Relato de verano | ‘Una tía frente al mar’, por Renato Cisneros

Ya jubilada, Rubí se muda a Madrid. Pero ¿cómo va a dejar San Miguel, allá en Lima, y sobrevivir sin playa? Su sobrino lo duda y la recuerda luciendo con dignidad y desparpajo el bañador de Deborah Kerr.

Sergio García Sánchez

Mi tía Rubí me escribe diciendo que se muda a Madrid. La noticia me pone muy contento tratándose de la hermana menor de mi madre, mi madrina de bautizo, influyente como ninguna en mi educación sentimental. Al mismo tiempo no puedo dejar de pensar en lo contradictorio de su decisión, pues si alguna debilidad indiscutible tiene la tía Rubí es el mar. A sus setenta años, recién jubilada de la fábrica donde llegó a ser gerenta general, y después de vivir por décadas en su casa del malecón de San Miguel, allá en Lima, con esa vista del Pacífico no preciosa pero reconfortante, establecerse en una ciudad sin costa, por muy Madrid que sea, me suena a despropósito. No sé si prevenirla de que extrañará el mar como lo extraño yo cada vez que llega el verano inclemente. Es tan susceptible la tía que podría llegar a pensar que intento disuadirla de su decisión. “Seguro no quieres verme”, me diría, puedo apostarlo. Pero no es así. Simplemente no la imagino lejos del mar. La mayoría de mis recuerdos con ella están asociados a playas específicas. Puedo verla ahora mismo echada en una tumbona de El Silencio, en la época en que aún existían esos restaurantitos de madera a pocos metros de la orilla donde servían un ceviche tan fresco que los trozos de pescado coleteaban en el plato, entre el camote y la lechuga, y donde atendían meseros de aspecto indistinguible: chiquillos de diecisiete años con el pelo tieso, la piel quemada por el sol, luciendo camisetas sin mangas, bañadores hawaianos hasta debajo de la rodilla y ajustados collarines hechos de conchitas. Veo a la tía Rubí bajo una sombrilla con el logo de Inka Cola, embadurnando su cuerpo pálido con protector solar, devorando, ella sola, una porción entera de choritos a la chalaca en un envase de polietileno, extrayendo botellitas verdes de Pilsen Callao de un iglú rojo repleto de cubitos de hielo. En unos minutos ingresará al mar, no sin antes persignarse encomendándose a san Judas Tadeo, enfrentará las primeras olas sin pánico, se tapará la nariz para zambullirse, dará tres o cuatros brazadas que pondrán al descubierto su impericia, saldrá dando saltitos en la arena para desentumecerse los oídos, y luego le regalará a la multitud de veraneantes el espectáculo de su bañador azul, según ella idéntico al que usaba Deborah Kerr en De aquí a la eternidad. No podría enumerar las veces en que, durante las vacaciones de mi infancia, mi tía me llevaba a El Silencio en su camioneta, esa station wagon naranja cuyo radiador se recalentaba cada 10 kilómetros, obligándonos a hacer escalas técnicas. Íbamos los dos, bueno los tres contando a su histórica perra maltés, Marcuchi, a la que todos en la familia llamábamos casi despectivamente Marcucha (años después nos enteraríamos de que su nombre se pronunciaba Marcucci, como el gánster de no sé qué película italiana). El hecho es que la perra también venía, se posaba en mis piernas y me exigía con gruñidos bajar el vidrio de mi lado para sacar la cabeza y sentir cómo el viento sucio de la Panamericana Sur le peinaba los pelos de la cara. Durante esos trayectos mi tía introducía en la radio casetes que llevaba en la guantera, una discoteca ambulante de cuestionable versatilidad donde Serrat, Alberto Cortez y Raphael convivían con los Beatles, los Beach Boys y Pink Floyd. Una vez que llegábamos a la playa, y solo después de instalarnos en la arena bajo la sombrilla de Inka Cola, mi tía accedía a comprarme helados de carretilla, no sin antes negociar su precio hasta reducirlo a la mitad. Luego destapaba una de sus Pilsen y se echaba a leer tiras de Quino mientras de reojo advertía a los personajes de la orilla: jugadores de paleta, vendedores de sánguches de pollo “de treinta y seis mordidas”, grupos de jovencitas en bikini a las que ella se refería como flacuchentas pitucas y otras señoras con trajes de baño tropicales que para mi tía eran unas cholas huachafas. Siempre me pareció que el ambiente escandaloso de esa playa —cornetas de heladeros, carcajadas de borrachos, horribles canciones provenientes de los altavoces de los restaurantes— contrastaba con la quietud que evocaba su nombre. Haberla bautizado El Silencio, más que una incoherencia, parecía una provocación. Sin embargo, fui tan feliz con mi tía Rubí en ese pedazo del litoral limeño que nada de eso me resultó nunca desagradable.

