El duelo incomprendido de querer y no poder ser madre

No hay que subestimar la capacidad de la mujer para sobreponerse a no tener hijos si ese era su deseo. Muchas apuestan de nuevo por la vida, aunque sea distinta de la planificada.

Laura Wächter

Las mujeres tienen un tiempo límite para ser madres biológicas. La juventud no es eterna. A partir de los 35 años, la biología se impone a los deseos y las posibilidades de ser madre disminuyen. En ese momento se abre una deliberación sobre diferentes dilemas éticos. Asaltan las dudas sobre si se puede o se debe ser madre en solitario. Se aborda la opción de recurrir a los métodos de fecundación in vitro, que a su vez se temen por agresivos. Se desconfía sobre si el deseo de ser madre parte de la presión social o de la educación recibida. Se fluctúa entre abandonar la idea y aceptar lo que el destino ha querido o mantener el deseo activo por si existe un milagro. Se teme abandonar la posibilidad biológica de serlo y plantear, como alternativa, la adopción. Estos pensamientos rumiativos pueden generar preocupación, insomnio, alteraciones en el ánimo o irritabilidad.

Cada mujer toma una decisión tras ese proceso de deliberación, pero puede que, aunque lo desee, no consiga ser madre. En ese momento se experimenta un duelo que en ocasiones es más difícil de digerir que el duelo por lo que sí se ha vivido, pero que se ha perdido.

Jody Day, fundadora de Gateway Women, declara que los testimonios de las mujeres que no tuvieron hijos aparecen poco en el debate público y en los medios de comunicación. Esta autora explica que entre las mujeres que no tienen hijos a los 49 años, un 10% aluden a que ha sido su elección, un 10% señalan motivos médicos como la infertilidad o haber sufrido uno o varios abortos, mientras que el 80% restante apuntan a circunstancias diversas. Algunas indican que no han querido ejercer la maternidad en solitario, se mostraban ambivalentes ante la decisión, no han encontrado el momento preciso o, cuando se convencieron, ya eran demasiado mayores. En otros casos, el factor clave es la pareja: no quería o no era la adecuada. Las hay que no se lo han planteado por razones económicas…, lo que no sorprende. La edad a la que se abandona el hogar familiar en España se sitúa de media en los 29 años, señala Noemí López Trujillo en el libro El vientre vacío (Capitán Swing, 2019). El impacto emocional de esta imposibilidad de ser madre será diferente según el motivo. No es lo mismo convivir con la frustración de lo que se ha deseado que coexistir con lo que no se ha tenido como una opción.

La infecundidad es un duelo incomprendido, invisible y difícil de procesar que no se expone públicamente por vergüenza o por culpa. Las mujeres que lo sufren sienten una pérdida de control sobre la vida ideal que habían programado. Su proyecto de vida biológico, psicológico y social se frustra. Señalan que se sienten vacías de sentido existencial por no dejar descendencia o culpables por no hacer abuelos a sus padres. Su autoestima se resiente. Pronostican su futuro con miedo ante la soledad no deseada. En ocasiones, se notan temporalmente desorientadas sobre el lugar que ocupan en el mundo.

Durante ese tiempo, es conveniente darse cuenta de lo que ocurre en el interior, detenerse y observar. Junto a estos sentimientos silenciosos conviven otros de envidia e idealización, pero también de alegría por las amigas o familiares que sí lo han conseguido. Todo ello es una mezcla emocional que a muchas mujeres les estalla por dentro. Es legítimo y ninguno de estos sentimientos se tienen que injustamente juzgar o minimizar. Tampoco se deberían politizar ni servir como argumentos para defender causas ideológicas. Pertenecen a la mujer que los alberga.

Atravesar por el proceso de duelo hace que una herida se convierta luego en una cicatriz. Y exige mucho esfuerzo porque hay que tolerar mucha frustración hasta aceptar lo que quizá no se llega a conseguir nunca. A veces es necesario solicitar atención profesional. Hay iniciativas que pueden servir de ayuda. Por ejemplo, la comadrona Gloria Labay trabaja con el colectivo de mujeres que han querido ser madres, pero que no lo han conseguido, desde su plataforma La Vida Sin Hijos.

Las mujeres que han pasado por estas etapas de duelo relatan en estos grupos o en la consulta que llega un momento en el que saben que tienen que parar. Que se merecen convivir de manera más apacible con la realidad y construir una nueva narrativa más compasiva. A algunas mujeres les ayuda reforzar la idea de que su decisión ha sido de coherente responsabilidad, por no haber apostado por una maternidad imprevista sin seguridades y garantías. Otras mujeres se reconcilian con la realidad porque han intentado todo lo que estaba bajo su control. Las hay que tratan de involucrarse en tareas de cuidado, por ejemplo, ejerciendo como tías. Otras piensan que se les abre la oportunidad de vivir con mayor libertad de movimientos. Otras apuestan por metas tangibles, como nuevos retos laborales o involucrarse en trabajos de mayor sensibilidad donde verter ese deseo de amar a otros o de crear.

La sociedad tiene un papel relevante para facilitar la recuperación en ese duelo. Las preguntas o mensajes inadecuados —”cuándo vas a tener hijos” o “se te va a pasar el arroz”— no lo ponen fácil, señala María Fernández-Miranda en su libro Mujeres sin hijos contra los tópicos. Tampoco conversar sobre lo ideal de la maternidad delante de una mujer que ha abortado. Ni es útil minimizar el dolor o intentar convencer a estas mujeres de que sin hijos se vive mejor. Pero no hay que subestimar la capacidad de la mujer de sobreponerse ante la adversidad de no haber tenido hijos tras haberlo querido. Muchas apuestan de nuevo por la vida. Que sea distinta a la planificada no quiere decir que no sea digna de ser vivida.

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