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Ya es mañana

Durante la infancia, el tiempo no pasaba en los veranos. Eran infinitos. Y daba igual donde estuvieras. De adultos es al revés

Disfrutando de la puesta de sol en el mar del Norte, en Cuxhaven, Alemania, el pasado 25 de julio.
Disfrutando de la puesta de sol en el mar del Norte, en Cuxhaven, Alemania, el pasado 25 de julio.

Es increíble recordar ahora, que las vacaciones pasan volando, cómo no pasaba el tiempo en los veranos de la infancia. Se hacían infinitos y, para redondear el contraste, más o menos daba igual donde estuvieras. Cualquier sitio es perfecto para un niño, el mundo le parece bien como está. Tengo amigos que evocan con nostalgia tres meses en el pueblo de los abuelos, donde no había nada especial y simplemente les dejaban sueltos por allí. De adultos es al revés: lo más importante es el sitio, de ello depende la calidad del verano, el tiempo ya sabes que es poco. Pero si te dan a elegir entre tres meses de vacaciones en tu ciudad, sin poder irte, o tres semanas en el Caribe, seguramente elijas lo segundo. La gente pregunta dónde vas o dónde has estado, es lo que determina si tu verano ha sido la pera o nada del otro mundo. En algunos casos ya es una cuestión de currículo estar en lugares únicos, exclusivos, hasta inexplorados, carísimos. En una novela sobre alpinismo, James Salter da una clave de nuestro tiempo. Un escalador dice que le gustaría subir una montaña temida y muy difícil, y el protagonista le responde: “No quieres subirla, quieres haberla subido”. Hoy peor, una vez que haces una foto a algo ya no te interesa. Es difícil parar esta ansiedad de que nos pasen cosas y estar tranquilamente perdiendo el tiempo en cualquier lado.

En la juventud hay una idea que en verano se intuye de forma poderosa: aprovechar el tiempo. Pero ¿qué demonios es aprovechar el tiempo? (Y peor aún, qué es hacer algo de provecho, una frase odiosa de los mayores). Hacer cualquier cosa, hacerlo todo, no hacer nada. Más bien iba saliendo una combinación espontánea de las tres cosas. Pasaba la tarde y lo mejor que se te ocurría era hacerte el muerto para darle un susto a tu primo. Tumbarte inmóvil hasta que apareciera y ver qué hacía. El aburrimiento puede crear situaciones interesantes. Pero un momento de aburrimiento en las vacaciones adultas prácticamente significa el fracaso de todo un proyecto de vida.

Aun así, siempre hay en verano dos acontecimientos que recordamos de repente, aunque siempre están ahí. Son el crepúsculo y el amanecer, que el resto del año se sobreentienden. Un día en la playa te despistas de la hora, te apetece quedarte mientras se vacía, y decides ver la puesta de sol. Esperar a que ocurra. También te tumbas por la noche a aguardar una estrella fugaz. Pero es ver amanecer el momento que tiene algo más subversivo, parece que no deberías estar levantado a esa hora mirando los engranajes del mundo. Madrugar para verlo no vale, tiene que ser después de estar toda la noche despierto, como culminación de un despropósito. Te quedabas hablando hasta el alba, creíamos en la conversación. Cuando superabas la medianoche alguien decía: “Ya es mañana”, y notabas que entrabas en un territorio extraño. Tenía un amigo que se deprimía si al salir de una discoteca era de día, como si saltarse la noche fuera un pecado. Recuerdo la impresión de la primera vez, ver surgir el sol de repente como una pelota de tenis de un rebote. Recuerdo pensar que iba asombrosamente rápido, imparable. Una amiga —ya creía que las mujeres sabían más que yo y les atribuía cualidades sobrenaturales— me dijo al oído como un secreto: “No es él, somos nosotros los que nos movemos”. De pronto no vi el mundo de la misma manera, sentí que iba lanzado por el espacio, que el tiempo corría que se mataba, y supongo que fue entonces cuando se jodió todo.

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