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La última remesa de Margarita sirvió para comprar un ataúd

Ecuador es uno de los países más afectados por la pandemia. Esta es la historia de una mujer que llegó a España hace 20 años para salir adelante y que hace unos días envió dinero a su país para enterrar a su cuñado

Margarita Chango, fotografiada en casa de uno de sus empleadores en Badajoz el 5 de mayo de 2020.
Margarita Chango, fotografiada en casa de uno de sus empleadores en Badajoz el 5 de mayo de 2020.

Margarita Chango es ecuatoriana y hace 20 años llegó a España en busca de un futuro mejor. Durante todo este tiempo, se ha ganado la vida trabajando como empleada del hogar y cuidando ancianos en Badajoz. Siempre que su familia ha pasado por apuros les ha enviado dinero. Incluso se endeudó cuando fue necesario. La última remesa que giró ha servido para comprar el ataúd de su cuñado, fallecido por el nuevo coronavirus a los 68 años.

A Margarita le era difícil saber con certeza qué estaba sucediendo en su país. A sus 58 años, no sabe usar Internet. Y la televisión en España poco habla concreto sobre su país. Ella se iba enterando, angustiada, por lo que le comentaba uno de sus empleadores. Hasta que, a inicios de abril, recibió una llamada.

“Tuve una llamada urgente de mi sobrina para contarme que se habían infectado mi hermana, mi cuñado, mi sobrino y su hijo. Me dijo que la estaban pasando mal. Habían ido al médico, pero no tenía medicinas ni tampoco quedaban en la farmacia. Me pidió ayuda para comprarlas directamente en las distribuidoras”, recuerda Margarita.

Hizo lo que pudo y hasta volvió a endeudarse para enviar el dinero para comprar medicamentos y  otros gastos que pudieran tener. Sentirse útil, aunque estuviera tan lejos de ellos, le ayudó a calmar su angustia. Su hermana, su sobrino y el hijo de este fueron recuperándose poco a poco. Sin embargo, su cuñado empeoró. Su sobrina trató de llevarlo al hospital, pero no lo atendieron. Tampoco acudieron a su casa pues algunos médicos no hacían visitas por miedo a los contagios. En pocas semanas, el sistema sanitario en Guayaquil colapsó. Los hospitales no atendían a más personas. Los enfermos se morían esperando en sillas de ruedas y las urgencias se llenaban de cadáveres repartidos por el suelo.

Le envié dinero a mi sobrina para que compraran el ataúd

A finales del mes pasado, Margarita recibió otra llamada. Su cuñado había muerto. Entonces, la familia vivió un drama similar al de muchos guayaquileños. “Llevaba ya dos días fallecido en casa y no venían a buscarlo”, recuerda Margarita con toda la fortaleza posible mientras sus ojos brillan por la emoción.

El organismo que el Gobierno creó para recoger los cadáveres se saturó y algunas familias tuvieron que esperar hasta una semana para que recogieran a los fallecidos. Muchas otras optaron por sacarlos a la calle por miedo a los contagios bajo los 30 grados que se respiraban en la ciudad más poblada de Ecuador. Margarita decidió entonces enviar otra remesa.

“Le envié dinero a mi sobrina para que compraran el ataúd y pagaran a la funeraria. Gracias a Dios teníamos un huequito de un abuelo de nosotros en el cementerio y pudimos enterrarlo después de hacer otra vez una larga cola”, relata Margarita en primera persona, como si ella misma hubiera estado acompañando a su pariente.

Su cuñado por fin descansó en el cementerio Padre Ángel Canales de Guayaquil acompañado solo por tres familiares. Tuvieron suerte, otros ciudadanos no saben dónde han sido enterrados sus seres más queridos y esperan a que el Gobierno les informe a través de una página web.

Margarita ya está volviendo poco a poco al trabajo. Dice que tiene que cumplir con las familias que le han estado pagando su sueldo a pesar de que en este tiempo de confinamiento no ha podido acudir a sus casas. Y piensa que esto del coronavirus es algo que Dios nos ha enviado para que nos portemos mejor y no hagamos las cosas sin antes pensarlas.

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