LECTURAS

André Leon Talley, la moda feroz

Editor de ‘Vogue América’, ‘W’, ‘Interview’ y ‘The New York Times’. Amigo de Karl Lagerfeld y Andy Warhol, y enemigo íntimo de Anna Wintour y Pierre Bergé. El estadounidense es historia viva de la industria del lujo contemporánea. ‘En las trincheras de la moda’ (Superflua), la autobiografía que se publica esta próxima semana, retrata sin medias tintas los gozos y las sombras de una vida de película. En el capítulo que adelantamos, recuerda cómo el racismo le llevó a perder su trabajo cuando París lo apodaba Queen Kong.

André Leon Talley, en su casa de Nueva York, delante de un retrato de Diana Vreeland de Bradley Theodore.
André Leon Talley, en su casa de Nueva York, delante de un retrato de Diana Vreeland de Bradley Theodore.Ike Edeani (The New York Times / Contacto) / EPS


En esa época, en el mundo de la moda había muy poca gente de color, si exceptuamos las pasarelas. Las modelos negras tuvieron su momento de gloria a principios de los años setenta, cuando la Batalla de Versalles enfrentó a los mejores diseñadores de París y Nueva York unos contra otros, y los diseñadores estadounidenses presentaron a las modelos negras de su país en París. Para cuando yo llegué a la escena de la moda, las modelos negras eran las estrellas.

París se empapó de la cultura negra, y por supuesto también copió un montón de cosas de esa cultura. Formaba parte de la tradición francesa, que se remontaba hasta Josephine Baker, esa mujercita, una niña nacida en Saint Louis en un entorno pobre, que pasó de ­cantar en la última fila de un coro en Harlem al estrellato en París.

Leon Talley con su mentora Diana Vreeland, en 1974.
Leon Talley con su mentora Diana Vreeland, en 1974.Bill Cunningham (The New York Times / Contacto) / EPS

Saint Laurent fue uno de los primeros que apostó por la diversidad de las modelos. Había nacido en el norte de África y los negros eran parte de su cultura. (…) Las modelos negras reinaban en los desfiles. Su negritud era apreciada y celebrada.

Pero en el verano de 1978 Hubert de Givenchy hizo algo maravilloso: en su colección de alta costura High Chic contrató únicamente a modelos negras. El señor Givenchy era un verdadero aristócrata francés; fue él quien creó el vestido negro de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. Y ahora presentaba la colección en París con todas las modelos negras ¡Ningún diseñador había hecho nunca nada parecido! ¡Qué osadía!

Leon Talley baila con Diana Ross en Studio 54, en 1979.
Leon Talley baila con Diana Ross en Studio 54, en 1979. Sonia Moskowitz (Getty Images) / EPS

Imaginen mi sorpresa, sentado en primera fila y presenciando esa poderosa declaración de Givenchy. No había ni una sola chica blanca. Era algo excepcional, y estaba seguro de que sería noticia. Me dirigí directamente a la oficina y mecanografié mi cariñosa acogida de la colección en la máquina de télex, directamente desde lo alto de mi cabeza hasta Nueva York. ¿Para qué estaba allí sino para apoyar semejante movimiento pionero en la moda? Si yo no escribía sobre su importancia, nadie lo haría. Así que escribí: “Givenchy dispone de un impresionante conjunto de modelos, muchas de ellas traídas directamente desde Estados Unidos. Sandi Bass, Carol Miles, Lynn, Sophie y Diana Washington, que se parece a la maravillosa versión en muñeca de Lena Horne. Carol, de Los Ángeles, desfila como si estuviera lista para rodar el remake de Stormy Weather”.

El editor con Karl Lagerfeld en París, durante la presentación de la colección primavera-verano 2007 de Chanel.
El editor con Karl Lagerfeld en París, durante la presentación de la colección primavera-verano 2007 de Chanel. Shutterstock / EPS

En su momento fue una manera de activismo silencioso, no una celebración del hecho de ser negro. Apoyé a Givenchy no solo porque todas las modelos que utilizó en el desfile fueran negras, sino porque era lo suficientemente inteligente para darse cuenta de que esas chicas le daban una actitud nueva a su ropa. Poner esas elegantes prendas sobre modelos negras inyectaba aire fresco al estilo formal de Givenchy. La actitud y el porte de esas chicas llevando ropa de alta costura tan cara creaban una modernidad maravillosa.

Muy pronto, tras mi extática reseña sobre Givenchy para WWD, me llegaron rumores de que alguien de la casa YSL iba por ahí diciendo que yo había robado figurines originales de Yves y se los había pasado a Givenchy a cambio de dinero.

André Leon Talley con Yves Saint Laurent, en 1978;
André Leon Talley con Yves Saint Laurent, en 1978; Michel Dufour (WireImage) / EPS

No había nada más lejos de la verdad. Sus colecciones ni siquiera se parecían.

—El mundo está lleno de hipócritas —dijo Paloma. Me tomóc de la mano y la besó—. Sabes que se te quiere.hacían a la gente de color de forma intrínseca. Rumores a mis espaldas de algún crimen cometido. Envidia en su estado más perverso. Me sorprendió. A un hombre negro siempre se le acusa de hacer algo atroz.

