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Un documental recupera la figura de la matemática del siglo XVIII María Andresa Casamayor

'La mujer que soñaba con los números' muestra la historia de la autora de 'Tyrocinio arithmetico, Instrucción de las quatro reglas llanas'

Imagen del documental 'La mujer que soñaba con números', que cuenta la vida de María Andresa Casamayor.
Imagen del documental 'La mujer que soñaba con números', que cuenta la vida de María Andresa Casamayor.

Escribir y publicar un libro de matemáticas con 17 años, es toda una proeza. María Andresa Casamayor de la Coma lo hizo en 1738, y este hecho encaminó el resto de su vida. Nació en la Zaragoza ilustrada del siglo XVIII, hace 300 años, en el seno de una familia de comerciantes de origen francés. A pesar de que ocultó parcialmente su autoría, ahora el documental La mujer que soñaba con los números de Mirella R. Abrisqueta recupera su historia y su obra.

Tyrocinio arithmetico, Instrucción de las quatro reglas llanas no fue, posiblemente, la primera obra científica publicada por una mujer en nuestro país; anteriormente Álvara de Alba de Vitigudino, que había cursado estudios en la ciudad de Salamanca en 1546, escribió un Tratado de Matemáticas, hoy perdido. La de Casamayor es, eso sí, la más antigua que se ha conservado.

El “modesto” objetivo del libro –tal y como señala su autora en el prólogo– era enseñar las cuatro reglas aritméticas (suma, resta, multiplicación y división). Lo hace de una forma deliberadamente breve para que resulte asequible y económico y con un contenido eminentemente práctico dirigido al comercio.

Aquella era la ocupación de su familia. Aunque no eran ricos, su negocio textil les permitía pertenecer a esa incipiente burguesía que a lo largo de las siguientes décadas iría aumentando su cuota de poder y su capacidad económica. El país se estaba recuperando de la Guerra de Sucesión y el antiguo Reino de Aragón sufría las consecuencias de haber apoyado al bando perdedor. Nuevos aires borbónicos junto a reformas profundas trataron de traer la Ilustración a una nación, con una Iglesia y una nobleza poco dispuestas a perder sus privilegios o aceptar medidas que afectaran a sus bolsillos.

Portada del libro 'Tyrocinio arithmético', de María Andresa Casamayor.
Portada del libro 'Tyrocinio arithmético', de María Andresa Casamayor.

En esos años apenas existían lugares para la educación de niñas. Hasta la constitución de la Real Cédula de Carlos III de 1783 no se regularon las primeras escuelas gratuitas femeninas, cuyo objetivo era fomentar “la buena educación de las pequeñas en los rudimentos de la fe católica, en las reglas del bien obrar, en el ejercicio de las virtudes y en las labores propias de su sexo”. Entre ellas, no se encontraba la lectura, la escritura, ni mucho menos las matemáticas. Aunque la Ilustración supuso un impulso fundamental a la ciencia y la educación de la época, no logró imponer la igualdad que algunas mujeres deseaban. Rousseau escribió “La educación de las mujeres siempre debe de ser relativa a los hombres: agrados, sernos de utilidad, hacernos amarlas y estimarlas, educarnos cuando somos jóvenes y cuidarnos cuando somos adultos, aconsejarnos, consolarnos, hacer nuestras vidas fáciles y agradables”.

Partiendo de este contexto, no se sabe cómo la joven Casamayor llegó a escribir Tyrocinio arithmetico, Instrucción de las quatro reglas llanas. Debió demostrar un talento excepcional para las matemáticas desde pequeña. Aunque dedicó el libro a la Escuela Pía del Colegio de Santo Tomás de Zaragoza, en aquel momento los escolapios solo admitían alumnos varones en sus centros, por lo que no pudo recibir allí sus clases. Cuando publicó el libro, lo hizo con un pseudónimo masculino, práctica frecuente en esa época: Casandro Mamés de la Marca y Araioa. El nombre no está escogido al azar: es un ingenioso anagrama escrito con las mismas 29 letras de su verdadero nombre. Publicarlo bajo otro nombre fue la manera de que el libro saliera a la luz. Hay datos que permiten sospechar que los propios censores del libro y el Juez de Impresiones de Zaragoza conocían personalmente a Casamayor.

El libro de María Andresa Casamayor es eminentemente práctico, con gran cantidad de ejemplos y casos reales que permitían al lector aprender el manejo de las cuatro reglas del álgebra menor

Es un libro eminentemente práctico, con gran cantidad de ejemplos y casos reales que permitían al lector aprender el manejo de las cuatro reglas del álgebra menor. Trata con habilidad las unidades de moneda –doblones y libras jaquesas, reales y escudos–, peso, longitud o volumen que convivían en los diversos territorios de Navarra, Aragón y Castilla, así como las tortuosas operaciones de cambio entre ellas, mostrando una gran destreza aritmética.

Actualmente, se conserva un único ejemplar en la Biblioteca Nacional de España (BNE) –cuando ingresó, era Biblioteca Real–, donde figura Andresa Casamayor como su autora. Tras esta publicación sus huellas se desvanecen, y solo unos pocos retazos de información encontrados recientemente en diferentes archivos nos permiten intuir como fue el resto de su vida. Se sabe que escribió un segundo manuscrito, El Parasi solo de Casandro Mamés de la Marca y Araioa, hoy perdido y nunca publicado. Tras la muerte de sus padres y la ruina del negocio familiar se quedó sola y salió adelante trabajando como maestra de niñas de primeras letras en las escuelas de la ciudad. Su último hogar aún sigue en pie, en una de las calles con más solera de la ciudad, sobreviviendo a los sitios de Zaragoza de la Guerra de la Independencia y a las políticas urbanísticas. Falleció el 23 de octubre de 1780, tal y como aparece en el Archivo Histórico de la Basílica del Pilar.

Mirella R. Abrisqueta es realizadora y guionista.

Julio Bernués y Pedro J. Miana son miembros del Instituto Universitario de Matemáticas de la Universidad de Zaragoza.

Café y Teoremas es una sección dedicada a las matemáticas y al entorno en el que se crean, coordinado por el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT), en la que los investigadores y miembros del centro describen los últimos avances de esta disciplina, comparten puntos de encuentro entre las matemáticas y otras expresiones sociales y culturales y recuerdan a quienes marcaron su desarrollo y supieron transformar café en teoremas. El nombre evoca la definición del matemático húngaro Alfred Rényi: "Un matemático es una máquina que transforma café en teoremas".

Edición y coordinación: Ágata Timón (ICMAT).

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