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Soledad Sevilla: “Me veían como una ‘amateur’ porque era madre”

Fue una pionera española en el ‘op art’ y la abstracción geométrica, y hoy es capaz de pintar la lluvia. Es también dueña de una trayectoria obcecada con convertirse en pintora profesional, una carrera de obstáculos que la une a generaciones de mujeres decididas a desarrollar una vocación propia sin renunciar a ser madres sorteando los prejuicios machistas. “No he dejado de pintar ni un solo día de mi vida”, dice la artista que ganó el Premio Velázquez de Artes Plásticas en 2020.

La artista Soledad Sevilla, Premio Velázquez de Artes Plásticas 2020, en su casa-estudio en Madrid.
La artista Soledad Sevilla, Premio Velázquez de Artes Plásticas 2020, en su casa-estudio en Madrid.SOFIA MORO / EPS

Es casi justicia poética que Soledad Sevilla (Valencia, 76 años) haya ganado el último Premio Velázquez. Con 11 años, dibujó al carboncillo un asombroso Cristo de Velázquez. Aun así, hija de coronel, a sus padres les parecía bohemio que estudiara Bellas Artes. Criada en Valencia, formada en Barcelona y becada en Boston, tuvo a sus dos hijos en Madrid sin dejar de pintar y renació como artista en Granada, pasados los 50, cuando se separó.

Autora de una obra pictórica tan sutil como hermética, ha ido incorporando la figuración, y la vida —en forma de lluvia, mariposas o azulejos portugueses—, a un trabajo que salió del lienzo para pintar instalaciones y que parece haber dejado atrás la precisión del Centro de Cálculo, donde se inició, para desplegar sentimientos.

La entrevista es presencial, en la casa que tiene alquilada en el barrio madrileño de Prosperidad y que también utiliza como estudio. Tiene un pequeño jardín. Cuenta que pudo adelantar el pago de cuatro años cuando vendió una casita que tenía en Cádiz. También que la acaban de operar de las vértebras. Forzó una postura haciendo yoga, quiso tocar con los pies por encima de la cabeza después de cuatro semanas sin hacer ejercicio, y comprobó lo que ya sabía: que la voluntad no puede con todo.

Pregunta. Su pintura y sus instalaciones representan el buen gusto en una época en que el arte ha necesitado molestar.

Respuesta. Sé que me arriesgo a ser rechazada. Es a contracorriente de lo que se hace hoy. Pero esa ha sido siempre mi tónica. Cuando se hacía figuración, yo seguía con la geometría. Me he centrado en mí, al margen de las modas. No es un proyecto mental o ideológico, es lo que me gusta hacer.

P. No es que no sepa hacer otra cosa, empezó pintando la cabeza del Cristo de Velázquez con 11 años.

R. Por ahí anda, en casa de una hermana. Me pasaba el día dibujando, pero cuando mi madre vio esa cabeza fue cuando dijo: “Esta niña vale”. Unos amigos aconsejaron a mis padres que hiciera Bellas Artes, pero no estaban de acuerdo.

P. ¿Por qué?

R. Bueno…, era un mundo con mujeres desnudas.

P. ¿Viene de una familia valenciana y franquista?

R. Franquista, sí. Nací en Valencia, pero habían estado destinados en muchos sitios. Una de mis hermanas nació en África. A mi padre le parecía importante que pudiéramos valernos por nosotros mismos, todos: los tres chicos y las tres chicas.

P. Entonces no era machista.

R. Lo era, pero no en la educación. En mi casa se practicaba el culto al hombre. Tras nuestro hermano mayor, que también fue militar, llegamos tres chicas. Mi padre estaba desesperado. Con todo, estaba convencido de que la mujer debía de valerse por sí misma. Mis hermanas estudiaron Magisterio, que entonces era visto como una carrera femenina, pero nunca ejercieron. Cuando se quedaron viudas trabajaron en la administración.

P. La única bohemia, usted, que finalmente entró en Bellas Artes. ¿Su padre llegó a conocerla como artista?

R. Solo los primeros años, los del enfado, cuando dibujaba estatuas al carboncillo. Lo sé hacer. Pero cuando uno sabe hacer algo, es el momento de preguntarse qué quiere hacer. Me hubiera gustado hacer dudar a mis padres, pero no vivieron mi evolución ni pudieron ver los premios que he tenido la suerte de recibir. Me han llegado ahora, muy tarde comparado con otros artistas de mi generación. Eso me ha hecho sentir extraña, como si fuera una invitada, como si no me pudiera creer artista.