 André Leon Talley con Melania Trump.
André Leon Talley con Melania Trump.Mark Peterson (Redux / Contacto) / EPS

Era un joven muy inocente, no veía la conexión entre mi buena crítica a Givenchy y las miradas maliciosas que ciertos miembros del grupo de Saint Laurent me dedicaban cuando pasaban a mi lado. Bastante malo era ya que Lagerfeld y yo fuéramos tan amigos, pero ahora, además, estaba alabando a uno de los competidores más importantes de YSL en la alta costura. Pierre Bergé estaba furioso, y yo era un cándido.

El racismo es un comportamiento sistémico que se extiende por todas partes, pero en París nadie hablaba de ello. El racismo permanecía subyacente, durmiendo bajo la epidermis de todo lo que yo hacía. Casi siempre estaba en estado latente, pero alzaba la cabeza cada vez con más frecuencia. Era consciente de que mi forma de ser resultaba ofensiva para algunas personas. Que fuera negro, eso seguro, pero también que fuera alto y delgado, que hablara francés con propiedad. Tenía mis propias opiniones formadas y miraba a la gente a la cara. Nunca apartaba la vista. Puedo haberme sentido inseguro, pero nunca fui tímido. Mi conocimiento, pasión y amor por la moda y la literatura, el arte y la historia me proporcionaron seguridad. Me encontraba en París en calidad de periodista y editor de moda, y tenía la voluntad de hacerlo con éxito. Estaba viviendo mi momento, mi sueño hecho realidad.

Junto a Carolina Herrera, en Nueva York en 2011.
Junto a Carolina Herrera, en Nueva York en 2011. Valerio Mezzanotti (The New York Times / Contacto) / EPS

En aquel entonces no tenía tiempo para contemplar mi situación como hombre negro que triunfaba en el mundo. Estaba demasiado ocupado haciendo que las cosas salieran adelante. Durante la mayor parte del tiempo apenas lo percibí, y solo ahora, mirando hacia atrás, me doy cuenta de las veces que tuve que pasar cosas por alto para poder sobrevivir. No obstante, interioricé y oculté el dolor en lo más profundo de mi ser, como los hombres y mujeres negros se han visto obligados a hacer una y otra vez.

Una noche, en una fiesta, Paloma Picasso me pidió que habláramos en privado.

—André, no sé cómo decir esto, pero creo que debes saberlo. Clara Saint va por todo París refiriéndose a ti como Queen Kong.

Clara Saint, la relaciones públicas de YSL (…). Qué jarro de agua fría. Sentí cómo se me desencajaba el rostro y por un momento creí que me iba a echar a llorar.

—Pensaba que le caía bien a todo el mundo —me lamenté. Era joven e inocente. Ahí estaba, moviéndome por todo París, pensando que tenía éxito, y resulta que la gente sofisticada y elegante del mundo de la moda me estaba comparando con un simio a mis espaldas.

—El mundo está lleno de hipócritas —dijo Paloma. Me tomó de la mano y la besó—. Sabes que se te quiere.

Le di las gracias y me fui, e hice todo lo que estuvo en mi mano para fingir que nunca había oído las palabras Queen Kong. Comparar a una persona negra con un simio es el peor y más institucionalizado acto de racismo. Es una manera de deshumanizarnos, implica que somos menos que seres humanos con la intención de socavar nuestro valor y mérito. Supone el peor tipo de daño que se nos puede infligir.

Talley con la modelo Naomi Campbell.
Talley con la modelo Naomi Campbell. Dimitrios Kambouris (WireImage) / EPS

No se lo conté a nadie excepto a Karl, que hizo algún tipo de comentario mordaz, pero él estaba acostumbrado al mal y la perversidad de la moda francesa, para él era como oír llover. Karl poseía una voluntad de hierro para enfrentarse a este tipo de cosas, pero mi sensibilidad sureña aún estaba aprendiendo cómo gestionar este entorno. Y aunque Clara Saint negara haber dicho eso, la conmoción de ser llamado Queen Kong me recordaba que, incluso si alguien me sonreía de cara, podía estar conspirando contra mí a mi espalda.

Aunque resultó muy doloroso, Paloma me hizo un gran favor. Me abrió los ojos a una realidad que yo, torpemente, quería negar.

En su libro Chic Savages, el señor Fairchild escribió acerca de por qué dimití de mi puesto en W y WWD en París. Decía: “Talley, talludo y talentoso, alternaba con elegancia en el mundo de la moda y la sociedad a ambos lados del Atlántico. Aun así, no congenió demasiado conmigo, y un día, sin previo aviso, se dirigió a la Embajada estadounidense y dimitió de su cargo en W y en Women’s Wear Daily indicando, en una declaración por escrito, que yo lo había tratado a él, un hombre negro, como el dueño de una plantación hubiera tratado a un esclavo”.

Eso es completamente falso.

En el otoño de 1979 uno de mis jefes en WWD, Michael Coady, viajó de Nueva York a París e hizo acto de presencia en una gran reunión que estábamos celebrando en la redacción.

