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Justin Webster, un director al rescate de la verdad en el caso Nisman

La última serie del documentalista inglés arroja luz sobre la muerte del fiscal argentino Nisman, que desató una teoría de la conspiración global

La muerte del fiscal argentino Alberto Nisman es “el equivalente latinoamericano del asesinato de JFK”, según The New Yorker, y, como tal, “pasto de teorías de la conspiración que implican a espías, Gobiernos extranjeros y políticos conspiradores”. Pero el documentalista británico Justin Webster es perro viejo en la materia —guionista de El pionero, sobre la España fake de Jesús Gil y su capital, Marbella, y director de Seré asesinado, sobre la extraña muerte de un abogado guatemalteco—, y después de cuatro años drenando el caso Nisman, su última serie documental no sólo arroja una luz diáfana sobre la muerte, sino también sobre el modo en que la investigación que el mismo fiscal dirigía sobre el mayor atentado de la historia de Argentina (1994, centro cultural AMIA, 85 muertos) acabó empantanada en barro y deshechos. Una cumbre dramática y veraz de un género en boga a ambos lados del Atlántico.

El 18 de enero de 2015, Nisman apareció muerto en su piso —la llave estaba echada y puesta por dentro—. Los conspiranoicos sostienen que no se suicidó, sino que fue asesinado porque cuatro días antes había anunciado una querella contra la presidenta del país. El fiscal acusó en televisión a Cristina Fernández de Kirchner de encubrir al Gobierno de Irán, que según el propio Nisman era el responsable último del atentado contra el centro judío AMIA. Pero la serie de Webster El fiscal, la presidenta y el espía muestra que la teoría sobre Irán es falsa, como reconoce la CIA, el FBI y refleja el sumario. En la causa AMIA no hay ADN de ningún suicida chií, y el chií que se nombra murió en Líbano, no en Buenos Aires. En España, la serie se puede ver en Movistar y en América, en Netflix.

Las pruebas y las fuentes reunidas por Webster, afincado desde hace 30 años en Barcelona, son transparentes como la prosa de Orwell. “Se puede ser inglés, pero tener objetividad y honestidad intelectual”, reconoció CFK (Kirchner, no Kennedy) después de ver la serie tres veces. La expresidenta y hoy vicepresidenta argentina espera juicio por encubrimiento en base a la teoría televisiva de Nisman sobre Irán, pero está por ver en qué se basará el juicio realmente.

Afincado en Barcelona desde hace 30 años, firmó el guion de ‘El pionero’, acerca de Jesús Gil

Webster no sólo es inglés, es que nació en la cuna del Royal Army, en Aldershot, en 1963. Hijo de un oficial de infantería y un ama de casa que había cerrado su floristería para seguir los destinos de su marido, Webster tuvo una infancia imperial: creció en Gibraltar, Malta, Hong Kong y la India, cuando ya era excolonia. De vuelta a Albión, se licenció en Literatura Clásica en Cambridge y quiso trabajar en Reuters y la BBC, pero le pedían idiomas y él sólo sabía latín y griego, lenguas muertas. Trabajó como corredor de bonos en Goldman Sachs —durante la formación, conoció a Michael Lewis, el cronista de los años salvajes de Wall Street— hasta conseguir el trabajo soñado: periodista en la redacción que fundó The Independent. Tres años después lo dejó y se mudó a España.

Tráiler de 'Nisman: el Fiscal, la Presidenta y el Espía'. NETFLIX

Llegó a Barcelona en 1991, un año antes de los Juegos, para trabajar como freelance y ganarse el Olimpo, que para él entonces era Granta. La revista que había lanzado a una brillantísima generación de novelistas británicos (Ian McEwan, Martin Amis y Julian Barnes, entre otros) publicaba también narrativa de no ficción: grandes reportajes, ensayos y memoirs escritos con ambición homérica y oficio de notario. Webster se embarcó un mes en un pesquero gallego en el Gran Sol, en aguas británicas, y lo consiguió. Granta publicó su crónica. Pero como la vida sigue incluso después del Olimpo, él siguió abordando reportajes acompañado de un fotógrafo.

Para Webster, la realidad puede ser tan bella y dramática como la ficción, solo que su verdad no llega a través de la imaginación, sino del revelado. Como director de documentales narrativos, ha acabado encarnando al escritor que soñaba ser y al fotógrafo que solía acompañarlo. El género flota hoy en una onda de felicidad parecida a la que hace décadas impulsó a su antepasado escrito: los documentales también pueden contar grandes historias. Forman un engranaje narrativo al servicio de un drama real que mueven sus protagonistas. El terrorismo (El fin de ETA, coproducido por Prisa, editora de EL PAÍS), el fútbol (Six Dreams, dos Premios Emmy 2019) o la tragedia de un héroe (Seré asesinado), cualquier temática o ámbito le vale. A Webster lo que en el fondo le interesa es la forma que mejor revela la originalidad y el drama de la vida. “A menudo la lucha es por tener el tiempo para que llegue el descubrimiento”, dice a EL PAÍS.

La apuesta de las plataformas digitales por la no ficción supone un impulso decisivo en el auge del género. “Que esto funcione supone que las plataformas pueden financiar más tiempo, y eso significa que todo es mejor: más profundo, más innovación gráfica, más verdadero y más original”, añade. La serialización sólo es nueva en el terreno de la no ficción. “La moda de lo episódico es superantigua: Homero es episódico”. Ese profundo interés por el lenguaje de lo real es lo que hace que sus documentales sobrevivan más allá del tema y del desagüe de la actualidad. Su compromiso ético (divide el mundo pos-Brexit entre los “cínicos” y los “honestos”, en función de su respeto a la verdad) lo distingue también frente a tanto artista del misterio: “El misterio ya está en los casos, de lo que se trata es de hacer un poco de luz”.

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