A mediados de los ochenta mi padre alquiló una casa en la playa de San Bartolo. Pasamos un verano inolvidable, salvo por un único día. La tía Rubí llegó muy temprano a pasar el domingo con nosotros con motivo de un cumpleaños o algo así. Antes del almuerzo caminó hasta el muelle del balneario, se despojó de su sombrero panameño comprado en el peaje y se lanzó al mar con un clavado poco ortodoxo que devino en panzazo. Grande fue la sorpresa de los invitados cuando, al cabo de unos treintaicinco minutos, la tía regresó con los brazos y piernas infestados de marcas rojas y de un extraño sarpullido con erupciones en forma de burbujas. Los niños de la casa la miramos horrorizados y alguno empezó a esparcir el rumor de que una mantarraya eléctrica le había inoculado su veneno. Lo cierto es que la habían picado unas malaguas y, a la vez, su piel había sufrido los estragos de los inusuales treintaicinco grados de calor, provocándole un cuadro de fiebre miliar que llevó a mi madre a telefonear con desespero a cada uno de los doctores que figuraban en su agenda personal y a poner patas arriba el colmado botiquín del baño. Mi padre fue a buscar médico a la posta de San Bartolo en compañía de un amigo, un histórico militante de la izquierda peruana que tenía fama de curandero e insistía con que la solución para mi tía era que vertiera chorros de su propia orina sobre las llagas para aplacar el efecto de las picaduras. La más tranquila de todos era, precisamente, la tía Rubí, que prefirió ignorar esa asquerosa recomendación, y después de administrarse un par de antihistamínicos, reventarse con una aguja caliente las burbujas de la piel y tomarse un pisco sour de un solo trago, volvió de lo más tranquila al muelle y se pasó el resto de la tarde lanzándose al mar desde el muelle hasta que los clavados le salieron casi perfectos.

Durante una larga época, cada vez que se aproximaba la Semana Santa, nos preguntábamos en qué playa querrá acampar este año la tía Rubí. A pesar de ser una mujer devota, odiaba quedarse en casa participando del Vía Crucis de la parroquia o viendo El manto sagrado en televisión. Ella decía que Dios estaba en la naturaleza e iba a buscarlo a sus playas públicas preferidas, León Dormido, Gallardo, Cerro Azul. Una sola vez mi tía aceptó la invitación de mi madre para montar un campamento en la filial playera de un exclusivo club de Lima. Hasta allí llegó en su station wagon naranja, llevando bajo el brazo su iglú rojo atiborrado de cervezas frías y sus tiras de Quino. Recuerdo que la primera noche, un tanto ebria, se dedicó a lanzar invectivas contra su jefe, el ingeniero Leandro Manizales, entonces gerente general de la fábrica. Mi tía acababa de solicitarle un aumento de sueldo razonable, pero éste se había negado a concedérselo apelando a excusas que a ella le resultaban falsas. A la mañana siguiente, mi madre le pidió acudir a la oficina de club a pedir un soporte nuevo para la cocinilla de gas. La tía, que siempre ha sido pragmática, decidió buscar por sus propios medios algún objeto contundente que sirviera de soporte. Después de media hora sin resultados, se acercó a los basureros colocados a lo largo del malecón y fue metiendo la cabeza en cada uno, tal como hacen los recicladores y mendigos. En esas estaba, levantando desperdicios, curioseando en el fondo mugroso de los tachos, cuando de repente escuchó una voz que se le hizo trágicamente conocida. “¿Rubercinda? ¿Eres tú?”. Era el ingeniero Leandro Manizales, el gerente de la fábrica, quien, del brazo de su flamante segunda esposa, no salía de su asombro ante tan inesperado encuentro. Entonces mi tía Rubí, Rubercinda de nacimiento, la hermana menor de mi madre, mi madrina de bautizo, la única de nueve hijos que consiguió estudiar una carrera y convertirse en el orgullo de la familia, ella, presa de un tartamudeo que nunca antes había experimentado, y consciente de su conducta de indigente, se deshizo en explicaciones —tan inverosímiles como las que había recibido al pedir el incremento de sueldo— y apuró la despedida lo más rápido que pudo. El lunes siguiente al Domingo de Resurrección, sin embargo, al llegar a su oficina recibió el doble del aumento que había solicitado. Al contárselo a mi madre por teléfono, repitió su frase religiosa favorita: “Es un milagrito de san Judas”.

No hay manera de desvincular el mar de la biografía de mi tía Rubí. No me la imagino en Madrid yendo a refrescarse al pantano o a las piscinas municipales a mitad de año. Voy a advertírselo a riesgo de que se enoje conmigo. Nadie mejor que yo sabe cuánto se deprimiría sin una playa a la mano donde tostar su pálido pellejo, beber cervezas a discreción con los pies enterrados en la arena, darse panzazos entre ola y ola, y seguir luciendo con desparpajo y dignidad el único bañador que le conocí, el azul, el de Deborah Kerr.


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