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La historia de los refugiados sirios, contada por ellos mismos

Lilas Hatahet, autora de los textos de este reportaje, con sus hijos en Dinamarca.
Lilas Hatahet, autora de los textos de este reportaje, con sus hijos en Dinamarca.

Al llegar encontraron la frialdad de la burocracia asociada a su condición. Pero también un nuevo futuro. Este es el testimonio de personas que huyeron de conflictos que desangran Oriente Próximo para rehacer su vida en suelo europeo. Lo cuenta una de ellas, periodista.

1. Una casa en la ciudad de los colores

Lilas Hatahet, periodista, refugiada siria en Dinamarca y madre de dos hijos, en el tren de vuelta a casa tras una jornada laboral.
Lilas Hatahet, periodista, refugiada siria en Dinamarca y madre de dos hijos, en el tren de vuelta a casa tras una jornada laboral.

Ni siquiera tengo la capacidad de recordar mis pesadillas… Mi historia empezó aquí, en este lugar elegante, ordenado, coloreado con profesionalidad. Cada detalle está dibujado, incluidos los itinerarios de las gentes… “Las ciudades tienen sus energías y, si te llegan, serán tuyas”. Esto es lo que me repetía a mí misma en el momento de mi llegada a Dinamarca. Tomé un respiro hondo, haciéndome creer el estado de relajación de quien encuentra su lugar. Defendiendo una elección arbitraria que se basaba en la intuición infinita lejos de cualquier pensamiento racional. Eso es lo que me desconcierta cuando la gente me pregunta: “¿Por qué elegiste Dinamarca?”. Miro fijamente a los edificios intentando crear una intimidad entre nosotros. Preguntaba a estos ciudadanos y recogía agradecida sus sonrisas. “¡Qué amables son!”. Pero no me di cuenta de que estas sonrisas solo estaban dibujadas en sus labios y no permanecían ni en sus corazones ni en sus ojos. Son parecidas a una imitación que conlleva la cortesía. Una sonrisa que engaña a la gente como yo, de los países calurosos, como si fuera una señal de apertura de puertas mientras que detrás de ellas aquí permanece una puerta cerrada.

Entré en la comisaría con mis dos niños para anunciar que me había convertido en una refugiada. Mis manos estaban temblando al entregar nuestros documentos, informándoles que soy de Siria. Con mucha frialdad, me pidieron ponerme en pie donde se acumulaban algunas personas agotadas de un viaje de la muerte por tierra y mar. Estaban esperando acumular a un número suficiente para trasladarnos al centro de inmigrantes. El silencio pesaba sobre todos nosotros, excepto mis dos hijos. No podían esconder su confusión y sus miedos. “¿Qué es lo que va a pasar ahora? ¿Adónde nos van a llevar?”. Y muchas más preguntas sin respuestas. No tenía el sentimiento de alguien que acaba de llegar a salvo. Al revés, veía que mi fuerza se derramaba y se retiraba de mi cuerpo. Y un miedo cuyos motivos no entendía. No estaba en manos de los traficantes. Ni en el mar. Ni en los aeropuertos con falsas documentaciones. No estaba escapando del servicio de inteligencia, ni de los informadores. Abrazaba a mis niños con el anhelo de extraer un poco de fuerza. Llegamos al centro de inmigración, donde nos informaron que era solo una parada para coger nuestras huellas y darnos “el número”. El número que permanece conmigo hasta hoy: ID number. No pude hablar, solamente pude llorar en silencio. Me pidieron secar mis lágrimas ante el aparato para sacarme una foto que permanece como testigo de aquel día en la Tarjeta de Residencia Temporal.

