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Trece personas nos revelan lo más fuerte que han visto en un restaurante

Ya sea por falta de entendimiento, choques culturales o una copa de vino de más, los restaurantes son terreno abonado para la confusión y la chanza. Mientras esperamos a que reabran, recordamos algunos grandes momentos que hemos vivido en ellos

restaurantes
Drew Barrymore y Jimmy Fallon montando una escena en un restaurante en la película 'Amor en juego' (2005). Foto: Cordon

En el filme Cuando Harry encontró a Sally (1989), los comensales del restaurante neoyorquino Katz's presencian atónitos cómo una mujer -la actriz Meg Ryan, para más señas- finge un estridente orgasmo con la intención de demostrarle a su amigo -Billy Crystal- que los hombres no saben diferenciar un orgasmo real de uno fingido. Los Monty Python's, por su parte, hicieron explotar, literalmente, a un hombre en medio de un rafinado restaurante en su película El sentido de la vida (1983).

El ser humano tiende a pensar que situaciones como estas solo ocurren en el cine. Sin embargo, la experiencia suele demostrar que la realidad supera a la ficción en muchas ocasiones. En ICON hemos hablado con una decena de personas que han confesado los momentos más delirantes, traumáticos o "tierra trágame" que han vivido en un restaurante. Las anécdotas van de desnudos integrales o escenas subidas de tono en los lavabos a platos que no son lo que parecen.

A continuación, los momentos más fuertes vividos rodeados de comensales como testigos.

- "A mi chica se le cayó una taza de té hirviendo y como le quemaba se bajó los pantalones y las bragas hasta los tobillos en mitad del restaurante". Lander Otaola (actor, de 31 años). "A mi chica, Ylenia Baglietto, se le cayó una taza de té hirviendo sobre las piernas y como le quemaba se bajó los pantalones y las bragas hasta los tobillos en mitad del restaurante. Al lado había una cena familiar con ancianos y niños y mi novia completamente desnuda de cintura para abajo en medio del restaurante. Lo más inquietante fue que todo el mundo disimuló como si nada".

- "Era una planta señora', le respondieron a mi padre tras alabar lo que ella pensaba que era un aperitivo" Guillermo (escritor, 37 años). "Era nuestra primera vez en un distinguido restaurante tailandés de Madrid al que nos habían invitado unos familiares. Mi madre y yo, recién llegados de provincias, mirábamos hacia los decorados y el extenso menú con arrobo y ella, imagino que despistada ante tanta seda, lacados y cerámicas, decidió degustar un trozo de algo que descanasaba sobre la mesa y creyó que era una ensalada exótica. 'Qué bueno, ¿qué es?', preguntó al camarero cuando este llegó para tomar nota. Era una planta, efectivamente. El camarero la retiró avergonzado y todos disfrutamos del resto de la comida sin mayor inconveniente".

- "Nos trajeron una especie de ravioli gigante y mientras aún estaba masticándolo apareció un camarero con un ipad en el que ponía en letra muy grande la palabra 'semen". Toni García (periodista, 48 años). "Fui a Kobe, Japón, por trabajo y aproveché el viaje para ir a un restaurante que me había recomendado Alberto Fernández Bombín, dueño del restaurante Asturianos, en Madrid. Me dijo que tenía que ir porque el chef había trabajado en Echevarri y en Kobe hacía cocina vasco-japonesa. Fui con un amigo y probamos varias cosas. Todo iba bien hasta que nos trajeron una especie de ravioli gigante. Lo corté para probarlo, empezó a sair salsa del interior y al metérmelo en la boca noté un sabor muy fuerte. Mientras aún estaba masticándolo apareció un camarero con un ipad en el que ponía en letra muy grande la palabra 'semen'. En ese momento empecé a hacer aspavientos y mi amigo empezó a reírse mucho. Pero lo mejor fue cuando nos trajeron la cuenta y tuvimos que pagar 480 euros entre los dos. No solo me comí un ravioli gigante de semen de algún animal subacuático japonés si no que encima pagué 240 euros por ello".

- "He dicho que te lo vas a beber y te lo vas a beber" (María Jesús, economista de 50 años). "Ocurrió hace años ya: celebré mi cumpleaños en un restaurante vietnamita durante un viaje a Madrid. Entre los invitados, claro, mi hijo, de nueve años entonces. Llegaron los postres: él quiso un sorbete de limón. Lo pidió contra mi consejo, pues llevaba toda la cena muy pesado con los sabores, las texturas y todo lo que había en la mesa. Pues bien, llega el sorbete y lo aparta. Dice que sabe raro que no le gusta. Por supuesto, como ya estaba cabreada, le dije que se lo iba a beber enterito. Lo hizo, poniendo cara de desagrado, haciendo muecas, quejándose amargamente. A los cinco minutos llega el camarero corriendo y dice: 'Perdonen, por error le hemos puesto vodka al sorbete'. Había obligado a mi hijo de nueve años a beberse un copazo. Me sentí la peor madre del mundo".

