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Cómo la obra de Linda McCartney, una de las grandes fotógrafas del pop y el rock de los 70, quedó a la sombra de Paul McCartney

Por delante de su lente desfilaron Jimi Hendrix, Bob Dylan, Aretha Franklin, Janis Joplin, The Who o Neil Young. Sin embargo, su trabajo estuvo constreñido por el sambenito de 'la mujer de'

Linda McCartney en los estudios Abbey Road (Londres) grabando el disco de Wings 'Venus And Mars' en 1974.
Linda McCartney en los estudios Abbey Road (Londres) grabando el disco de Wings 'Venus And Mars' en 1974. Foto: Getty

Linda McCartney fue teclista de Wings -la banda que formó junto a su marido tras la disolución de los Fab Four-, pionera del activismo por los derechos de los animales y, ante todo, fotógrafa. Es esta faceta artística, que abarca desde retratos de toda la intelligentsia del pop y el rock de los sesenta hasta piezas más experimentales, la que ahora recupera la exposición The Polaroid Diaries de la fundación C/O Berlin (se puede visitar hasta el 5 de septiembre). Allí, entre 250 de estas instantáneas y una selección de impresiones vintage, se conmemora la figura de una creadora constreñida por el sambenito de “la mujer de”, a pesar de que su obra se encuentre en las colecciones del Victoria & Albert Museum o de la National Portrait Gallery. “El trabajo de Linda siempre ha estado a la sombra de Paul”, admite a Icon Felix Hoffmann, comisario de la institución berlinesa, que presenta por primera vez en Europa esta antología.

Fotografía de la exposición 'The Polaroid Diaries' de la fundación CO Berlin (se puede visitar hasta el 5 de septiembre). En ella aparece Paul en Campbeltown (Escocia) en 1970.
Fotografía de la exposición 'The Polaroid Diaries' de la fundación C/O Berlin (se puede visitar hasta el 5 de septiembre). En ella aparece Paul en Campbeltown (Escocia) en 1970.

Nacida el 24 de septiembre de 1941 en Scarsdale, en el condado de Westchester, en el seno de una familia judía (inmigrantes rusos por parte de padre y alemanes por parte de madre), Linda Louise Eastman crece en un entorno artístico marcado por las galerías y museos de Nueva York y el trabajo como abogado de su progenitor, que tiene en su agenda de clientes a compositores como Tommy Dorsey o Harold Arlen y a pintores como Mark Rothko o Willem de Kooning. Más tarde asiste a la Universidad de Arizona y se especializa en Bellas Artes, aunque por entonces la cámara no se halla entre sus prioridades.

“En aquel momento no tenía como objetivo ser fotógrafa”, apunta en conversación con Icon Sarah Brown, la comisaria del Linda McCartney Archive, que se encarga de gestionar su legado. “Alguna vez afirmó que ni se le había ocurrido esa posibilidad. Fue algo que sucedió cuando se dio cuenta de que tenía la habilidad y el ojo para ello”. Es en una clase dirigida por Hazel Archer cuando descubre la fotografía como una forma de arte y se enamora de Walker Evans, Dorothea Lange o Edward Weston. En ellos percibe a “verdaderos artistas que mostraban el carácter de las personas que estaban inmortalizando”, continúa Brown. “Estaba fascinada por cómo conseguían capturar la vida en todas sus formas: en la tristeza, en la pobreza o en la naturaleza”.

Poco después de mudarse a Nueva York en 1965, retrata su primer grupo de rock’n’roll, The Dave Clark Five, por entonces rival de The Beatles en las listas de éxitos. Es en esa época cuando encuentra empleo como asistente editorial de la revista Town & Country. Un día de 1966 la publicación recibe una invitación para una fiesta promocional de The Rolling Stones que se va a celebrar en un yate por el río Hudson, pero ninguno de sus compañeros está por la labor de acudir al evento, así que ella se come el “marrón” encantada. Esa sesión marca un punto de inflexión en su vida: decide dejar su puesto en la publicación a 65 dólares por semana para consagrarse a su recién descubierta vocación.