Después nos llevaron al campamento, cuyos responsables parecían acostumbrados a la presencia de refugiados. Y a tratarnos con mucha frialdad, olvidando que no tengo la costumbre de ser una refugiada. El miedo de aquel día sigue grabado en nuestra memoria. Repetía a mis niños, y a mí misma: “Es una etapa temporal y luego recuperaremos nuestra vida”. No sabía que siempre seríamos temporales. Mis hijos dejaron de preguntar, a modo de resignación. No hemos hablado hasta hoy de aquella época. Todos escondimos nuestro trauma y nuestra pérdida. Me entretengo en limpiar la habitación varias veces al día. Ellos intentan recuperar su infancia jugando de nuevo. Toda esta indiferencia no evitó la subida de fiebre de mis dos niños. Ni su delirio. Ni sus lloros y pesadillas. Añorar a los amigos, a los familiares y a todo detalle que dejaron atrás. Y el miedo a una nueva pérdida. Se ponían a perseguirme hasta en el baño, a sollozar cuando me ausentaba. Todo lo que pude darles fue un abrazo al final de la noche. El miedo los envolvía. Creía que aquí iba a conseguir la libertad y liberarlos de cualquier miedo. El miedo de la guerra, de la muerte y de la destrucción. El miedo de hablar, de susurrar, de bailar y de cantar, el miedo del amor y del sexo, el miedo de ser tú mismo.

La familia espera al transporte escolar de los pequeños.
La familia espera al transporte escolar de los pequeños.

Todos creen, como creía yo, que el campamento es una zona segura temporal, un tránsito. Un periodo que antecede a una nueva vida deseada, envuelta por el miedo y la preocupación de rechazar el asilo o por cualquier información sobre una vida anterior que puede llevar a la expulsión. Empecé a vivir dos vidas totalmente separadas: una dentro de Siria, que la llevo dentro de mí, y otra en las calles de Dinamarca. Mi sentimiento de ser extranjera lo puedo entender hoy después de cuatro años. Los amigos, los lugares, los olores y los amantes necesitan mucho tiempo para construir y acumular una nueva memoria que alimenta los detalles. Mientras tanto, y después de sufrimientos, luchas y aceptar los cambios, me descubrí de nuevo a mí misma en otras condiciones. Hoy tengo nuevos recuerdos, amigos y lugares, risas, alborotos y retos… Las risas de mis dos niños cada día agrandan mi corazón. En él ya caben otros países y nuevos amigos que hicieron de mí una parte de esta ciudad de los colores.

2. Odisea hacia la resurrección

Jihad Eshmawi, refugiado en Suecia de origen sirio-palestino, en su apartamento de Gotemburgo.
Jihad Eshmawi, refugiado en Suecia de origen sirio-palestino, en su apartamento de Gotemburgo.

“El hombre empezó a gritar por la intensidad del miedo. El espanto rezumaba en los ojos de las mujeres aferradas a sus hijos. La respiración de los jóvenes se cortó cuando la policía paró el autobús al que habíamos subido 77 personas a la espera de decidir su destino después de todo lo sufrido. Era el grito de un desesperado que pide auxilio. ‘¡Siria, Siria!’. Nuestros ojos enfocaban hacia la cara de la agente de policía que sonreía dándonos la bienvenida: ‘Bienvenidos a Suecia’. Bienvenidos a Suecia. Nunca olvidaré esta escena en mi vida”.¿Cómo va a olvidar Jihad el momento de la resurrección después del viaje para llegar a Europa y refugiarse en ella? ¿Cómo va a actuar con su sufrimiento del trastorno por estrés postraumático y la acumulación de imágenes en su memoria? Imágenes de la guerra, de la destrucción, de la sangre. Imágenes de los que se ahogaron en el mar buscando la salvación. Imágenes del miedo que permaneció con él durante su viaje de Siria a Egipto, a Italia… Hasta llegar, al fin, a Suecia.

Uno de los hijos de Hatahet.
Uno de los hijos de Hatahet.

“Pasamos seis días en el mar, el barco que salió a buscarnos se hundió y el que se fue después de nosotros se hundió también”, recuerda Jihad. “Intentábamos cantar todo el tiempo para olvidar que en cualquier momento nuestro barco podía volcar”.

La esperanza no era su motivo para cantar, sino el espanto y el ignorar la muerte. Se trataba de un canto de oración de otro tipo. El apego a la vida. O quizá un medio para olvidar el lugar y el tiempo, e intentar encontrar cualquier acto que apoya y da fuerza durante la odisea en aquel barco de caucho en medio del mar y de lo desconocido. Jihad se escapó hacia Egipto con sus dos hermanos pequeños. Surcaron el mar en barco durante un viaje muy arriesgado que duró varios días en el Mediterráneo desde Alejandría hasta Rímini, en Italia, después de ser rescatados por un barco de la OTAN.

