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Entre las flamas y la derecha

En realidad, nadie se siente con la autoridad suficiente para afrontar la crisis en Cataluña como lo que es: un problema político

Columna de humo en el centro de Barcelona durante las protestas por la sentencia del juicio del 'procés', el pasado viernes.
Columna de humo en el centro de Barcelona durante las protestas por la sentencia del juicio del 'procés', el pasado viernes. AP

Dice el ministro Marlaska que “en Cataluña sólo hay un problema de orden público”. Insiste el presidente Sánchez que estamos ante un problema entre catalanes que tienen que resolverlo entre ellos. Y paralelamente el parlamento catalán vuelve a poner la autodeterminación por delante. Con estas exhibiciones de ignorancia voluntaria no es extraño que los ciudadanos, perplejos, digan en las encuestas que no ven salida a esta crisis. En realidad, nadie se siente con la autoridad suficiente para afrontarla como lo que es: un problema político. Y las llamas de las hogueras de las calles de Barcelona han contribuido poderosamente a esta huida de la realidad.

Después de dos años de inoperancia, con la coartada de la espera del pronunciamiento del Supremo, unos y otros siguen negando lo evidente. El Gobierno español se resiste a tratar al independentismo como sujeto político y pretende reducir el problema a una cuestión policial. Y el independentismo sigue inventando declaraciones parlamentarias retóricas, para salvar la imagen de una unidad inexistente.

En una visita relámpago a Barcelona, del que es difícil entender los objetivos y más todavía los resultados, el presidente Sánchez ha dicho a los policías: “La crisis no se ha acabado pero hay que persistir. Ellos quieren cronificarla pero nosotros somos mucho más persistentes, mucho más cabezudos”. Se sitúa así en el discurso del nosotros y ellos, inscrito en el choque de nacionalismos. Y avalando por tanto la cultura de confrontación, cuando la próxima legislatura debería ser la de las soluciones políticas. El presidente habla como si sólo lo fuera de unos catalanes (“nosotros”) y “ellos”, los otros, le fueran ajenos.

Cuando la violencia protagoniza las portadas, la política decae. Y si se cruza con una campaña electoral, peor todavía: evitar una foto con Torra antes del 10-N es el objetivo supremo de Sánchez. El propio independentismo, en su desconcierto estratégico, ha perdido lo que podía ser un argumento para ganar complicidades, en la medida en que la sentencia ha quedado escondida detrás de las flamas, cuando debería sido el centro del debate, porque no afecta sólo a Cataluña sino que es un aviso para navegantes en toda España. En la línea de los vientos reaccionarios que soplan en Europa, siguiendo el retroceso legislativo en materia de libertades que tuvo un destacado momento en la ley mordaza del PP, el Tribunal Supremo, sacando del olvido al delito de secesión, establece una jurisprudencia que deja en el alero de la arbitrariedad un sinfín de movimiento sociales y alternativos. ¿Qué habría sido del 15-M con esta sentencia?

El miedo a la derecha ha sido históricamente la tragedia que ha arrastrado a la socialdemocracia al desastre. Sánchez no osó apostar por un gobierno progresista y ahora se encuentra atrapado entre el fuego y la derecha, apostando a que la exhumación de Franco movilice al frustrado elector de izquierdas. Casi un milagro.

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