P. Se casó muy pronto.

R. Quería salir de casa. La pintura era una obsesión, pero no una profesión. Costaba llegar a profesionalizarse. La disciplina en casa de mis padres me hizo ser miedosa.

P.¿Qué temía?

R. Mi padre nos aterraba. Nos hacía estar a las nueve en casa, y si estabas en el cine, tenías que salir antes de que acabara la película. Mis amigos me decían: “Te acompaño y se lo explico”. Y yo pensaba: socorro, como se me ocurra llegar tarde y con un amigo… Bueno…, tampoco lo pongas tan fuerte. Quiero decirlo pero sin ponerlo tan mal.

P. Lo que usted me cuente.

R. Claro, hay que contarlo.

P. ¿No intentaba pactar con su padre?

R. No. Asumía su exigencia e intentaba hacer lo que me daba la gana. Se empeñó en que hiciera las portadas de unas novelas para unos amigos. Me negué. Para mí aquello era prostituirme.

P. Era radical como él…

R. Las hice para demostrarle que era capaz, pero no quería hacerlo. Me prohibió matricularme en Bellas Artes y mis amigas me dejaron dinero a escondidas.

P. ¿Y su madre?

R. Yo creo que estaba de acuerdo con la disciplina. En mi época, el miedo para una madre era que una de sus hijas se quedase embarazada sin haberse casado. Esa disciplina le daba garantías. A la hija de unos amigos le pasó y la echaron de casa.

P. ¿Sus padres eran religiosos?

R. No. Les importaba el qué dirán. No se planteaban las cosas. Repetían lo que habían visto.

P. ¿Cómo se rompe un patrón familiar tan marcado?

R. Con una pasión propia. Yo tenía claro qué quería hacer.

P. Sin embargo, acabó criando hijos y pintando “con uno en cada pierna”.

R. Un poco, sí. Tuve la rebeldía de saber qué quería hacer, pero luego no era capaz de hacerlo. Me daba mucha pena que mi padre y mi madre sufrieran por mi culpa.

P. Temía que les diera un ataque.

R. Me responsabilizaba por ellos.

P. Y cuando le tocó educar a sus hijos, ¿qué hizo?

"He tenido la fortuna de no renunciar", insiste Soledad Sevilla, que es madre y artista profesional.
"He tenido la fortuna de no renunciar", insiste Soledad Sevilla, que es madre y artista profesional. SOFIA MORO / EPS

R. Tuve dos. Su padre no tuvo ninguno. Si lloraban por la noche, me levantaba yo, los biberones, las comidas… Daba clase de dibujo en el instituto Calderón de la Barca. Mi marido no quiso saber nada hasta que pudo jugar con ellos en la playa. Pero vamos, cuando tenía que viajar, tenía que llevárselos a mis padres a Barcelona.

P. Del arquitecto José Miguel de Prada Poole se separó tras 22 años de matrimonio.

R. Ahora nos vemos todas las semanas.

P. Con su segunda pareja, el fotógrafo Miquel Bargalló, ¿tuvo una relación más libre?

R. Absolutamente. Miquel era feminista. Era 10 años menor que yo. Estuvimos juntos 21 años, hasta que murió hace dos años de cáncer. Fue duro. Y raro, a mí los hombres siempre me dejan.

P. ¿Por qué cree?

R. Sucede. José Miguel estaba con otra persona y decidí irme. Miquel y yo fuimos pareja hasta que murió. Pero se quiso ir al sur de Francia y yo no lo seguí.

P. ¿La soledad es un éxito o un fracaso?

R. Es buena para el arte. Pero tengo mala conciencia de haberme dedicado demasiado a mi trabajo y haber descuidado a mis hijos.

P. ¿No trabajaba con uno en cada pierna?

R. Sí. Pero cuando una mujer tiene un hijo, su objetivo principal debe ser ese hijo. Y el mío no lo era, el mío era mi trabajo.

P. Igual les estaba indicando un camino…

R. No sé. No los descuidaba, claro. Y cuando les digo que era mala madre me dicen que no, que era la mejor del mundo. ¿Qué van a decir?

