Una mudanza no tiene que ser una pesadilla, puede ser una oportunidad

Celebrar una cena de despedida, reservar suficiente tiempo y valorar lo positivo del nuevo hogar puede disminuir la carga emocional de un cambio de domicilio

Una mudanza puede ser una oportunidad
Una mudanza puede ser una oportunidadRicardo Tomás

La cama, los libros, el póster de Chagall, los álbumes de fotografías o la estantería blanca resisten mudanza a mudanza. La caja que hizo de mesita de noche o los apuntes de la carrera se quedaron por el camino. Tres de cada cuatro españoles han cambiado de vivienda alguna vez. La media es de cuatro mudanzas a lo largo de la vida, aunque las cifras se han incrementado desde la crisis de 2008 y el inicio de la pandemia. En cada cambio de domicilio no es infrecuente preguntarse: ¿será esta la última casa?, ¿cómo serán los vecinos?, ¿quién se quedará con la vivienda anterior?, ¿cuánto durará la adaptación?

Las mudanzas son deseadas u obligadas, según sea el motivo que haya originado el cambio de domicilio: el inicio de una vida en pareja, el nacimiento de un hijo, un proceso de divorcio, una situación de crisis económica, un desastre climático, el traslado de una ciudad o de país, etcétera. Implicarse en ellas puede estar relacionado, además, con el estilo de personalidad. Los psicólogos Markus Jokela y Liisa Keltikangas-Järvinen, de la Universidad de Helsinki, realizaron un estudio en 2008 en el que señalaron que hay personas más abiertas a la experiencia y con menos miedos al cambio de domicilio que otras. Mientras que unas disfrutan del hecho de vivir como nómadas, otras anhelan la mudanza definitiva. Probablemente, las diferencias se deban a cómo se interpreta el hecho de adquirir una propiedad o a la importancia de afincarse en un sitio definitivo.

Esto es algo normal. Naipaul escribió en Una casa para el señor Biswas que la búsqueda de una vivienda simboliza la obsesión del ser humano por encontrar un lugar de pertenencia en el mundo. A veces, en esa elección se prioriza la parte emocional, como cuando se busca una determinada zona de la ciudad; en otros momentos priman más razones prácticas, como encontrar una casa con ascensor. Pero es lógico esperar que la nueva casa se convierta en un lugar de apego seguro, de la misma forma que ocurre en las infancias felices. Como Gaston Bachelard dice en La poética del espacio: “La casa es uno de los mayores poderes de integración de los pensamientos, recuerdos y sueños de la humanidad. Sin ella, el hombre sería un ser disperso. Lo mantiene a través de las tormentas del cielo y de las de la vida. Es cuerpo y alma. Es el primer mundo del ser humano”.

Mudarse se parece a un proceso de duelo. Cualquier cambio de ubicación implica decir adiós a objetos materiales, vecindario, afectos y vivencias asociadas a ese espacio habitado que se convertirán, con el paso del tiempo, en recuerdos. Dejar un lugar que consideramos seguro genera emociones como tristeza, miedo, ansiedad o incertidumbre por la sensación de pérdida. No siempre. Despedirse de un domicilio cruel donde haya habido violencia, por ejemplo, genera alivio. Además de la carga emotiva, existe otro factor relevante que tiene que ver con el agotamiento físico que produce. Tareas como la selección de lo que se va a llevar, el embalaje de las cajas, la limpieza o cambiar los recibos requieren de esfuerzo y paciencia. La alteración de las rutinas, de hábitos y la falta de tiempo durante esos días disparan los sentimientos de vulnerabilidad porque uno se nota como en tierra de nadie. Si el proceso de mudanza se hace en familia o en pareja, cada miembro puede aportar diferentes opiniones que pueden potenciar la incomodidad.

Existen ciertos consejos para facilitar que el proceso de mudanza sea más llevadero. Organizar las tareas con tiempo suficiente es un factor beneficioso. Es importante tener un cierre y realizar un acto de despedida de lo que se deja atrás; por ejemplo, celebrar una cena, o escribir o repasar mentalmente los momentos más relevantes de esa etapa que termina. En una casa donde haya niños, hay que involucrarlos en el proceso, explicarles el porqué de la mudanza, adónde se va y cómo se va a llevar a cabo.

Una vez realizada la mudanza, hay que normalizar las pequeñas incomodidades del principio, como el desorden o que uno se sienta extraño en el ambiente. En los momentos de debilidad, cansancio o dudas tras la mudanza se puede conectar con el sentimiento del enorme esfuerzo de horas de trabajo y sacrifico que hay detrás de ese cambio. Hay que evaluar lo positivo que el nuevo hogar traerá; por ejemplo, una reducción en los gastos mensuales, un mejor vecindario o la posibilidad de ponerse nuevas metas como reciclar o mejorar las habilidades culinarias. Y también fantasear con nuevas ilusiones y celebrarlo.

El diseño se irá construyendo según las necesidades, presupuesto y estilo de vida propio. Hay familias o personas más sociales que dan importancia a espacios enfocados a compartir tiempo con los demás. En cambio, otras optan por priorizar otros espacios donde tener más independencia, como defendía Virginia Woolf en Una habitación propia. En definitiva, disfrutar de la aventura de convertir esa nueva casa en un nuevo hogar.

Patricia Fernández Martín es psicóloga clínica del Hospital Ramón y Cajal.

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