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Vuelve el catalanismo

La española no es una democracia militante y acepta e incluye todo planteamiento político que respete sus reglas

El 'president' Quim Torra, el pasado jueves, a su llegada en un acto en Cornellà (Barcelona).
El 'president' Quim Torra, el pasado jueves, a su llegada en un acto en Cornellà (Barcelona).

Vuelve el catalanismo moderado. Y, como tal, contrario a la vía unilateral e ilegal que ha caracterizado al grueso del procés soberanista. Y que sigue configurando la política exaltada del menguante círculo de Waterloo compuesto por Carles Puigdemont, Quim Torra y sus próximos.

Esta semana aparecerán en público dos iniciativas en ese marco. La que más expectación ha suscitado surge desde abajo: es la reunión de reflexión de Poblet titulada El país de demà (“El país de mañana”), a la que se han citado cerca de 300 profesionales de distintas tendencias con el ánimo de compartir una radiografía de la situación catalana y un programa para recuperar su vitalidad.

La otra es un proyecto de coordinación de círculos y partidos huérfanos del pujolismo —como Lliures y la Lliga, entre otros— que enfatiza la agrupación de líderes. Pero en la que, carente aún de un suelo ideológico común, se echa en falta la presencia de los dirigentes democristianos (Units per Avançar) y del círculo más cercano a Manuel Valls. La concurrencia del grupito de los Convergents, capitaneados por el presunto arquitecto de las mordidas del 3% en época de Artur Mas, el inculpado Germà Gordó, más que sumar, resta.

En todo caso, se llevará el gato al agua la alternativa que mejor combine un programa de amplio espectro con un liderazgo claro y decente. Que sepa llenar el enorme hueco dejado por el radicalismo. No son los desafectos quienes han generado el vacío, sino sus dirigentes, entregados a las ensoñaciones más irreales.

Ellos expulsaron de las filas nacionalistas a los más dialogantes, o les hicieron la vida imposible. Ellos fracturaron a la sociedad catalana mientras reclamaban “unidad” siempre en favor del escenario más rupturista. Ellos gobernaron casi un decenio sin mejorar la condición económico-social de los catalanes y los invitaron a enemistarse con el resto de los españoles. Ellos fracasaron en su intentona desestabilizadora y rupturista de hace dos años y nunca han reconocido diáfanamente su fiasco, un paso imprescindible para poder luego variar de rumbo con credibilidad.
Comulguen o no los distintos actores con un ideal secesionista, la clave es que se exhiben como respetuosos de la legalidad y adeptos a la negociación. La española no es una democracia militante y acepta e incluye todo planteamiento político que respete sus reglas.

Por ello no solo acepta esas iniciativas, sino que les dará la bienvenida. Sobre todo, en tanto ayuden a superar la anomia social, la crisis política y la fractura interna de Cataluña. Y más eco obtendrán cuanto más se ensañe el círculo de Waterloo contra quienes considera botiflers, traidores o dudosos en la obediencia a sus consignas sectarias de enfrentamiento, división e intransigencia.

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