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La palabra ‘fuerismo’

“Estamos hartos del fuera de aquí”, reza un cartel en una protesta de 2011 en Túnez.
“Estamos hartos del fuera de aquí”, reza un cartel en una protesta de 2011 en Túnez. Getty Images

Los fueristas serían todos esos que están hartos del sistema político y de los políticos y de la política e insisten en que deben irse

La palabra ‘fuerismo’ tiene, sin duda, una serie de características complejas, sustanciosas, fascinantes. La primera y principal es que no existe.

Y, sin embargo, debería. Fuerismo es, por el momento, una traducción tentativa de una que sí existe: dégagisme es una palabra muy nueva muy francesa. Viene de la palabra dégager, que tampoco es fácil de traducir porque significa mucho pero en este caso, claramente, lo que importa es su uso imperativo: dégage! se traduce bien como vete o andate o, mejor aún, ¡fuera! —como en ¡fuera fulano! o, incluso, en ¡fuera mengano!

Es nueva: ahora cumple 10 años. La palabra dégagisme apareció en francés en enero de 2011 en Túnez, cuando un vendedor de fruta pobre y ambulante que llamaban Basboussa se hartó de que la policía lo acosara y, desesperado, se prendió fuego y encendió una revuelta contra el presidente que incendió el país al grito de Dégage, Ben Ali!

Le exigían que se fuera y lo lograron: el presidente Ben Ali tuvo que dégager y ese éxito fue el detonante de lo que después se llamaría la primavera árabe, una serie de insurrecciones en Argelia, Libia, Egipto, Siria, Yemen, Kuwait y más. La primavera terminó con mucha represión, miles de muertos, algún cambio de Gobierno y ningún cambio de sociedad, pero dejó en herencia esa palabra: dégage!

Que poco después retomaron unos belgas — cuando su país estaba por completar sus 541 días sin Gobierno— para reivindicar la noción: “Por primera vez no se trata de tomar el poder, sino de desalojar al que lo tiene, de vaciar el lugar que ocupa”, decía entonces un Manifeste du dégagisme. La idea era nueva y no era nueva: se parecía mucho al Que se vayan todos de las manifestaciones argentinas de 2001, que después se extendió por América Latina, solo que en francés.

Para lo cual se puso en marcha la vieja tradición gala de apropiarse de los artificios de sus colonias y colonizados: así como nos convencieron de que Rousseau o Napoleón o Picasso o Tintín eran franceses de la Francia, ahora dirán que el dégagisme/fuerismo también lo es. Porque, hace cuatro o cinco años, la palabra empezó a usarse en la ex ciudaluz; terminó de ponerla en circulación en 2017 el “populista” Jean-Luc Mélenchon —líder de la France Insoumise, 20% en las últimas presidenciales— cuando el ex primer ministro francés, ex decimocuarto candidato catalán Manuel Valls perdió las internas del socialismo: Une victoire du dégagisme, tituló Mélenchon una columna. Y poco después el Petit Robert, el gran diccionario, la incluyó y la definió: “Rechazo de la clase política, sobre todo en elecciones”.

Así que los fueristas serían todos esos que están hartos del sistema político y de los políticos y de la política e insisten en que deben irse: que se vayan todos, que no quede ni uno solo. Pero que no ofrecen una idea de reemplazo. Es la diferencia que marcaban los belgas: no es que quieran sacar a los ocupantes del poder para imponer a otros; quieren sacarlos porque no los soportan, sin plan alternativo. Son, al fin y al cabo, personas que no consiguen pensar mucho más allá de su cabreo, pero despliegan ese cabreo y lo ponen en marcha.

Lo cual es, sin duda, una gran invitación a los audaces: el fuerismo produce un hueco que alguien debe ocupar, porque la naturaleza y las sociedades asustadas tienen horror del vacío —justo cuando lo quieren. Es una de las marcas fuertes de la época: el rechazo de las propuestas presentes y la falta de alternativas futuras es lo que el fuerismo describe y define.

Aunque la palabra todavía no exista. Y quizá no tenga que ser esa —quizá vayismo, como en “que se vayan todos”, sea mejor, o quizás otras. La palabra no existe pero la idea sin duda sí. En un mundo lleno de palabras sin ideas, este es un caso raro de idea sin palabra. Hablando de vacíos, aquí hay uno que valdría la pena reparar.

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