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ARQUITECTURA

Vuelven los edificios fantasma a las ciudades africanas

Un sinfín de proyectos inacabados lucen a modo de esqueletos espectrales, dependientes en gran medida de China, cuyas industrias han dejado de fabricar y exportar con la pandemia los materiales que África necesita para seguir edificando

La construcción de nuevos edificios y la expansión de Adís Abeba ha dominado el paisaje de la capital de Etiopía los últimos años, pero su dependencia de China pone hoy en jaque el paisaje urbano.
La construcción de nuevos edificios y la expansión de Adís Abeba ha dominado el paisaje de la capital de Etiopía los últimos años, pero su dependencia de China pone hoy en jaque el paisaje urbano. Wikimedia Commons
La Bisbal d'Empordà

El aeropuerto de Bole, en Adís Abeba, es el mayor centro de tránsito aéreo y la puerta más importante de entrada a África. No es casual que la capital etíope se haya convertido en un centro de operaciones logísticas para la distribución de ayuda médica, con máscaras y kits de pruebas provenientes de China —su principal socio comercial—. Actores como el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, han aprovechado el lugar estratégico que el Aeropuerto internacional de Bole ocupa en territorio africano para activar varios programas de reparto de ayuda a nivel continental en plena pandemia. Sin embargo, gran parte del edificio permanece sin terminar. Y los planes para su desarrollo podrían verse truncados por el coronavirus.

Mientras la quiebra y el despido masivo de empleados ponen en jaque las aerolíneas, edificios como Bole se encuentran en una situación que los puede evocar de la proyección internacional a convertirse en fantasmas y esqueletos de una ilusión de lo que un día aspiraron ser. Es algo que Joanne Tomkinson, investigadora posdoctoral del SOAS, ha querido advertir poniendo de relieve la situación en la que muchas ciudades y edificios urbanos se han visto avocados tras la pandemia.

"La rápida expansión del aeropuerto se había convertido, antes de la crisis del coronavirus, en un símbolo muy significativo del éxito aeronáutico de largo recorrido de Etiopía, el desarrollo de infraestructura y el epítome arquitectónico de la modernización del país", reconoce la investigadora asociada del Departamento de Estudios Políticos e Internacionales de la universidad londinense. "Las ambiciosas proyecciones de expansión y crecimiento subyacentes parecen tener de repente un futuro bastante incierto".

El aeropuerto, así como otros edificios emplazados en el centro de la ciudad y que se erigieron a la par de un crecimiento económico como el que proyectaba Etiopía hasta la irrupción de la pandemia, eran símbolos de poder. Así, la arquitectura jugaba en Adís Abeba el papel simbólico de exhibir la fuerza del milagro económico que llevó Etiopía a liderar la ola de países que la revista The Economist denominó en 2011 los lion kings africanos. Su PIB crecía a cerca del 8% anualmente, algo que el nuevo presidente y último Nobel de Paz Abiy Ahmed, quería aumentar a un 10% a partir de una receta neoliberal cercana a Occidente.

La arquitectura que se erige (o se frena) en las ciudades africanas, es un reflejo de estructuras de poder y relaciones comerciales más amplias

Ya no podrá ser. Al menos no en los próximos meses. La "arquitectura de la autoridad", que como en época egipcia y romana quería reflejar el poderío de sus imperios, puede acabar siendo un sinfín de proyectos inacabados a modo de esqueletos espectrales, dependientes en gran medida de China, cuyas industrias han dejado de fabricar y exportar materiales de construcción que África necesita para seguir edificando.

Tal como plantea Tomkinson, los edificios y la arquitectura china desarrollada en los últimos años en todo el continente africano, plantea graves problemas, no solamente en Adís Abeba, sino también en ciudades como Luanda, donde las empresas de construcción chinas han jugado hasta la fecha un papel fundamental. 

Hace pocas décadas, las dependencias generadas en la construcción de ciudades africanas trazaba líneas comerciales exclusivamente hacia Europa o Estados Unidos. Hoy, China o Singapur, también juegan su papel en el desarrollo de edificios y la arquitectura moderna de ciudades que se erigen a golpe de contratos multimillonarios que respaldan o complementan otro tipo de transacciones que van más allá del ladrillo, de la mano de proyectos de cooperación y con extensiones en el sector de la telefonía móvil, las energías renovables, el petróleo, el gas, la pesca, la ganadería...

La arquitectura que se erige (o se frena) en las ciudades africanas, es un reflejo de estructuras de poder y relaciones comerciales más amplias. Hoy, en plena crisis poscovid, estos mismos edificios son la imagen de ese trance en el que las economías del continente se ven sumergidas y evidencian las dependencias externas, la vulnerabilidad y la fragilidad de países, ciudades y gobiernos que obedecen a lógicas globales. Estas dependencias frenan, limitan y congelan, como sucede hoy, su posibilidad de expansión y existencia.

La arquitectura urbana se erige así como la cara visible de la necesidad de un cambio de modelo que permita al continente un mayor margen de maniobra y una menor dependencia externa. Cómo se construya ese nuevo escenario de relaciones internas que substituya los actores no-africanos por socios continentales es uno de los principales retos a enfrentar. El rescate de pensadores, políticos o incluso cineastas panafricanistas como Kwame Nkrumah, Cheikh Anta Diop o Ousmane Sembène bien podría servir de inspiración a arquitectos, planificadores y gobiernos africanos contemporáneos.

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