronto se había acordado de mí y de mis clases de Ética de la muerte porque había encontrado los apuntes que guardaba desde entonces; yo no recordaba quién era y me sorprendió que acudiera a mí para contarme todo eso. Bueno, no tanto, porque yo soy alguien que piensa en la muerte, que escribe sobre la muerte, que enseña sobre la muerte”. Desde luego, no le sorprendió tanto como aquella vez en la que le llamó una amiga de una alumna suya diciéndole que quería suicidarse: “Me quiero matar”. “Yo traté de calmarla un poco. Aquello sí que me sorprendió, esto de Nuria no tanto. El caso es que al cabo de unos días contesté a su correo, y empezamos a escribirnos”. Se pasaron un año y medio cruzando mensajes. De amargura, de ira y de incomprensión. También de alivio, de confesión y de luz, sin que —colmo de los colmos— faltara algunas veces el humor.

Tiempo después, aquel intercambio epistolar vía ordenador acabaría convertido en libro. En él, la alumna aquejada de un cáncer de colon con pronóstico oscuro se dirige al profesor para pedir ayuda, ayuda en forma no tanto de consuelo (“con mis padres y mi hermano resulta difícil la comunicación”, “con las amistades no puedo ser sincera: las conversaciones resultan superficiales”) como de argumentos sólidos. De porqués.

En uno de los correos, Nuria le preguntó en qué andaba metido, si estaba publicando mucho desde que fue su profe, y él le dijo que estaba ultimando un libro y que no sabía si lo iba a titular Filósofos ante la muerte, o algo así. Finalmente se titularía El morir de los sabios. Una mirada ética sobre la muerte (editorial Tecnos). En él, su autor no solo desplegaba un rico abanico de ideas y reflexiones filosóficas sobre la posibilidad de convivir con el temor al final de la vida, sino que también relataba minuciosamente cómo fueron los últimos días de aquellos filósofos y pensadores de los que extraía aquellas ideas: desde Epicuro hasta Nietzsche y desde Séneca hasta Freud, pasando por Unamuno, Cicerón, Spinoza, Descartes, Heidegger, Sartre, Eugenio Trías o Hannah Arendt, hasta un total de 24 autores. Algunos de ellos desfilan también por las páginas de Querido profe, me invaden las tinieblas.

Un día, Nuria, tras hacer ver al profesor lo contenta que le ponía aquel intercambio epistolar que ella llegó a llamar “clases particulares de Filosofía”, le expresó su convencimiento de que si alguna vez aquellas conversaciones veían la luz en forma de libro, podrían ayudar a gente enferma, como la ayudaban a ella misma. “Y yo le dije que vale… La verdad es que esto no estaba llamado a convertirse en un libro, pero al final ya ves…, quedamos en que cada martes yo le enviaría un texto, y ella encantada”.

Preguntas, respuestas, confesiones, lamentos, esperanzas, consuelos, luces, sombras, dudas… y certezas. Creencias de creyente y practicante católico, como Enrique Bonete, y no-creencias de atea convencida desde jovencita, como Nuria. “Creo recordar que en clase discutía con ella y con su grupo de amigas sobre Dios y todo eso… Ellas eran unas ateíllas y, claro, debían de pensar que yo era un beatorro”, explica Bonete con una sonrisa dibujada en el rostro, y añade: “Pero al final, a ella le acabó interesando el tema de Dios, tenía como un anhelo. Un día quiso hacerse con un Nuevo Testamento para leer algo, pero le dio vergüenza pedirle a su madre que se lo comprara”. “Bueno”, prosigue el catedrático de Salamanca, “es que el problema de Dios está presente en toda la historia de la filosofía, está en Descartes, en Hegel, en Kant… Tú podrás creer o no, pero es un problema filosófico, y yo creo que a ella le pasaba como a Unamuno, a quien ante la muerte se le suscita el interrogante de Dios. El problema de Dios no es solo una cuestión intelectual, es una cuestión existencial”. En uno de sus correos, Nuria le acaba confesando a su antiguo profesor que casi le parecería bien poder creer en Dios, pero que no sabía cómo se hacía eso. “¿Cómo se cree en Dios, profe?”. Pero en otro correo, meses después, le hace la pregunta del millón: “¿No será el catolicismo una ficción construida por hombres temerosos del más allá?”.