P. ¿Hoy qué hacen?

R. Adrián es ingeniero naval y Gala es economista, está tiranizada en una empresa. Al final lo que vives es lo que te parece normal, como a mí la tiranía de mi padre. Igual la soledad es éxito y fracaso. Poderla tener es un lujo. Yo empecé pintando en el comedor de mi casa. Cuando me quedaba sola, pensaba, qué maravilla. Pero la verdad es que en la vida he sido más feliz acompañada que sola.

P. Pintando en el comedor ¿se sentía poco profesional?

R. Sí. Mis compañeros artistas que ya eran famosos cuando yo no podía ni exponer me hacían sentir así.

P. Había mujeres que sí exponían. Elena Asins, por ejemplo.

R. Sí. Pero la hija de Elena vivía con sus padres. Estuvo muy poco tiempo con ella. Se entregó a su trabajo sin concesiones. Eso es lo que hacían los hombres. Yo me sentía infravalorada y cuando hablaba con otros artistas entendía que ellos también pensaban así de mí, me veían como una amateur porque era una madre rodeada de niños.

P. Le ha sido muy difícil ser madre y artista.

R. He tenido la fortuna de no renunciar. No he dejado de pintar ni un solo día de mi vida. Recuerdo una vez en el pediatra. Siempre tenías que esperar horas. Yo tenía una exposición de cuadros grandes y debía cumplir un horario porque, si no, no llegaba a la inauguración. Sabía que me haría esperar, pero decidí ponerme un límite: si a las siete no hemos entrado, me voy. Efectivamente, a las siete cogí a Adrián y volvimos a casa. Luego me llamó. ¡Cómo te has ido! Le dije que tenía que trabajar, que no me podía quedar allí hasta las diez de la noche. Los pediatras estaban acostumbrados a que las mujeres y los niños tuviéramos todo el tiempo del mundo.

P. ¿Nunca petó?

R. Lo bueno de mi padre es que su disciplina férrea me sirvió para afrontar y organizar mi vida. Pero también creo que para mis parejas fue duro aguantarme.

P. ¿Para usted fue fácil aguantarlos a ellos?

R. Claro, esa es la pregunta. Siempre sentí que los hombres con los que he estado hubieran preferido otro tipo de mujer, más entregada a un matrimonio convencional. Más entregada a ellos. Yo necesitaba tiempo.

P. ¿Qué le daba la pintura para renunciar a todo lo demás?

"No he dejado de pintar un solo día de mi vida", dice Soledad Sevilla, que cuenta que no pudo vivir de la pintura hasta los 45 años.
"No he dejado de pintar un solo día de mi vida", dice Soledad Sevilla, que cuenta que no pudo vivir de la pintura hasta los 45 años. SOFIA MORO / EPS

R. Me da un lugar. No siento dejar lo otro como una renuncia. Yo estoy en mis cuadros.

P. ¿Es huraña?

R. Igual sí. Muy simpática no soy, desde luego. Igual cuando estoy con alguien no me hace falta salir y en cambio ahora me hace más falta. Está claro que esto es el resultado de no haber cultivado lo otro.

P. Ha dicho que lo femenino en arte es peyorativo.

R. Así lo he vivido. No te voy a dar nombres de los colegas que así me lo hacían saber. Yo pintaba, no seguía lo que se hacía en el momento, pero además compraba, guisaba, ponía lavadoras y tenía dos hijos. Eso no era ser artista. Era hacer pintura de mujer. Tal vez si les hubiera dado de comer a mis hijos galletas en lugar de cocinar me hubieran aceptado entre la bohemia.

P. ¿Un artista se muestra o se oculta en su trabajo?

R. Seguramente se muestra.

P. ¿Y usted qué muestra?

R. Los artistas nos pasamos la vida pintando el mismo cuadro.

P. ¿Cuál es el suyo?

R. Algo que nunca has conseguido. Por eso sigues y sigues.

P. En los setenta apostó por pintar líneas geométricas, cuadrículas cercanas al op art. ¿Qué la llevó a elegirlas?

R. Mis amigos José María Iturralde y Jordi Teixidor. Me sumé para reaccionar a la enseñanza de la Escuela de Bellas Artes. Allí era todo estatua, figura…, y me acerqué a lo que rompía con aquello.

P. El op art de Vasarely y Morellet en versión local.

R. Esos eran los que nos interesaban. Cuando pedí la beca para estudiar en Boston, ya era una pintora abstracta.

P. ¿Por qué se quedó en la geometría?

R. Siempre me ha interesado el espacio. Pero sigo buscando. En la pintura, en el arte, hay que encontrar el hilo de plata. Y cuando lo encuentras, tiras de él.

