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Esa esquina de Colombia donde el turismo todavía puede hacer el bien

Playas kilométricas, tortugas, ballenas, selvas, manglares... los habitantes de El Chocó han puesto la defensa de la naturaleza como eje del desarrollo sostenible de su región, antaño acogotada por la violencia

El biólogo Robinson Mosquera en uno de los lugares protegidos para los huevos de tortuga.
El biólogo Robinson Mosquera en uno de los lugares protegidos para los huevos de tortuga.

En la región colombiana de El Chocó, al oeste del país, la palabra ecoturismo resuena entre los planes de la comunidad. La reducción de la violencia de narcotraficantes, guerrillas y grupos paramilitares ha dejado espacio para que visitantes, tanto nacionales como extranjeros, se adentren en estas tierras en las que la selva se baña en el océano Pacífico.

Para los chocoanos, abrirse a los visitantes supone una nueva oportunidad para hacer las cosas bien. Tan solo un poco más al norte, en el mar Caribe, tienen el referente de en lo que no se quieren convertir. Entre sus planes está alejarse del turismo de masas y abrazar la sostenibilidad, protegiendo su cultura y su biodiversidad.

Tienen mucho a su favor: playas kilométricas en las que desovan las tortugas, aguas elegidas por las ballenas para dar a luz a sus crías, selvas y manglares con animales y plantas únicas y una cultura viva que gira en torno a la naturaleza. Poco a poco, los chocoanos están encontrando su particular manera de mostrárselo al mundo.

En el aeropuerto de Nuquí, el grito de “¡Vamos!” del propio piloto saca del sopor a los pasajeros que esperan para comenzar su viaje. La puerta da directamente a la pista, y no hay megafonía ni carteles luminosos, información sobre vuelos ni azafatas. El piloto indica el camino y acompaña a los pasajeros a bordo del bimotor. Tras unos cuantos consejos de seguridad, empiezan a girar las hélices y el avión echa a volar.

El aeropuerto de Nuquí (junto a otros como el de Bahía Solano o el de Quibdó) es la puerta de entrada más rápida a El Chocó. Los pasajeros llegan desde Medellín o Cali en pequeños aviones (normalmente transportan a unos 10 o 12 pasajeros) que sobrevuelan la selva en trayectos que apenas alcanzan los 30 minutos.

Las otras opciones que existen para llegar resultan mucho más lentas: dependen de barcos que zarpan de ciudades costeras como Buenaventura o navegan los ríos desde otras del interior, como Puerto Meluk, en Medio Baudó.

Playa de Termales, en Nuquí.
Playa de Termales, en Nuquí.

Este aislamiento respecto al resto del país, junto a la violencia generada por grupos armados, mantuvo a los turistas alejados de El Chocó durante décadas. Sirvió, también, para modelar la identidad de sus habitantes. La mayoría, afroamericanos e indígenas, son muy dependientes de los recursos que les ofrece la naturaleza y, desde hace siglos, han atado su identidad a la del mar y la selva.

A los visitantes que aterrizan en aeropuertos como el de Nuquí, lo primero que suele sorprenderles es la humedad: esta región es uno de los lugares más lluviosos del planeta. Con solo alejarse un poco más, les regala selvas espesas, manglares que mitigan los efectos del oleaje sobre la línea de la costa y un mar rico en especies. Las que más llaman la atención de los turistas son, sin duda, las ballenas y las tortugas. Y es precisamente en ellas en las que los chocoanos tienen puestas sus esperanzas para crear un escenario de ecoturismo y educación ambiental.

Tras el rastro de las ballenas

“Creemos que establecer una serie de paquetes turísticos en los que se ofrezca, como un atractivo más, la observación de tortugas de forma responsable, puede ayudar a su recuperación”, explica Robinson Mosquera, biólogo que trabaja en su estudio y protección en las playas de Termales (Nuquí). Allí, las tortugas desovan hasta dos veces al mes, un máximo de tres veces al año por individuo. Se enfrentan a numerosos problemas, como el propio tránsito de los turistas, los ataques de perros y roedores o las dinámicas de las mareas, que son aquí muy fuertes.

“También influye el cambio climático”, continúa Mosquera. “Nos sentimos afectados por el calentamiento global. La erosión costera se nota mucho y desde hace unos cinco años, el mar se come cada vez más parte del banco de arena y las olas se llevan ya la tierra firme. Esto genera un impacto muy negativo para las especies, sobre todo para las tortugas que anidan cada vez más arriba, donde ya hay vegetación en la que se enredan”.

Otro de los problemas predominantes hasta hace poco era la costumbre de comercializar y consumir la carne de estos animales. “Hoy esa presión es casi cero. La mayor parte de las comunidades están concienciadas y puestas de parte de las tortugas”, explica el biólogo. Su trabajo le lleva a pasar largas horas al sol, protegiendo los nidos y favoreciendo que la crías lleguen al agua una vez han salido de sus huevos, pero también colaborando mano a mano con la comunidad, realizando tareas de información y concienciación.

“La concienciación de la comunidad es una de nuestras grandes tareas. Dejan de consumir la carne de tortuga cuando ven otros beneficios y que pueden lograr recursos económicos de otro modo”, concluye, haciendo referencia al turismo.

Una mujer pasea bajo el sol en Nuquí.
Una mujer pasea bajo el sol en Nuquí.

Las ballenas, por otro lado, atraen ya a decenas de visitantes nacionales e internacionales cada año. Las aguas de la ensenada de Utría y el Golfo de Tribugá, por ejemplo, forman parte de su ruta. Allí acuden durante los meses de julio, agosto y septiembre para dar a luz a los ballenatos y alimentarlos antes de regresar a las aguas polares.