Enrique Bonete cree que Nuria debió de fallecer en los últimos días de 2018. Un buen día ya no hubo respuesta al correo enviado. El 10 de enero de 2019, como dos semanas después del último intercambio, él insistió: “¿Podrías enviarme, por favor, un breve mensaje? Te lo suplico. Sería estupendo recibir alguna noticia tuya. No me dejes en la incertidumbre”. Nada. El morir de los sabios llegó a las librerías en septiembre de 2019 (Querido profe, me invaden las tinieblas lo hizo el pasado diciembre). Su autor había planeado —y así lo había llegado a hablar con Nuria— ir a visitarla a su casa. No pudo ser. Los padres de la chica nunca tuvieron conocimiento de nada de esto. Ella prefirió mantenerlo en secreto. Es de suponer que ahora, con la publicación de este libro, habrán podido atar cabos, hilar la historia de manera retrospectiva y sacar sus propias conclusiones.

Durante el confinamiento por la pandemia de la covid, Enrique Bonete se dedicó a seleccionar los que a su juicio eran los mejores intercambios, y ahí lo dejó, como quien dice, en un cajón. Estuvo tentado de tirarlo todo a la basura, “era demasiado insoportable, me apenaba demasiado, aunque ella me ocultaba el declive, pero en las últimas semanas sí que ya me decía que estaba muy mal”. Hasta que un buen día, durante el acto de presentación de un libro en la librería Ariel de Salamanca, el filósofo Eduardo Infante se le acercó con una copa de vino en la mano y le preguntó en qué andaba metido. Y entonces Enrique Bonete le contó que tenía algo guardado desde hacía tiempo, un largo intercambio de correo con una exalumna enferma de cáncer, y que la alumna había fallecido. “¡Tienes que difundir eso!”, le lanzó el autor de Filosofía en la calle. Bonete pasó horas rebuscando entre los archivos guardados en su ordenador hasta que lo encontró. Se lo envió a Caterina Da Lisca, de la editorial Ariel, y se convirtió en el libro que ahora tenemos entre manos.

En él, unas veces Nuria exhibe sin disfraces la desesperación de quien cree enfilar la recta final (“Estoy bloqueada, las ilusiones se han desvanecido”, página 21, 24 de enero de 2017). Otras, la puerta se reabre (“La reflexión acerca de la muerte no tiene por qué generar miedo o angustia, más bien todo lo contrario: aprovechamiento del tiempo, goce de lo cotidiano, disfrute máximo de la vida, de las personas queridas” (página 25, 20 de febrero de 2017). O: “He ido asimilando con sus correos, poco a poco, que morir es menos tremendo de lo que empecé a pensar” (página 159, 10 de diciembre de 2018). En cualquier caso, Nuria le deja bien claro a su viejo profe, a modo de agradecimiento, lo que para ella suponían estas conversaciones en una situación así: “Un asidero personal en medio del naufragio” (página 52, 8 de junio de 2017).

No se sale indemne de una experiencia personal así. No salió indemne Enrique Bonete, a quien una angina de pecho a punto estuvo hace tres años de poner, esa vez sí, mirando muy de frente a la muerte. “Para mí, todo lo que pasó fue una lección de vida”, reflexiona con serenidad en esta mañana del invierno salmantino. “Y me quedan las grandes preguntas que nos surgieron en aquellos intercambios: al final, ¿tiene sentido la vida? ¿Tiene sentido todo lo que hacemos? ¿Merece la pena tanto esfuerzo intelectual, profesional, sentimental, afectivo, sexual…? Todo lo que hacemos en una vida… ¿quedará en nada? ¿Es la nada lo que nos espera? ¿La nada de la que habla Schopenhauer? ¿Será Dios? Ella era una chica lúcida, inteligente, reflexiva, y a mí me enseñó mucho. Tuve una angina de pecho poco después de acabar el libro, y mientras pensaba que igual me moría, me acordaba mucho de ella, de muchas de las cosas que me contaba por escrito”. Y a Nuria, ¿qué le quedó de aquel reencuentro con el profesor? “Pues no sé…, pero quiero creer que todo aquello la consoló, y pienso de verdad que al final no tenía miedo. Un día me dijo: ‘Profe, esto de morirse ya no me parece tan tremendo… y, claro, si Dios existiera ya sería la repera”.

