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Primer amor

Jamás de los jamases nadie se tendría que enterar, y menos ella, era un secreto tuyo, pero lo siguiente era decírselo

Si preguntas a alguien por su primer amor, se transporta a un verano, en un viaje olvidado que hace mucho que no hacía. Suele ser en verano cuando ocurría, conocías gente distinta, una persona nueva. Y por lo que he hablado con amigos, no era como en las películas, si hablamos de la primera vez que se siente y dices: “Ah, conque esto era, lo que sale en las películas”. Eso es lo único que es igual, todo lo demás, no. Lo sientes antes de tener el equipo completo. Tenías conciencia de que eras demasiado pequeño para hacer nada, nada de lo que se veía en las películas, porque aún eras un niño: ir solos al cine, o algo que te parecía aburridísimo pero parecía clave, cenar en un restaurante.

Era una primera sensación compleja: nunca jamás de los jamases nadie se tendría que enterar, y menos ella, era un secreto tuyo, pero al mismo tiempo sabías que lo siguiente era decírselo, era necesario. Te hallabas ante un vacío desconocido donde había que dar un salto, un salto hacia otra persona, estaba relacionado con el valor. Tengo amigos que nunca se lo dijeron, y me incluyo, y todavía hoy no han contado nunca a nadie quién fue ese primer amor. Pasó el verano y ya está. Luego llegan otros.

Que no pasara nada, que la acción fuera nula, tenía que ver con que ocurría en un momento embrionario previo al sexo, en que aún no se había manifestado claramente. Es decir, ya sabías o intuías lo que era, se hablaba de ello, pero te parecía absurdo. Era algo incomprensible e incluso asqueroso que hacían los mayores, quién sabe por qué. La risa que nos daba imaginar las parejas. Me pasé un verano imaginando a los amigos de mis padres haciéndolo (con los míos no era capaz, te estallaba la cabeza), y luego ya a cualquiera que me cruzara por la calle, a los que salían en la tele, al presentador del telediario, a los reyes de España. Los humanos, vistos así, tenían algo de ridículo. Hasta que poco a poco tú mismo te veías haciendo cosas que no podías imaginar, porque no sabías ni cómo se hacían. Te fijabas en los diálogos de las películas, a ver cómo conseguían ellos ligar, pero les llevaba cuatro escenas, y a ti te costaba años solo dirigirle la palabra. Te pasabas el verano pendiente de qué hacía o dónde estaba, y cuando se acercaba de improviso el aire se hacía efervescente. En las sucesivas oleadas de los veranos iba llegando el amor cada vez con más fuerza y en un primer momento te conmovía la belleza, pero si además veías que era buena persona comprendías que estabas perdido. Peor aún si era mala.

Esa conmoción original es a la que uno regresa luego instintivamente para comparar lo que siente. Conrad describe esa impresión así: era una de esas mujeres que cuando entraba en una habitación todos los hombres pensaban que habían malgastado su vida. Si haces los cálculos, la primera vez que sentiste el amor eras un enano de 11, 12 años. No dirías ahora, al ver un crío de esa edad, que todo eso bulle en su interior. Saben más de lo que parece. Pero pasa lo mismo más tarde. En una conversación con una mujer muy mayor, siendo yo muy joven, me confió: “¿Sabes? La gente piensa que se pasa con la edad, pero el deseo nunca se apaga”. Hablábamos de la vida en general, no me lo dijo en ningún plan, creo. Ese deseo que nació hace tantos años, indescifrable y lejano, nos acompaña hasta el último de nuestros veranos, cuando reaparecen los cuerpos y todos estamos más guapos.

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