Cuando los refugiados llegan a sitios seguros, la mayoría de sus expectativas quedan frustradas. Algunos se resignan a la prisión de la memoria y el sufrimiento de la pérdida y de la nostalgia. Conciben los países de refugio como una estación de tránsito, una vida temporal. En lo provisional, prevalece la resignación y la falta de actuación, cierta inmovilidad en el lugar. Así se convierten en víctimas de la espera, temiendo perder su identidad y fusionarse en la sociedad de alrededor. Entonces se encierran en sí mismos. Y hacen que quienes están a su alrededor cierren la puerta en la cara.

La experiencia de Jihad había sido totalmente diferente. La salvación fue su estímulo para empezar una nueva vida desde cero, una oportunidad para crear una nueva existencia. Por eso la llamó “la resurrección”. Algo nada fácil en un país totalmente extraño para él, diferente por su idioma, su civilización y su cultura tan lejana de la cultura de la sociedad de Jihad y de su entorno. Tuvo que aprender. Empezando por el idioma y siguiendo por las costumbres, las tradiciones, las maneras y los métodos de vivir. Entabló amistades y una red de relaciones que le ayudaron a integrarse, lo que le creó oportunidades de trabajo con la Cruz Roja sueca. Aquello le hizo sentir que formaba parte de esta sociedad que le dio la bienvenida.

Jihad, con sus amigos sirios y suecos.
Jihad, con sus amigos sirios y suecos.

“Desde que empecé a trabajar con la Cruz Roja nacional, me fui sintiendo poco a poco parte de la sociedad sueca. Especialmente porque ese empleo permite hacer de puente entre los nuevos llegados a Suecia y las personas locales. Esto me ayudó a empezar a sentir estabilidad. Y a sentir que estoy ayudando. Y que ya no tengo que recibir ayuda”.

Lo que hace Jihad es muy importante para crear lazos y tender puentes. Dar y tomar le produjo un equilibrio y una tranquilidad interiores. No quiere convertirse en una fuente de pena ni ejercer como solicitante de ayuda. Quiere relaciones y amistades reales y directas. Cree que ha podido recuperar su vida. Primero, por su esfuerzo. Y también está orgulloso de haber ayudado a amigos que le habían echado una mano. A pesar de todo, permanece totalmente consciente de su dolor. Y de su pérdida. Y de sus recuerdos. Pensamientos del pasado que convirtieron su presente en algo más cruel y más pesado. Pero finalmente eligió vivir. Una vida después de la experiencia de una odisea en la que había tenido que cantar para ahuyentar a la muerte y luchar contra ella. Una vida que llegó, una vez más, después de resucitar de nuevo.

3. Luna de miel entre proyectiles y morteros

Afrae y su marido, Hossam, durante un almuerzo en uno de sus restaurantes favoritos de la ciudad.
Afrae y su marido, Hossam, durante un almuerzo en uno de sus restaurantes favoritos de la ciudad.

“¿Duermes con el hiyab [pañuelo que cubre la cabeza, código de vestimenta musulmán] puesto? ¿Bañándote… lo dejas sobre tu cabeza o te lavas el pelo?’. No sabían nada de nuestras sociedades ni de nuestras vidas y ni siquiera de nuestro país. Para ellos éramos unos alienígenas que vinieron de otro planeta. Esto es lo que me ha sorprendido”.Afrae, la primera mujer musulmana con velo en la ciudad alemana de Görlitz (al este de Alemania), se enfrentó, junto con su marido, Hossam, al sufrimiento de empezar de nuevo en una sociedad que desconocen y que les desconoce. Más bien tenía una imagen tópica y preconcebida de los refugiados en general y de los musulmanes en particular. “El hecho de que no te acepten los demás y que se comporten contigo con racismo hace que la vida sea más difícil y más pesada. A pesar de que existía una minoría que aceptó nuestra presencia, el racismo no solo me alcanzó a mí y a mi marido, sino también a mi niño, Majed, que ha sido víctima de este vil comportamiento en alguna guardería”.