Aunque ya con la idea de la jubilación bien instalada en la cabeza —quiere volver con su esposa a su Valencia natal y comprarse allí una casita en la playa para disfrutar de sus hijos y de sus nietos—, este profesor de hablar nervioso, gesto tranquilo y bonhomía a prueba de bombas sigue disfrutando de su magisterio. Es un convencido del valor intrínseco de la educación no como máquina expendedora de competencias, currículos y puestos de trabajo, sino como arma de formación personal. “Enseñar no es solo transmitir conocimientos. También es transmitir actitudes ante la vida, y en mi caso actitudes ante la muerte, porque es esa la materia que más he tratado. Y esto me conforta. Yo soy muy feliz explicándoles las cosas a mis alumnos, porque veo que escuchan y se interesan. Solo con que a uno de entre todos ellos le hayan servido mis clases para enfrentarse mejor a la adversidad de la muerte, habrá merecido la pena todo lo que yo haya podido hacer”, explica mientras compartimos el menú del día en el bar El Pícaro, enfrente de la Universidad.

Y es en este punto donde Enrique Bonete reivindica con furia la filosofía —“y la ética, que es filosofía práctica”— como instrumento no ya de aprendizaje, que también, sino de orientación…, partiendo de la base de que en nuestras sociedades actuales (lo que incluye las aulas de colegios, institutos y universidades) la técnica es mucho más valorada que la orientación. “Si uno lee bien a los clásicos, a Séneca, a Epicuro, a Cicerón, a san Agustín, a Montaigne, a Spinoza…, verá que aunque ahí hay una filosofía más o menos elevada, más allá de eso lo que pretenden es orientar la vida de sus oyentes, de sus lectores. Aristóteles dijo que el problema fundamental de la vida es ser felices, pero que hay que saber en qué consiste la felicidad. Él tenía una visión totalmente práctica de la ética, y dejó dicho que de lo que se trata es de que no se puede ser feliz sin ser virtuoso”.

Pero antes de estas confesiones a la hora del almuerzo, el viejo profesor se habrá ganado con creces las lentejas en el aula 115-A del aulario del edificio FES. Una vez a la semana, durante un trimestre, Enrique Bonete imparte ahí a un grupo de una veintena de alumnos de varios países la asignatura optativa Textos de Ética. Cada año, en el arranque del curso, dedica un rato de clase, a modo de homenaje, a contarles a sus alumnos lo que pasó entre él y Nuria. Ahora, directamente les recomienda leer el libro. Hoy, en el aula, se ha hablado de Heidegger y de la muerte como posibilidad constante, de su condición de destino fatal y a la vez azaroso y de por qué no tiene demasiado sentido esquivarlo. También del amor —el que sea— como demostración cotidiana del apego a la vida y como desafío a la muerte. Y de la egolatría de Miguel de Unamuno. Y de Julián Marías y la dificultad de aceptar la idea del adiós. Y de cómo, a su juicio, la tanatoética o ética de la muerte es una especie de laboratorio intelectual donde se puede llegar a frenar el miedo a pensar en ella, a hablar de ella.

Claudia, Aníbal, Abril, Edoardo, Tomás… escuchan y toman notas. Algunos de ellos, después, desfilan por la pizarra y exponen sus ideas… y sus dudas. “Por desgracia, hablamos de un tema que es tabú, que prácticamente no existe”, lamenta el catedrático, “pero es un error de la cultura occidental, que no de otras culturas: yo estoy convencido de que la gente vive más feliz cuanto más piensa en la muerte. Y el ejemplo soy yo. Soy muy feliz porque pienso bastante en ella. Así que cada día nuevo es una maravilla”.

Se acaba la clase, se acaba el almuerzo y se acaba la charla. Silencio sepulcral en los pasillos de la Universidad. Se ha ido la gente. ¿Dónde se habrá ido Nuria? 

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