Linda fotografiando a Paul McCartney, cuatro días después de conocerse, durante la presentación del disco 'Sergeant Pepper's Lonely Hearts Club Band' en 1967.
Linda fotografiando a Paul McCartney, cuatro días después de conocerse, durante la presentación del disco 'Sergeant Pepper's Lonely Hearts Club Band' en 1967. Foto: Getty

“Se dio cuenta de que podía ganarse la vida con sus imágenes y que no solo tenía que ser algo relacionado con su tiempo libre”, sostiene Brown. “Siempre comentaba lo mucho que disfrutó aquel día en el Hudson. Esas imágenes también marcan una pauta y evidencian porqué sus obras son tan especiales. En esa sesión se muestra a los Rolling Stones a gusto, divirtiéndose, como si uno tuviera acceso a sus personalidades reales, no a las figuras públicas que proyectaban. Eso se convirtió en su estilo característico”.

La propia Linda llegó a explicar cómo salta del campo amateur al profesional. “Lo que te convierte en fotógrafo es algo más que una habilidad técnica. Tiene que ver con una fuerza interna. Siempre he llamado a eso una firma visual. Creo que lo sientes instintivamente, solo tienes que hacer clic en el momento exacto. Ni antes ni después. Si te preocupan los fotómetros y todo eso, simplemente te lo pierdes. Para mí todo viene del interior. Es pura emoción y me encanta”. Lo que vendría a ser su particular versión del “instante decisivo” de su admirado Henri Cartier-Bresson.

Su ascensión es meteórica: en 1968 es la primera mujer en hacerse con la portada de la revista Rolling Stone gracias a una imagen de Eric Clapton y ese mismo año se convierte en la retratista oficial de la sala de conciertos Fillmore East del promotor musical Bill Graham. En pocos meses desfilan delante de su lente Jimi Hendrix, Bob Dylan, Aretha Franklin, Otis Redding, The Beach Boys, The Kinks, Janis Joplin, The Doors, Simon & Garfunkel, The Who, The Animals, The Byrds, Grateful Dead o Neil Young.

En ese momento ya ha capturado también a The Beatles, como demuestra su libro Sixties: Portrait Of An Era, publicado en 1992. De hecho, Linda conoce a Paul McCartney en mayo de 1967 en The Bag O’Nails, mientras ella realiza un reportaje en ese club del Soho londinense. Pocos días después se reencuentran en la fiesta de lanzamiento de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band en la casa de Brian Epstein, el mánager del grupo. “Cuando la conocí, ella ya estaba trabajando como fotógrafa”, recordará el propio McCartney en 2010. “Más tarde, cuando vino a hacer fotos de The Beatles, nuestra amistad se transformó en romance. Desde los primeros días admiré mucho su fotografía y poder experimentarla personalmente solo aumentó mis sentimientos de admiración”.

Paul y Linda McCartney con sus hijas, Stella, Mary y Heather, en el aeropuerto de Heathrow (Londres) a punto de embarcar hacia Jamaica en 1973.
Paul y Linda McCartney con sus hijas, Stella, Mary y Heather, en el aeropuerto de Heathrow (Londres) a punto de embarcar hacia Jamaica en 1973. Foto: Getty

Asegura el exbeatle que “la diferencia entre Linda y muchos de sus contemporáneos era que ella sabía lo que estaba registrando, mientras que otros tenían que preguntar: '¿Quién es el cantante?', '¿Cuál es el nombre de la banda?' y cosas así. Fue la fotógrafa con la que era más sencillo trabajar. La relajación que conseguía en las personas que retrataba era visible en su obra. Siempre me impresionó su increíble timing. Cuando menos te lo esperabas, el obturador hacía clic y ella ya tenía su instantánea”.

El 12 de marzo de 1969, se casó en segundas nupcias con Paul, el último soltero del cuarteto, en el ayuntamiento de Marylebone. Toda una decepción para la legión beatlemaníaca, que queda aún más desolada cuando ocho días más tarde se produce el enlace gibraltareño entre John Lennon y Yoko Ono. Posteriormente se encarga de inmortalizar al conjunto durante las sesiones de grabación de Abbey Road (1969), así como la portada del single The Ballad Of John and Yoko/Old Brown Shoe. También aparece en el amartelado vídeo de la canción Something junto a las esposas de John, George y Ringo. 