- "Terminé comiendo del plato de espaguetis de pesto del matrimonio de ancianos de la mesa de al lado mientras nos contábamos nuestras vidas". Laura Piñero (periodista, de 34 años). "Hace unos meses fui a comer a un restaurante italiano sola. Cuando el camarero vino a tomarme nota, le pregunté por el plato más ligero y saludable de la carta ante la mirada atenta de una pareja de ancianos en la mesa de al lado. En ese momento pensé: 'Qué cotillas'. Al final, tras valorar mi petición, el camarero me trajo un plato que llevaba muchísima nata -lo comprobé cuando llegó a la mesa-. Cuando lo vi no daba crédito porque la nata no tiene nada de ligero, pero se negaron a cambiarlo. Ante mi cara de bajón, la señora de al lado me ofreció comer de su plato. Me negué un par de veces pero al final acepté. Estaba muerta de hambre y no quería gastar más en ese restaurante. Así que terminé comiendo de sus espaguetis de pesto mientras nos contábamos nuestras vidas. Luego se empeñaron en que me llevara a casa la comida que les sobraba porque no eran de Madrid y estaban en un hotel. Insistieron tanto que me la llevé y comí de su generosidad dos días más. Fue muy tierno".

- "Cuando fui a ir a pagar, la pierna se me había dormido y al levantarme de golpe se me dobló. Para no caerme al suelo me apoyé en la mesa que estaba desequilibrada por la pendiente de la acera. En ese momento empezó a caerse al suelo, entre un estruendo enorme, la botella del refresco, el vaso, el cenicero, el bote de sal y pimienta y se estrelló una botella de aceite de medio litro". Lola Sánchez (diseñadora de mobiliario, de 50 años). "Mi momento humillante fue en una cafetería de Almería que tiene una terracita en una acera que tiene algo de pendiente. Había discutido con mi madre y me fui enfadada dando un portazo. Era verano y me senté en la terraza de la cafetería para leer un libro de poesía que llevaba en el bolso. Me pedí un refresco y me fumé unos cuantos cigarros mientras leía con mi pierna cruzada durante un rato largo, en plan bohemia. Cuando fui a ir a pagar, la pierna se me había dormido y al levantarme de golpe se me dobló. Para no caerme al suelo me apoyé en la mesa que estaba desequilibrada por la pendiente de la acera. En ese momento empezó a caerse al suelo, entre un estruendo enorme, la botella del refresco, el vaso, el cenicero, el bote de sal y pimienta y, por último, se estrelló una botella de aceite de medio litro que al reventar contra el suelo empezó un río de aceite pendiente abajo hacia las demás mesas. La gente se levantaba de sus mesas deprisa para que no se ensuciaran sus sandalias de aceite, a la vez que todo el mundo me miraba y algunas personas me preguntaban si me había cortado entre tanto cristal. Yo, bloqueada, les decía que no, que estaba bien, y me dirigí hacia la barra desde donde la dueña me miraba como queriéndome matar. Fui a decirle que iba a pagar todo el estropicio, pero la pierna aún la tenía medio dormida, y entonces oí a mis espaldas que alguien que decía: 'Oh, si es que es coja, la pobre'. Avergonzada, pagué y me fui hacia mi casa aún cojeando. Al abrir la puerta empecé a reír y llorar a la vez y cuando mi madre me preguntó que qué me pasaba, solo acerté a decirle: '¡Por tu culpa, si no me hubiera ido!".

- "Me gustó una canción que estaba sonando en un restaurante y llamé al camarero para preguntarle por el grupo. Cuando me contestó no le entendí y volví a preguntarle. Pudimos estar así más de un minuto". Alberto Martín (publicista, 38 años). "En un restaurante en Benidorm me gustó una canción que estaba sonando de fondo en el local y llamé al camarero para preguntarle por el grupo. Cuando me contestó no le entendí y volví a preguntarle. El señor seguía y seguía, yo seguía tratando de descifrar lo que me decía. Así pudimos estar como un minuto. Mis amigos empezaron a reírse y el camarero pensó que lo estaba vacilando pero yo estaba totalmente en serio queriendo entenderlo. Al final el tío soltó algo algo en bajito y se fue. Me quedé sin saber cuál era el grupo que me había gustado y me sentí fatal porque pensase que me estaba ríendo de él".