P. ¿Pintar es compartir?

R. Sí. Si no tuviera galería, pintaría igual. Pero he tenido y tengo galería. Creo que la mejor fue la de Soledad Lorenzo en Madrid. Aunque era muy machista. Casi no exponía a mujeres. Un día se lo dije; “Estás vendiendo mis cuadros a 3.000 euros y el mismo de Sicilia a 12.000”. Me contestó que sí. Y miró para otro lado.

P. ¿Las galeristas no han ayudado a las artistas?

R. No proporcionalmente. Para Soledad, Palazuelo era como un padre, y Txomin Badiola y Pello Irazu, como sus hijos.

P. ¿Cuándo sintió que tenía una voz propia?

R. Uy, muy tarde ya. Puede que cuando hice una instalación para el Palacio de Cristal, la bóveda esa azul. Siempre había tenido el objetivo de hacer lo que quería. Pero siempre como la pariente pobre, invisible, discreta, en segundo plano.

P. ¿Y quería el primer plano?

R. Cuando me di cuenta de que lo que hacía estaba bien, necesité que lo reconocieran como algo que estaba bien. Y sucedió. Estaba tan bien como lo mejor. Si ahora busco a los colegas que me tenían como una aficionada, a muchos no los encuentro. ¿Dónde están? Yo sigo aquí.

P. ¿Siente rencor o está defendiendo las ventajas de la lentitud?

R. No, la espera puede hundir.

P. ¿Queda poco que hacer en el mundo del arte?

R. El arte es inagotable. Pero hay que tener concentración para no perder el hilo de plata, del que hablaba Agnes Martin, y seguir buscando.

P. ¿Los artistas de su generación han hecho más instalaciones para centros de arte que obra para coleccionistas?

R. Somos una generación, puede que la última, que hemos trabajado introspectivamente para desarrollar algo interior. No hemos pensado en el mercado, sino en desarrollar un proyecto personal. Si luego venía la galería o el museo, pues fenomenal. Económicamente no ha sido fácil. Yo hasta los 45 años no pude vivir de mi pintura y dejar las clases.

P. ¿Los lienzos abstractos tienen que ser grandes?

R. Cada obra pide un tamaño. Para el Patio Herreriano de Valladolid hice una suma de pequeños lienzos que componen un gran espacio. En junio se expondrán no formando un espacio, sino una línea, en la galería Marlborough. Entonces se verán distintos. Es una ruta de Pessoa a través de lo visual, los azulejos de los que parte una mirada.

P. ¿De qué le viene la obsesión con Pessoa?

R. De conocerme conociéndolo. Todavía leo el Libro del desasosiego. Muchas veces he pensado que solo con ese libro hubiera tenido suficiente en la vida.

P. ¿Por qué?

R. Son pensamientos y pueden entenderse de muchas maneras. Pessoa es infinito. Y yo, ahora, lo único que busco es la poesía. “Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo”. Eso escribió Pessoa por boca de su heterónimo Alberto Caeiro. Y yo, leyéndolo, he encontrado mis verdades. No sé nada de poesía. No he leído nunca a Brines. Pero he leído a Paul Klee —que es uno de los grandísimos pintores— y sé que lo que escribía no era bueno. Cuando uno lee poesía no necesita saber nada para saber si aquello es bueno o no. Cuando es bueno, es lo máximo.

P. ¿Qué otro poeta le gusta?

R. Eugénio de Andrade. Lo que dice es claro. Me parece que los grandes poetas hablan con una elocuencia discreta y precisa. “Y tú ¿de qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías?”. Eso lo escribió José Ángel Valente en No amanece el cantor.

P. ¿Ha sido autoexigente?

R. Mucho. Demasiado. Para partirme dos vértebras por la exigencia de llegar hasta el suelo con los pies…

P. Ha descrito su trabajo como el infierno en la gloria.

R. Es así. Me emociona cuando sale, me ahoga cuando no consigo que salga y lo siento como un camino sin salida.

P. ¿Cree que si no se hubiera separado hubiera llegado tan lejos?

R. No lo sé. Separarse es un dolor tremendo. Recuerdo días y días de llanto. Pero luego llega una libertad total. Con todo, yo tenía tal determinación que creo que hubiera hecho lo mismo, separada o casada. Empecé pensando que molestaba a mis parejas y ahora solo elegiría como pareja a alguien que no moleste.

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