A mitad de la reunión, Coady se puso de pie y dijo ostentosamente: “André, se oyen rumores de que has estado entrando y saliendo de las camas de todos los diseñadores de la ciudad. Esto tiene que acabar”.

Respondí con un frío silencio, pero en mi cabeza pensaba: “Debo estar muy ocupado, porque en París hay muchos diseñadores. ¿Me he acostado con Karl Lagerfeld, así como con Yves Saint Laurent, Claude Montana, Thierry Mugler, Kenzo, Yohji Yamamoto, Comme des Garçons y Sonia Rykiel? ¿Con todos estos diseñadores?”. A veces me quedaba a dormir en la habitación de invitados de Karl Lagerfeld, eso seguro, pero me acostaba solo, en medio de un áureo esplendor.

La acusación pasmaba por su racismo y resultaba hiriente, insultante y dolorosa a muchos niveles. Michael Coady era una persona muy importante y siempre me había apoyado. Pero ahora estaba aquí, insinuando que yo no era más que un gran semental negro dispuesto a satisfacer las necesidades sexuales de los diseñadores —­ya fueran hombres o mujeres—, sin talento, sin un punto de vista propio ni conocimiento sobre moda. Y, lo peor de todo, arrojó su acusación en frente de todo el equipo de WWD, los hombres y mujeres de los que me había ganado el respeto en el corto espacio de tiempo que llevaba trabajando en las oficinas de la calle Cambon.

En 2001 con Anna Wintour, directora de Vogue USA. Fue su mano derecha durante décadas, pero su relación acabó de forma tormentosa.
En 2001 con Anna Wintour, directora de Vogue USA. Fue su mano derecha durante décadas, pero su relación acabó de forma tormentosa. Bill Cunningham (The New York Times / Contacto) / EPS

Tal acusación era claramente falsa. No había tal rumor corriendo por París. Me pareció que Coady se lo había inventado para ponerme en mi sitio. Pero eso era lo peor que se me podía decir. Me había criado en una casa muy digna y no tenía capacidad para manejar ese tipo de cosas. Me sentía intensamente humillado y no tenía ni idea de cómo responder. En silencio, me levanté y abandoné la sala.

(…) El lunes siguiente fui a la oficina y mecanografié mi carta de dimisión. La dirigí a John Fairchild, porque él era el presidente del imperio periodístico. Escribí con elocuencia y no recuerdo haber utilizado las palabras “amo de una plantación”. Mi escrito no tenía la intención de verter ningún odio hacia el señor Fairchild, ese genio que podía levantar o destruir una empresa o una persona con su brillante sentido del verbo.

Hice registrar la carta ante notario en la Embajada estadounidense. Para mí era un asunto importante; no quería que salieran declaraciones diciendo que había sido despedido por robar calderilla o algo por el estilo. No iba a dimitir sin oficializarlo. No se trataba de un juego.

(…) Al final, Oscar de la Renta deslizó lo que había descubierto que realmente había sucedido en la trastienda de la infame reunión con Michael Coady. Fue el señor Fairchild quien orquestó mi renuncia. Pierre Bergé le había dado un ultimátum: si yo continuaba en París, YSL retiraría toda su inversión en publicidad de W así como de WWD, lo cual hubiera significado perder muchos ingresos. El señor Bergé no dejaba de resoplar, y el señor Fairchild, en un intento por salvar la publicidad, envió a Michael Coady a París con una misión: meterme en cintura.

Lagerfeld era la némesis profesional y personal de Saint Laurent, pero pensé que podía mantener un pie en cada casa. Estaba equivocado. En el momento en que aplaudí el gesto de Givenchy de usar solo modelos negras, a la vez me estaba ganando como enemigo a Pierre Bergé, que hizo todo lo que pudo para mantenerme fuera del círculo más íntimo de Saint Laurent, a pesar de mi amistad con Betty y Loulou. Mi excesiva publicidad en favor de Hubert de Givenchy colmó cada gramo del cuerpo de Bergé de una rabia abrasadora. Tuvo que tragarse entero el rumor de que yo había robado figurines de Yves. Y, encima, había escrito una reseña bastante tibia para WWD de la obra El águila de dos cabezas, de Jean Cocteau, que Pierre había producido.

Pierre consideraba que yo suponía una amenaza para la casa Saint Laurent y para su propio poder. Pero no era ninguna amenaza. Me gustaba Saint Laurent y apreciaba mi amistad con Yves, Betty y Loulou.

John Fairchild había levantado, literalmente, la carrera de Yves Saint Laurent en WWD y apoyaba su marca a lo grande. Yo también apoyaba a la casa Saint Laurent, era un gran admirador del modista, del mismo modo que admiraba a Karl Lagerfeld y también a Hubert de Givenchy. En enero Karl me pagó un billete de vuelta a Nueva York. No tenía ni idea de qué era lo siguiente que iba a hacer.

En las trincheras de la moda. André Leon Talley. Editorial Superflua. 360 páginas. 29,90 euros. A la venta el 10 de marzo.

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