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Caffè Greco: una leyenda en peligro de muerte

Los elegantes salones del Caffè Greco llevan 250 años acogiendo a los romanos y a los visitantes de la ciudad.
Los elegantes salones del Caffè Greco llevan 250 años acogiendo a los romanos y a los visitantes de la ciudad. Age Fotostock

El célebre local, eterno lugar de reunión de la cultura romana, es víctima del precio abusivo de los alquileres en la capital de Italia

ES MEJOR ACEPTARLO cuanto antes. El turismo y la uniformización comercial de las ciudades, también en escenarios tan impermeables a la monserga de las franquicias como Roma, se lo van a cargar todo. En la Via Condotti, a dos pasos de las escaleras de la plaza de España, sigue diluyéndose desde hace tiempo la esencia del Caffè Greco, templo con 250 años muy bien llevados donde pasaron largas tardes las leyendas del arte y la literatura de la ciudad. El propietario, una empresa israelí, ha decidido subir el alquiler de 17.000 a 180.000 euros al mes y los actuales gestores no saben ni por dónde empezar a negociar. Hay ya bofetadas de grandes marcas como Moncler por pagar ese dinero y transformarlo en una suerte de ­café-anuncio. El Greco no desaparecerá, el interior está protegido. Pero el tiempo y las cuitas seguirán descafeinando su sabor.

Hordas de turistas atraviesan a diario sus pasillos y piden una taza de lo que sea sin reparar en el sabor que pueda tener con tal de robar algunas fotos. No siempre fue así, claro. Aquí consumió tardes enteras Giorgio de Chirico, que hasta debió de cruzarse en alguna ocasión con el rey emérito Juan Carlos, instalado parte de su infancia con su tía, la infanta Beatriz, en el palacio Torlonia. La sala de los frescos, donde hoy se encuentra la caja registradora, vio entrar y salir a Fellini y a los actores de La dolce vita.

En una de las esquinas de la primera sala se sienta cada día durante horas y dos turnos separados solo por la hora de comer el artista Stellario Baccellieri. Lleva 40 años cumpliendo a rajatabla con una rutina que le permite dibujar, pintar y retocar sus cuadros hasta que los liquida y se marcha a su casa de la plaza de Venecia. “Roma es el Coliseo, San Pedro y el Caffè Greco. Jamás desaparecerá”, proclama casi de carrerilla con la paleta y los pinceles sobre la mesa y tocado con su sombrero de ala corta.

El origen de los cafés tenía que ver con el comienzo de la distribución y consumo masivo de esta infusión en Europa. Al lugar se venía en aquellos tiempos a eso. Y a Italia, como sucedía con tantas cosas en aquella época, la sustancia llegó primero a Venecia. Por eso, más antiguo que el Greco es el Florian en la plaza de San Marco, inaugurado en 1720. Café en Italia solía ser una cosa seria. El único Starbucks que la cadena estadounidense tuvo valor para abrir aquí hasta 2018 fue en Milán. Para abrirse paso ante un clima de hostilidad creciente, llegaron con un conjunto de palmeras bajo el brazo que plantaron junto a la plaza del Duomo como ofrenda a la ciudad. La primera semana ardieron.

El Greco ya debería haber bajado la persiana a la espera de la oferta definitiva de sus nuevos propietarios. Un error de forma y la presión de algunos sectores de la sociedad romana —y de un grupo de embajadas internacionales— han aplazado la situación límite hasta enero. Pero Via Condotti es hoy un lugar impracticable. Burberry ya tuvo que marcharse de un local en la misma calle después de que le exigiesen seis millones de euros al año. Los actuales gestores del Greco han ofrecido 350.000 euros anuales porque, dicen, es el 10% de su facturación. Porque sí, un lugar así puede facturar todavía tres millones y medio sin despachar batidos y cafés con leche de medio litro. Aunque también eso, como el aroma de la ciudad donde usted vive, se evaporará.