A causa de la burocracia, el matrimonio estuvo obligado a esperar años hasta homologar el título de ­Hossam en Farmacia para equipararlo a los criterios alemanes. Pero lo más complicado es entrenar el alma, ya que irse de Siria no era una opción, sino una obligación. “Nunca quisimos dejar Siria y nunca pensábamos venir a Europa. Preferíamos ir a un país árabe, donde se habla nuestro idioma y conocen nuestra cultura, donde podemos trabajar fácilmente con nuestros diplomas universitarios… Pero ninguno nos dio la bienvenida. Solo Alemania aceptó hospedarnos”.

Su historia empezó cuando eligieron aferrarse a la felicidad, a la vida y al matrimonio a pesar de la guerra, del ruido de las bombas, de la muerte y de la destrucción… Prepararon una casa bonita y cálida para cumplir su ansiado sueño en un barrio de Damasco. “Nuestra luna de miel transcurrió entre tanques y proyectiles de morteros”. Lo dice Afrae sonriendo con tristeza, como si estuviera recuperando aquellos momentos. La guerra y el violento combate entre el Ejército del régimen y los combatientes opositores en aquel barrio les obligaron a irse solo tres meses después de casarse. En julio de 2012 viajaron a Líbano. Allí vive la hermana de Afrae y el resto de su familia. Hossam empezó a buscar trabajo allí, pero la seguridad y la estabilidad eran una quimera. Encontró un trabajo, alquiló una casa y empezó a construir una vida provisional. En el mes de diciembre de 2012, la esperanza y la alegría entraron en la vida de Hossam y Afrae con el nacimiento de Majed. No pudieron inscribirlo en el registro civil de Siria, lo que les obligó a dar sus nombres a la Alta Delegación para los Refugiados con el fin de proteger el derecho de su hijo.

Vista nocturna del barrio de Jihad.
Vista nocturna del barrio de Jihad.

Cuando les llegó la aceptación al derecho de asilo en Alemania dudaron. “Tuvimos muchos sentimientos mezclados entre el miedo a lo desconocido y empezar una nueva vida cuyos detalles ignoramos por completo. Lo positivo y lo negativo, los desafíos y las dificultades… y la alegría por una tierra segura donde veríamos a Majed realizando sus sueños”. Para Hossam y Afrae, todos los sitios en Alemania eran iguales. No mantenían relaciones allí. Ni raíces, ni familia, ni amigos. No fue difícil aceptar la propuesta de la ciudad de Görlitz, que adolecía de carencia de farmacéuticos. Hoy, después de cuatro años de esfuerzo, de cansancio y de sufrimiento para adaptarse e intentar que los demás acepten tu diferencia y de volver a trabajar en lo que conocen, se empezó a crear una relación entre el matrimonio y el lugar con algo de armonía. Majed iba dando forma aquí poco a poco al sueño de toda la familia. Hossam, el padre, dice ahora: “Hoy considero Alemania mi casa, la tierra que me hospedó sin conocerme, mientras que hay muchas otras patrias que me conocen pero me rechazaron”.

Afrae y Majed, en las inmediaciones del río helado de Neisse.
Afrae y Majed, en las inmediaciones del río helado de Neisse.

Pero así expresa Hossam su sufrimiento: “Permaneces siempre siendo un refugiado”. Como si fuera una deshonra o un cliché hacia los demás para poner a estas personas bajo vigilancia permanente. “¡Nos temen a nosotros, que buscamos la paz! Cuando nos equivocamos, nos llaman refugiados, y si somos ejemplares, nos llaman buenos refugiados. Y ¿quién puede aguantar esta presión y fingir ser ejemplar en cada acto?”.

Afrae, farmacéutica siria refugiada en Alemania con su familia, y su hijo Majed.
Afrae, farmacéutica siria refugiada en Alemania con su familia, y su hijo Majed.

Y queda otra cuestión pendiente: ¿existe la posibilidad de que se juzgue un día a estas personas como a cualquier ser humano que comete errores y acierta sin fijarse en su color ni en su etnia, ni en su religión, ni en su país? ¿Igual que cualquier alemán, francés, danés, español u holandés que tienen buen comportamiento o cometen errores? ¿Existe la posibilidad de que un día se cambie la palabra “refugiado” por “humano”? 

Los vídeos de este reportaje pertenecen al documental 'Rebuilding, life, love, memories', de Carole Alfarah.