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Del fracaso y del éxito

Deberíamos combinar la exigencia y la autoexigencia con la prudente y generosa cautela de quien solo sabe que tampoco posee todas las respuestas

Consejo de Ministros extraordinario, este domingo en el complejo de La Moncloa.
Consejo de Ministros extraordinario, este domingo en el complejo de La Moncloa. EFE

Empleemos una mirada exigente. Mientras no alcancemos el éxito —eliminar la pandemia y superar la parálisis económica— estamos instalados en el fracaso. Y siempre la pérdida de vidas oscurecerá este tiempo. Pero no por eso debemos dedicar nuestros esfuerzos a endosar la responsabilidad a otros, ese viejo expediente de buscar un culpable, siempre ajeno. Ese truco balsámico, pero poco certero. E inútil, para alcanzar las metas.

Estamos en el fracaso porque las salidas exactas son desconocidas, inciertas. Reina la incertidumbre. Ocurre cuando se ignoran tantas cosas. Desde el punto de vista de la salud, el origen exacto de la enfermedad; si todas las causas de contagio están identificadas; si la velocidad de propagación es idéntica en similares condiciones o responde a distintas variables y barreras...

Todos deseamos certezas —el reverso de la incertidumbre—, pero no las tienen los Gobiernos, las oposiciones, los países; ni siquiera la ciencia, donde proliferan los matices, incluso las posturas enconadas. Ni las pueden tener, de momento; por eso no están aún disponibles los remedios definitivos: ni la vacuna preventiva ni el fármaco curativo.

Lo mismo sucede en la economía. Es inédita en época de paz esta conjunción de desplome de la oferta y derrumbe de la demanda, de ruptura productiva, comercial, de caída de las materias primas, de inicios de recesión mundial simultánea. Solo disponemos de enfoques y aproximaciones ensayados en ocasiones depresivas, recesivas y caóticas, pero de desigual gramaje.

Éxito y fracaso no son baremos absolutos: se referencian a la dureza de una crisis, al nivel de conocimiento de su perfil, a las expectativas, al mejor o peor balance de las experiencias ajenas. Al irrumpir el problema, tendemos a acotarlo; al complicarse, a propugnar recetas contundentes, radicales, taxativas.

Pero incluso ahora, cuando parece que nos acercamos a la zona gris de la sinuosa transición entre la humillación del derrotado y la esperanza de retorno a la normalidad, deberíamos combinar la exigencia y la autoexigencia con la prudente y generosa cautela de quien solo sabe que tampoco posee todas las respuestas. Y recordar que la receta del acierto, la eficacia, el éxito, es escapista, regatea, juega al escondite y se enmascara entre efectos secundarios perjudiciales e indeseados. Pero podemos optar por la decencia contra la indecencia. Por el respeto frente al brutalismo. Por los valores frente al salvajismo.

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