- "En Roma, estaba cenando con mi mujer y me puse a llorar de lo rica que estaba la pasta con pulpo que había pedido". Gonzalo Alcina (coordinador de producción, 33 años). "Hace unos años en Roma, en un restaurante del Trastevere, estaba cenando con mi mujer y me puse a llorar de lo rica que estaba la pasta con pulpo que había pedido. Me dio un 'Stendhal', estaba tan bueno que no pude soportar tanta belleza en el sabor. Después felicité al cocinero y deje una propina generosa".

- "Le pregunté a un camarero de un restaurante vegano si era ético matar a una cucaracha". Elisa Sánchez Fernández (fotógrafa, 26 años). "Le pregunté a un camarero de un restaurante vegano si era ético matar a una cucaracha que estaba debajo de nuestra mesa. Me dijo que mejor no lo hiciera, se rió y se fue. Yo creo que fue irónico. Luego la intenté matar, no voy a negarlo, pero desapareció y seguimos tan felices".

- "Al mirar la carta nos dimos cuenta de que en Estambul llaman kebab a todo. Desesperada y hambrienta, empecé a decirle al camarero que lo que quería era ´the classic kebab'. El pobre hombre no debía dar crédito". Verónica López (fisioterapeuta, 52 años). "Coincidió que fui de vacaciones a Estambul cuando empezaron a abrirse muchos locales de kebabs en España. Allí, lo primero que quise hacer nada más dejar las cosas en el hotel fue comer un kebab. Misión que consideré sería pan comido, dado que estábamos en las tierra de los Kebabs. Sin embargo, todo se complicó al llegar al restaurante. Al sentarnos en una mesa y mirar la carta nos dimos cuenta de que llaman kebab a todo. Desesperada y hambrienta, empecé a decirle al camarero que lo que quería era ´the classic kebab'. El pobre hombre no debía dar crédito. Al final pedimos una cosa que resultó ser una bandeja con pinchos de carne. Nada más lejos de lo que yo iba buscando. Más tarde descubrimos que en Estambul llaman kebab a cualquier plato con carne".

- "Cuando nos trajeron el plato lo primero que hicimos fue darle un bocado al jengibre, que literalmente nos supo a colonia. Llamamos al camarero para decirle que ese plato estaba en mal estado". Silvia Navarro (bióloga, 35 años). "Una de las primeras veces que salí a cenar con mi novio, hará unos diez años, fuimos a un restaurante por Malasaña, Madrid, y entre otras cosas pedimos California Rolls. Era la primera vez que comíamos sushi y no teníamos ni idea de lo que era el wasabi o el jengibre encurtido. Así que cuando nos trajeron el plato lo primero que hicimos fue darle un bocado al jengibre, que literalmente nos supo a colonia. Alarmados y decepcionados, llamamos al camarero para decirle que ese plato estaba en mal estado. El camarero, con mucha paciencia, trató de explicarnos que no, que el sushi se tomaba así. Poco convencidos, pero muertos de vergüenza, decidimos aceptar la explicación y callarnos. Hoy nos flipa el sushi y somos conscientes de lo paletos que debimos resultar ese día".

- "Cuando fui al baño, antes de que trajeran los postres , oí a una pareja tener sexo en el interior del wc. Salí escopetada". Noelia Méndez (profesora, 29 años). "Hace unos meses fui a cenar con mis padres y mis abuelos a un italiano. Cuando fui al baño, antes de que trajeran los postres (tiramisú, esa noche no íbamos a arriesgar), oí a una pareja tener sexo en el interior del wc. Salí escopetada, antes de que se dieran cuenta de que estaba ahí, y decidí no contar nada para no escandalizar a mis abuelos. Al minuto mi abuela dijo que necesitaba ir al baño y empecé a sudar. No quería que se encontrara todo el pastel así que empecé a chapurrear todo tipo de excusas para que no fuera, pero ella decía que no aguantaba más. Cuando ya me estaba quedando sin excusas, vi a lo lejos cómo una pareja salía del baño. Di por hecho que era a los que yo había oído y dejé a mi abuela ir al baño. Mis padres no entendían todo el numerito que había montado y al llegar a casa me dio pereza explicárselo".

- "El hombre de la mesa de al lado empezo a vomitar descontroladamente. Vimos cómo no solo se estaba poniendo perdido él, su pareja y su hijo también estaban hasta arriba de vómito". Álvaro Jiménez (entrenador personal, 40 años). "Un verano, en Alicante, estaba comiendo con unos amigos en un sitio especializado en paellas y mientras nos servían las bebidas el hombre de la mesa de al lado empezo a vomitar descontroladamente. Vimos como no solo se estaba poniendo perdido él, su pareja y el que debía ser su hijo también estaban hasta arriba de vómito. Cuando por fin se recuperó, su mujer se fue con el niño al baño. A él fueron a atenderle dos dispuestos camareros. Viendo el panorama, le pregunté al joven que nos estaba poniendo el vino qué es lo que habían comido en esa mesa para no pedirlo nosotros".

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