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Pamplinas
Columna
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La palabra amo

Quizá no hay palabra más machirula que amo. Y sin embargo su origen es femenino, y ahora se usa para mascotas y otras confusiones

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Elliott Erwitt (Magnum Photos /
Martín Caparrós

Las palabras son como las sociedades: nos gusta pensar que siempre serán lo que son y, sin embargo, cambian todo el tiempo. Nada mejor para transformar una palabra que un par de siglos de uso. Algunas cambian porque lo que nombraban ya no existe, otras porque se ha vuelto muy distinto, algunas por pudor o corrección. La palabra amo, sospecho, cambió por vergüenza.

Su origen es sorprendente: todo empezó hace más de 1.000 años con la palabra ama, del latín vulgar amma, que significaba “nodriza” —ama de leche— o “dueña de su hogar” —ama de casa—; de ese femenino derivó el masculino. O sea que una palabra que nos suena tan macha, tan llena de testosterona, viene en verdad del regazo de una mujer con niño.

Pero la transición fue veloz y, como suelen, muy desprovista de memoria. Rápidamente el señor amo pasó a ser amo y señor, incluso de la ama. Creada en una época en que las relaciones entre las personas se basaban en el sometimiento sin disfraces, la palabra empezó a designar a los que sometían. Yo soy tu amo y me obedeces, sí mi amo, el amo ha dicho que, sí mi amo, cuidado con el amo, sí mi amo. Amo se transformó en la palabra menos amable y más amarga, más ominosa de la lengua: decir amo era la forma de declararse bajo el poder de otro, en tiempos en que ese poder era aun más poderoso. El amo feudal podía hacerte trabajar, pegarte, echarte, llevarte a la guerra, violar a tu familia; el amo esclavista podía hacer todo eso y además venderte o matarte o lo que le pluguiese. Y, sin derecho a tanto, los amos siguieron siéndolo mientras hubo personas que, en caserones o campos o cortijos, se sometieron a sus órdenes. De ahí, durante siglos, esa consigna sin tapujos: “Ni dios ni amo”.

Ahora, en cambio, la palabra amo suena arcaica, rancia. Ya nadie o casi nadie diría que tiene amo, ya nadie o casi nadie diría que es el amo de alguien, así que la reformularon: ahora los únicos que los tienen son los animales de compañía, la legión de cuadrúpedos caseros. El perro escucha la voz de su amo y corre hacia él, el gato la de su ama y corre lejos de ella, los bichos y bichas tienen amos y amas. Si uno fuera mal pensado podría pensar que la deriva de la palabra dice mucho: que aquellos que antes aceptaban un amo son, para el diccionario, el equivalente de estos gatos y perros, que hubo tiempos en que tantas personas eran vistas como animales de sus amos.

Y el mascotismo avanza: casi la mitad de los hogares iberos poseen un bicho, se mantienen amos. En nuestros países urbanizados, los animales que viven con personas han cambiado de función como la mayoría de la economía: si hace un siglo lo importante era el sector primario, la producción —los animales eran fuerza de trabajo y alimento—, ahora lo que se impone es el terciario, los servicios —y los animalitos se dedican al entretenimiento de sus amos.

Así que la palabra amo se ha vuelto cariñosa, casi dulce. Aunque el español contemporáneo también la guarda como una especie de insulto o chascarrillo, una forma burlona. De hecho, quien le dio más circulación fue un catalán bastante ista, Pep Guardiola, cuando llamó a su colega Mourinho “el puto amo” para decir que se creía mucho más que lo que era.

O sea: los amos ya no ejercen —en principio— sobre gente; son los que tienen animales de sofá o los que se creen que son lo que no son ni pueden ser. Quizá sea eso, exactamente, lo que produce la confusión primaria, el cruce estrepitoso del vocablo amo. ¿A qué lengua se le puede ocurrir que la palabra que más claramente definió el poder de una persona sobre otra sea, al mismo tiempo, la primera del presente del verbo amar, el verbo amar hecho sujeto, esa expresión que estas fiestas y los culebrones devalúan y que la vida de tanto en tanto vuelve a poner en su lugar? O estamos muy chiflados o no nos importa nada o hay algo en nuestra cultura que funciona raro. Lo que es seguro es que las palabras, cuando se ponen, dicen lo que quieren —y nos lo hacen decir.

Yo amo, digamos, o yo, amo. ¿O será yo amo y yo, amo, todavía?

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