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Los enemigos aliados

Si en Latinoamérica hay una oportunidad para la izquierda, esta pasa no solo por la renuncia simbólica y sentimental a Cuba, sino también por la denuncia de la naturaleza represiva e injusta del castrismo

cuba
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, junto a su homólogo ruso, Vladímir Putin. AFP

Un enemigo fiel sabe cuándo lo necesitan. Nicolás Maduro declaró recientemente, aunque luego matizara sus palabras, que las revueltas populares en Chile y Ecuador respondían a cierto plan desestabilizador de la región urdido por el Foro de São Paulo. Era todo lo que la derecha esperaba que su némesis, su fanfarrona némesis, dijera. La OEA recogió el guante de inmediato y su Secretaría General publicó un comunicado en el que culpaba a "las dictaduras bolivariana y cubana (…) por financiar, apoyar, y promover conflicto político y social".

A punto de cumplir 500 años, La Habana es ahora mismo una ciudad que se está cayendo a pedazos y que celebra como un advenimiento el regalo de 16 constelaciones de luminarias hecho por la ciudad de Turín para alumbrar en las noches de aniversario la céntrica avenida Galiano. La Casa Blanca acaba de suspender los vuelos directos de compañías estadounidenses a cualquier destino de la isla que no sea La Habana, y, también como resultado del recrudecimiento del embargo, la aerolínea estatal Cubana de Aviación ha perdido los contratos de arrendamiento de aeronaves en importantes enclaves regionales como Santo Domingo, Cancún o Ciudad de México.

El dólar, además, ha vuelto a irrumpir en una economía local de dos monedas que, después de muchos años queriendo convertir esas dos monedas en una, ha logrado convertir dos monedas en tres, devaluando todavía más, si esto fuera posible, el salario de los trabajadores y sujetándose, como tabla de salvación segura, al envío de remesas de una diáspora y un exilio cuya liquidez es bienvenida pero cuya voz política es constantemente vilipendiada o descartada.

Las protestas últimas latinoamericanas se deben a las propias contradicciones de las desigualdades internas y al agotamiento de una lógica neoliberal al uso que no ha podido volver a asomarse, en el caso de Ecuador, ni, en el caso de Chile, recordar que estaba ahí. El Gobierno de Piñera va tanteando, proponiendo medidas paliativas de la crisis, como si no quisiera o no pudiera enterarse de qué es lo que las marchas reclaman.

No se ve un liderazgo definido porque, aunque se parte de un hecho específico como la subida de precio del transporte público, no se exige un cambio puntual, remendar aquello que es siempre una consecuencia ideológica, sino que asistimos al desbordamiento de cierta acumulación de hechos específicos que definen el carácter y, sobre todo, el límite de un modelo económico y político determinado. Entonces se ataca todo y nada, allí donde la ideología no adquiere una expresión física y cree desaparecer, en el corazón de sí misma, planteada como orden natural o correcto de las cosas. "El centro falta", dice Mark Fisher en esa pequeña biblia llamada Realismo capitalista, "pero nunca podemos dejar de buscarlo o presuponerlo. No es que no haya nada en el centro; es que lo que hay allí es algo incapaz de ejercer responsabilidad".

En marzo de 2018 entrevisté en Buenos Aires a Pablo Avelluto, a la sazón ministro de Cultura de Cambiemos. Habló de conceptos como "felicidad", "creatividad" o "tolerancia", y reivindicó que su movimiento político no viniese de ninguna parte. Tal pareciera que habían surgido por generación espontánea. Era una cruzada new age, una atractiva disolución de los términos políticos en cierta jerga publicitaria lo que los había llevado al poder. Ese experimento cifraba algo que la derecha había detectado, después del fracaso neoliberal de los 90 y de la desintegración del bloque populista de los 2000. La necesidad de una nueva narrativa social, pero, ante la imposibilidad de encontrarla, solo intentaron vaciar la que ya tenían. No les fue posible. Un par de meses después de la entrevista con Avelluto, Mauricio Macri le pedía ayuda externa al Fondo Monetario Internacional (FMI).