Avistar ballenas no resulta barato, y aún menos en El Chocó, en donde se depende del suministro externo de combustible para los barcos. Por eso, los vecinos de localidades como Termales o Nuquí se están preparando para dar la bienvenida a turistas de un poder adquisitivo medio-alto e interesados en el turismo medioambiental. Un claro ejemplo son las cabañas sostenibles, alimentadas por energía solar, que empiezan a salpicar algunas franjas de la costa.

No a los grandes hoteles

Si hay algo que descartan los habitantes es fomentar una economía basada en grandes hoteles a pie de playa. A cambio, han dado con una solución para aunar turismo y empoderamiento comunitario. Se trata de las posadas nativas, como las integradas dentro del Circuito de Turismo Alernativo La Cumbacha, una iniciativa para articular las propuestas turísticas de las comunidades y unirlas a los planes de manejo del manglar.

“Duerme en mi casa, yo les ofrezco lo que tengo, de lo que yo como”, resume Luis Alberto Angulo, miembro de la organización comunitaria Los Riscales, para explicar cómo funcionan las posadas nativas. “Es casero y local. La experiencia tal como es. Si no hay agua, no hay agua. Te vas a bañar al río. Se trata de vivencias y experiencias”. Los turistas que se animan a probar este tipo de alojamiento descubren de primera mano cómo se vive en El Chocó. Comida nunca falta, abundan los patacones, el arroz de coco, la fruta y el pescado. Y, si se desea, se comparten también las actividades, el trabajo y el tiempo de ocio con los anfitriones y el resto de la comunidad.

En Partadó, las mujeres de una pequeña comunidad han incluido una de sus tradiciones en los paquetes de viaje. Se trata de las llamadas "noches de vichera", en las que se come, se conversa y se cuentan historias alrededor de una hoguera.

Comida nunca falta, abundan los patacones, el arroz de coco, la fruta y el pescado. Y, si se desea, se comparten también las actividades, el trabajo y el tiempo de ocio

“Tradicionalmente, era algo conjunto. No todo el mundo tenía de todo, por lo que cada uno ponía lo suyo y todos se apoyaban. Alrededor de la fogata, esas personas se unían, era una excusa para reunirse y hablar”, explica Luis Alberto Angulo. “Esta iniciativa recupera algo que ya no se ve, porque se van perdiendo estas tradiciones. Bailas, cuentas chistes, disfrutas, comes y unes lazos de amistad. Los turistas se van más contentos, con una relación de afecto”.

Un referente para las mujeres de esta comunidad de Partadó y muchas otras de toda la región de Nuquí y Bahía Solano es Ruthnibet Martínez Caizamo, más conocida como Chachita. Esta líder comunitaria está detrás del proyecto Posadas Nativas Corredor Turístico Arutepa y tiene firmes planes para el turismo en su tierra. “Empecé en el turismo por el potencial de nuestro territorio. Hay un nicho de mercado, viene mucha gente de países como Estados Unidos, Francia o España, porque esto allí no lo tienen: una posada tradicional, la selva, el mar, las aves, la comida, la cultura…”, asegura.

Chachita tiene varias posadas, estratégicamente colocadas entre los manglares y con vistas al océano. Pueden encontrarse en Facebook y Airbnb y reciben turistas desde 2017. Pero para Chachita no es suficiente: su sueño es crear una red que respete su tierra y dé oportunidades a su comunidad. “Somos nosotros los que tenemos que llegar a ese segmento de mercado. Necesitamos preparar a la gente, desarrollar un destino turístico antes de que lleguen otros. No nos vamos a parecer a San Andrés o a Santa Marta (puntos turísticos del Caribe colombiano). Nosotros vamos a conservar nuestra identidad. Los nativos necesitan defender su identidad”.

El manglar como punto de partida

Entre estos proyectos, algunas iniciativas tienen un aporte significativo que va más allá: se trata de las que contribuyen a fortalecer los planes de manejo de los manglares. Ecosistemas que se sitúan entre la tierra y el mar en las latitudes tropicales, normalmente en zonas cercanas a las desembocaduras de los ríos.

La vegetación que crece en ellos funciona como una barrera de defensa natural contra las mareas, los tsunamis y el aumento del nivel del mar. Además, son un hábitat con una gran biodiversidad. Sin embargo, estos ecosistemas están actualmente en peligro. Según declara la ONU, desaparecen de tres a cinco veces más rápido que el resto de los bosques del planeta, y se han reducido a la mitad en los últimos 40 años.

En El Chocó se están articulando medidas para salvar estos ecosistemas. “Antes aquí se cortaba mucho para cocinar, para madera… Pero ahora la comunidad ha venido tomando conciencia de la necesidad de su protección a través del apoyo de instituciones como MarViva y de alianzas que se hacen con el consejo comunitario”, explica Nélfer Valoyes, técnico del Circuito de Turismo Alternativo La Cumbacha.

Este circuito articula actividades, atractivos y servicios turísticos entre Coquí y Jurubidá, cuyos beneficios van a parar en parte a financiar la recuperación de los manglares. “Los beneficios que llegan, uno los va guardando para fortalecer los planes de manejo”, continúa Nélfer. “Esto nos ha permitido la conservación de la zona de manglares. Se ha recuperado mucho”.

Con el esfuerzo de unos y otros, El Chocó va articulando poco a poco una red de turismo que defiende sus valores, incluye a la comunidad y respeta su medioambiente. Ahora solo falta que visitantes interesados en un turismo sostenible empiecen a llegar. O que, los que ya lo han hecho, ayuden a dar a conocer las maravillas de esta zona aún desconocida de Colombia.

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