Tras la separación del grupo en 1970, Paul McCartney publica Ram (1971), su segundo trabajo en solitario, donde ella ya firma como coautora seis de los temas, un álbum que supone el germen de Wings, el proyecto que funda la pareja ese mismo año. Linda coescribe buena parte de las canciones de su posterior repertorio (incluida Live And Let Die, que es nominada al Oscar en 1974), además de ser su teclista. Un puesto que sigue ocupando en directo durante las giras en solitario de su marido hasta 1993.

Su carrera musical está en la cumbre, pero su vertiente fotográfica empieza a tomar un nuevo rumbo espoleada por los días en los que la pareja escapa de Londres para recluirse en su granja de la campiña escocesa. A medida que su vida se hace más notoria, sus piezas se vuelven más personales, íntimas y experimentales. “Apenas podía moverse libremente en público al lado de Paul que, a finales de los sesenta y en los setenta, era tan famoso como el Papa o el presidente de los Estados Unidos”, explica Felix Hoffmann desde el C/O Berlin.

Paul y Linda actuando con su grupo Wings en Londres en 1975.
Paul y Linda actuando con su grupo Wings en Londres en 1975. Foto: Getty

“Tuvo que desarrollar técnicas artísticas en las que el contenido de su trabajo fuera compatible con su propia vida privada. Por ejemplo, Roadworks son fotos hechas desde el coche, un refugio para ella. Así mismo pudo liberarse de los laboratorios, donde existía el riesgo de que los empleados hicieran secretamente impresiones adicionales y las vendieran. Las Polaroids dan una buena idea de esto. Todas estas estrategias muestran un alto grado de autonomía y cuán profunda fue su relación con su familia. Pero también tengo la sensación de que posar tan abierta y libremente frente a su cámara fue un regalo inmaterial de Paul. En esas ocasiones le devolvía una forma de intimidad visual y una privacidad que de otro modo ya no eran posibles”, expone Hoffmann. Y remata: “Los momentos más personales se quedan con el autor de una Polaroid. No hay publicidad, solo intimidad”.

Es entonces cuando empieza a experimentar con diferentes técnicas, como el cianotipo, influida por el pionero William Henry Fox. O con las mencionadas Polaroids, que en ocasiones expone dos veces o durante un tiempo más prolongado, rayando los resultados y ensayando con productos químicos o luz solar. Para Sarah Brown, uno de los signos distintivos de Linda es su capacidad de encuadre. “Nunca necesitó recortar nada en el cuarto oscuro porque siempre obtenía la composición que quería cuando tomaba la imagen”. Para la comisaria, el humor y el surrealismo en los momentos cotidianos son otros de sus sellos característicos. “No buscó escenas para retratar, sino que instintivamente supo cuándo hacerlo. Además, tenía la seguridad de que había obtenido la toma que deseaba y no necesitaba hacer cientos de ellas”.

Los animales, su otra pasión, se encuentran siempre presentes en sus obras, ya fueran ovejas, perros, cabras o caballos. Según Paul McCartney, “su arte tomó una nueva dimensión cuando se estableció para criar a su familia. Su amor por la naturaleza, los niños y los animales significaba que podía hallar imágenes fascinantes a su alrededor”. Una inspiración intrínseca para una mujer que se hizo vegetariana a principios de los setenta (una filosofía vital que logró transmitir a su marido y a sus cuatro hijos: la diseñadora Stella McCartney, por ejemplo, es famosa por sus creaciones sin pieles ni cuero); que llegó a escribir varios libros de cocina cruelty free y que fundó Linda McCartney Foods, una empresa de alimentación vegana, que dirigió hasta su muerte en 1998 a causa de un cáncer de mama.

“El amor de Linda por la naturaleza y los animales aparece a lo largo de su carrera de cuatro décadas”, concluye Sarah Brown. “Sus instantáneas de animales o plantas son tan íntimas y conmovedoras como sus célebres imágenes de músicos. Muchas de sus piezas de los noventa muestran la brutalidad de las carnicerías y de la carne. No tuvo miedo de retratar cerdos muertos colgados en camiones o corazones de corderos exhibidos en los escaparates. Para ella eso era un comentario social que reflejaba su creencia de no matar o, como ella diría, asesinar animales para consumo humano. Creía que una imagen tenía que sostenerse por sí sola, sin palabras, y sus fotografías de confrontación con animales muertos ciertamente lo consiguen”.

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