Ese reto no excluye a nadie. Si en Latinoamérica hay todavía algo como la izquierda, y más intrincado, si esa izquierda tuviera, aún, una oportunidad, esa oportunidad pasa no solo por la renuncia simbólica y sentimental a Cuba (y el símbolo marca el horizonte de posibilidades), sino también por la denuncia directa de la naturaleza represiva y profundamente injusta del castrismo. Desde La Habana están dispuestos a verse a sí mismos como guías justicieros y ejemplo histórico de toda manifestación o disputa genuina que vaya contra el capital. Es una mancha estalinista que embarra, pero la izquierda tiene que aprender a sacarse ese lastre de encima, o no sería. "But if you go carrying Pictures of Chairman Mao, you ain´t going to make it with anyone anyhow" [Pero si vas por ahí con fotos del camarada Mao, igual no le caerás bien a nadie], cantaban The Beatles desde los sesenta.

Hoy Cuba dista mucho de jugar el papel geopolítico activo que jugó en la región casi hasta la muerte de Fidel Castro, primero con el fomento declarado y el apoyo directo a innumerables focos guerrilleros entre las décadas de los sesenta y los ochenta, y tras la caída del Muro de Berlín, luego de unos años de supervivencia muy parecidos a estos, con su nefasta y creciente injerencia en los designios políticos de Venezuela. De hecho, otros Gobiernos latinoamericanos cercanos al castrismo, como lo fueron en su momento Correa en Ecuador, el kirchnerismo en Argentina, Lula en Brasil o, todavía hoy, Evo Morales en Bolivia, mantuvieron una afinidad retórica e inmejorables relaciones bilaterales con la isla, pero en sus políticas económicas particulares y en la configuración de sus gestiones no puede detectarse el peso demoledor que tuvo, y aún tiene, La Habana sobre Caracas.

Cuando un cubano o un venezolano matizan el mal que desencadena las protestas en otros países latinoamericanos, solo porque ese mal no es el comunismo, actúan de la misma irritante manera que han actuado con ellos los guevaristas trasnochados cuando intentan convencerlos de las bondades de sus respectivos países. Pero, ¿cuán inestables o apenas cuán formales deben ser las democracias latinoamericanas para que la OEA necesite mantener vivo un fantasma de plomo como Cuba? Un fantasma que no pulula, que se hunde.

El presidente Miguel Díaz-Canel, mientras Chile empezaba a arder, estaba de gira nada menos que por algunos países europeos como Irlanda o Rusia. Aunque no se informó con claridad a qué había ido tan lejos Díaz-Canel, no resulta difícil concluir que fue a traer lo que le dieran, diez bicicletas, un galón de petróleo, un juego de matrioshkas para revender, algo que al menos mejore mínimamente el transporte local y lo libre a él de tener que recoger pasajeros en las calles, esos racimos de personas que se agolpan en las paradas de buses y que son la incontrastable evidencia de que ese país desarticulado no controla ni su propio destino.

A la espera aún de saber qué consiguió Díaz-Canel en Europa, y ante el pánico de que no haya conseguido nada y Raúl Castro lo regañe por haber desperdiciado combustible y logística en su infructuosa labor de tesorero, el presidente cubano se tomó una foto en Dublín al lado de una estatua de James Joyce. Díaz-Canel no sabe realmente quién es Joyce, pero alguien le dijo que una foto así podía hacerlo parecer un hombre culto sin tener que leer. No desaprovechó la oportunidad. El castrismo se define por querer prosperidad sin producir, democracia sin derechos, y estatuas de escritores, no escritores.

Envuelta de modo cada vez más absoluto en la lucha por su propia supervivencia, sin fuerzas ni voluntad para guiar a nadie, y sin razones morales para hacerlo, Cuba solo está tratando de ver hasta dónde se alarga una dictadura sin dictador. Es un aparato burocrático descabezado que semeja, con Díaz-Canel al frente, una imagen cubista, como si en el cuello del castrismo hubieran injertado un pie. De ahí que, fiel a su función, ajeno a todo, en estos días convulsos el presidente cubano se fuera a Europa a hacer lo que le enseñaron. Fingir que no tiene delante la misma piedra de siempre y volver a tropezar.

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