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ARTE

La segunda vida de una bicicleta

Meissa Fall creció en la isla de Saint Louis entre herramientas. Su padre se dedicaba a la mecánica y él adoptó el oficio, pero dándole además una nueva dimensión artística

Meissa Fall, en su taller de bicicletas en Saint Louis (Senegal), junto a una de sus esculturas.
Meissa Fall, en su taller de bicicletas en Saint Louis (Senegal), junto a una de sus esculturas.
Saint Louis (Senegal)

“La vida y el mundo son como una bicicleta”, reflexiona Meissa Fall al saludar, utilizando ambas manos y reclinándose hacia el interlocutor. “Son una unidad, pero están formadas de piezas que se necesitan una a la otra”, añade con un toque místico. Tiene motivos para hacer esa comparación: desde hace tres décadas, Fall otorga una segunda vida a los velocípedos y motos desguazadas, imposibles de reparar. Lo hace desde una vertiente artística, que le brotó mientras aprendía el oficio de mecánico junto a su padre. Con cada pedazo de metal elabora una escultura. Allí donde otros no ven más que un manillar y un sillín, él descubre una cabeza de cabra. O donde solo se palpa un tubo de escape agujereado, él encuentra la silueta de un pescador, figura característica de Saint Louis, en Senegal.

A sus 55 años, Fall no se ha movido de esta ciudad. Ni siquiera ha cambiado de barrio: el taller donde atiende, al sur de la isla, es el mismo que montó su abuelo y fue traspasándose de generación en generación. Desde pequeño, dice, veía algo más que las maniobras de resucitación que ejercía su progenitor en los aparatos. En su cabeza surgían formas, instantáneas de aquellas bicis o motos irguiéndose como creaciones artísticas. Y por eso compagina las dos profesiones: atiende a quien quiere reparar su medio de transporte y amplía el horario uniendo piezas con un soplete.

El resultado es una enorme colección que trepa hasta el cielo en un habitáculo minúsculo. Meissa Fall encuentra en menos de 10 metros cuadrados el espacio suficiente como para acumular el material necesario y desarrollar sus obras, aunque suela salirse a la puerta para darle el empaque final. “Al principio, transformaba los objetos en las horas que tenía que estar en el taller, sin poder ver a mis amigos”, rememora el artista con una voz delicada y mirando hacia arriba, como si le cayeran de lo alto palabras o ideas mientras habla. “Quería hacer monumentos”, dice entre sorbos a un vaso de café touba, típico estimulante de la región. Lo primero que le salió fue una especie de langosta con una chapa de motos MBK. “Se la enseñé a mis amigos y les gustó”, afirma, aunque reconoce que a su padre no le hacía tanta gracia esta inclinación por la belleza y que se perdió el reconocimiento reciente cuando murió, hace cuatro años.

Donde solo se palpa un tubo de escape agujereado, él encuentra la silueta de un pescador, figura característica de Saint Louis, en Senegal

Su capacidad de imaginar nuevos universos, de hecho, se plasma en cada detalle. Al recibirnos, por ejemplo, acopla un cojín en un mortero y se convierte en silla. Y en la pared ha juntado manojos de piezas que parecen llaves de una mansión o unos trofeos metálicos de caza que habría quien los considerara simple chatarra. “Nada es imposible con voluntad. Con perseverancia se gana el cielo”, suelta Fall, que se define como un “reparador” por encima de cualquier otro apelativo: “Nunca he dejado de ser un mecánico, aunque he huido de lo que hacen en el gremio cuando ya no hay solución, que ven las bicis o las motos como algo muerto”.

Fall hace gala de una maña prodigiosa para moldear elementos y salpicarlos de fantasía. “Yo escribo, no diseño. Cada obra es un relato, porque la escultura es un lenguaje”, indica. Usa el metal como fuente principal. Lo justifica explicando que es un material ancestral, que viene de la tierra y que tiene una dimensión superior: “En Senegal, a los bebés se les pone una pulsera de metal nada más nacer porque es sagrado, es protector y ahuyenta la mala suerte”. Fall se lamenta, sin embargo, de que sus vecinos no valoran sus creaciones. “La mayoría de mis compradores son extranjeros”, cuenta, después de haber dado un empujón a su faceta artística exponiendo en Dakar, Lille (Francia) o en galerías de su ciudad, donde el Instituto Francés expone una retrospectiva de su carrera.

"Nunca he dejado de ser un mecánico, aunque he huido de lo que hacen en el gremio cuando ya no hay solución, que ven las bicis o las motos como algo muerto"

Se queja del desinterés por parte de sus compatriotas y lo extiende al decreciente uso de la bicicleta. “En Saint Louis se utilizaba mucho. Mi padre siempre tenía el taller lleno. Pero ahora mucha gente ni se mueve. Va a trabajar y luego no hacer nada. Encima, cada vez hay más coches y es más peligroso”, describe. Claro que, cavila, si fuera como antes no sería artista: dedicaría el día entero a reparaciones. “Cada pieza tiene un alma”, dice señalando a un pelícano fabricado con un tubo de escape, a un eje con forma de mujer o a un flamenco procedente de una Vespa, “y ha llegado a ser lo que es después de muchas cosas”.

Para él, darle esta segunda vida es rendir tributo a la eternidad: la vida es corta, pero las bicis nunca mueren y continúan con el incesable ciclo de la humanidad, resume casi parafraseando las parábolas del poeta español Antonio Machado o esa máxima de Hipócrates: ‘Ars longa, vita brevis’. Fall cree que, además, en el mundo hace falta un orden como el que disponen las máquinas: “En el caos nada se crea. Es necesario un motor que mueva el resto. La mecánica es orden; el arte, desorden”. Sus inspiraciones no le llegan desde otros colegas, sino desde la filosofía. “Me gusta lo que hacen muchos artistas, pero entronco mi papel con la filosofía. Me siento y pienso”, afirma este musulmán que “ama al Profeta”.

“No es muy difícil hacer arte. Estamos rodeados de talismanes en bruto. En toda África existe un brillo interno. Solo hace falta pulirlo. Y Saint Louis es una ciudad calmada, tranquila, de aire, de cultura, que ayuda”, enumera de pie, a punto de despedirse. Aquí ha desarrollado su vida y aquí le dirá adiós, “si todo va bien”. Aquí también está formando a dos de sus seis hijos -Bassirou y Petit Joan, de 25 y 19 años-, que ya lijan a mediodía un panel alargado. “Es el oficio de nuestro padre y nos ha inculcado ese amor”, arguyen. A unos metros, tres de sus creaciones maúllan a la brisa que llega del río y se mezcla con el océano. Ninguna representa una bici, aunque en el imaginario propio de Meissa Fall sean piezas de ese engranaje llamado mundo.

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