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psicología

Sinhogarismo: un estado físico y mental

En tiempos en que migraciones, guerras y cambio climático ponen en peligro nuestro caparazón, encontrar un lugar al que volver se convierte en tarea primordial para el bienestar

Personas sin hogar
Mikel Jaso

Qué determina la sensación de estar en casa y, su contraparte, la condición del yo desenraizado? Vivimos en una era en la que el sinhogarismo no se limita a los habitantes de las calles o a la población menos solvente económicamente. Las migraciones masivas y las deportaciones, los bombardeos de viviendas civiles, el abuso físico y emocional, los desahucios, minan la morada y privan al ser humano de la posibilidad de sentirse en casa. Por añadidura, nuestro planeta —que es la condición material de la experiencia de estar en casa— está al borde de volverse inhabitable. “El pensamiento más serio de nuestra época se enfrenta con el sentimiento del sinhogarismo”, reflexionaba Susan Sontag ya en 1963. ¿Dónde, entonces, estamos en casa?

¿Puede una persona sin hogar habitar en la calle, bajo la mirada despectiva de unos o la indiferencia de otros, con hambre y frío, expulsada de lugares públicos? ¿Podemos decir que se habita en un campo de refugiados? Habitar en condiciones adversas pone de manifiesto que hay más de una manera de estar en casa en algún lugar y que, a pesar de todo, aquellos sin hogar gestionan, organizan, se ayudan y se cuidan a sí mismos y a otros. Aun así, muchos mueren en el intento o quedan al margen, mujeres y niños, como los migrantes en la frontera de Texas, que han decidido que adoptar un nuevo hogar superaría los peligros de quedarse donde están.

“Basta con mudarse de casa una o dos veces en la vida para poder imaginar, sin demasiada dificultad, los efectos destructivos que provoca la pérdida de marcadores espaciales y temporales. Ya no es solo la psicología la que está en juego en la situación del sinhogarismo, sino directamente el sentido de relación, de identidad y del ser”, escribe el antropólogo Marc Augé en su libro Diario de un sin techo, en el que narra la peregrina existencia de Henri en las afueras de París. De día deambula por las calles, conversa, frecuenta cafés, pero de noche se refugia en una casa deshabitada. Presenciamos su pérdida de orientación, la degeneración de su capacidad para relacionarse y la erosión progresiva de su identidad. El texto pone de manifiesto que vivimos en espacios geográficos en los que los patrones de domicilio afectan radicalmente nuestro estatus y nuestro ser interior.

Para ubicarnos no es suficiente con estar en el mundo, hay que habitarlo. Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito, subrayó en su libro Ciudadela la importancia de la noción de habitar. “He descubierto una gran verdad”, escribe, que es “que los humanos habitan y que el sentido de las cosas cambia para ellos según el sentido de la casa”. Necesitamos un centro al que se refieran nuestras relaciones espaciales, un lugar donde habitamos, donde estamos en casa y al que virtualmente siempre podemos volver. Más aún ahora, en un mundo en el que habitar es inseparable de la cuestión de la movilidad, el sustrato de la casa en nuestra psique está estrecha y diversamente vinculado a los espacios por los que deambulamos, es una especie de GPS, por así decirlo —a todo esto, hay casas a las que no se quiere volver, ni siquiera desde el diván del psicoanalista—.

Ya sea por circunstancias adversas o porque estamos en casa en todas partes en un mundo cada vez más homogéneo, flotando en la nube de internet, es decir, en ninguna parte —que es precisamente la marca de nuestra alienación—, corremos el peligro del desarraigo y de convertirnos en eternos fugitivos. Freud lo describe como un estado de sinhogarismo psíquico. Encontrar ese centro es un reto y su existencia no puede darse por sentada, debemos crearlo nosotros mismos y cuidar de su integridad. Es una tarea esencial, y solo la cumpliremos si confrontamos el hecho de que, para muchos, no disponer de un techo representa la condición fundamental del problema, así como el conducto idóneo para remediarlo. Aunque no se trata simplemente de un asunto de alojamiento: es la relación interna que guardamos con nuestra casa lo que le permite brindarnos seguridad. Aun así, el problema puede solucionarse proporcionando viviendas dignas a quienes carecen de ellas.

Así pues, el habitar aquí ya no es una actividad aleatoria como cualquier otra, sino un aspecto esencial de la naturaleza humana en nuestra relación con el mundo y con uno mismo. Debe entenderse como principio activo —como una proyección de nuestro ser más interior— que propicia sentido y singularidad en el mundo. El filósofo Gaston Bachelard, en su libro La poética del espacio, dedica una extensa investigación a la “función primitiva del habitar” tal como la ve incorporada en la casa, un lugar de anclaje material y simbólico que tiene sus raíces en el pasado y se extiende hacia el futuro a través de proyectos, aspiraciones o sueños: “La casa acoge el ensueño, la casa protege al soñador, la casa permite soñar en paz”.

David Dorenbaum es psiquiatra y psicoanalista.

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