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Aladdin lo pasaría mal en España

La propia desprotección de los menores migrantes no acompañados les convierte en la diana perfecta para ser parte del discurso del miedo y a continuación, del de odio

Explica Juan Antonio Marina en uno de sus libros menos conocidos La pasión del poder, cómo una de las formas tradicionales de ejercer el poder es aquella que se basa en la capacidad de conseguir que otros actúen como yo deseo. El poder a través del dominio de los demás. Un control que choca con un obstáculo básico, los seres humanos somos poco dados a ceder nuestra autonomía. Para ello necesitamos que se nos seduzca con un buen motivo y existen fundamentalmente dos caminos para ello: la expectativa de mejora o el más ancestral de todos, alimentar nuestra sensación de inseguridad a través del miedo.

El problema de las sensaciones y las emociones es que no necesitan ser una causa tangible. Es suficiente con que se genere un clima colectivo de amenaza, aunque no es necesario que exista tal peligro objetivo, para que el miedo sea una emoción muy real. Miedo a las brujas en la Europa del siglo XVII, al enemigo judío en la Alemania de los años 30 o a los comunistas en los EE UU de los años 50 y 60. Todos ellos procesos de psicosis colectiva con víctimas reales que sufrieron las consecuencias de un miedo construido sobre quiénes eran; la mayor parte de las ocasiones, quienes menos capacidad de defensa tenían.

Esa inseguridad construida genera un sentimiento lógico de rechazo hacia el colectivo que encarna la supuesta amenaza. Cuando se instala esta carga emocional en al menos una parte de la sociedad tenemos el terreno abonado para animar a la población a reaccionar contra el sujeto que nos pone en peligro. Pasamos del discurso del miedo al discurso del odio. Señalar al otro como peligro que debe ser eliminado o cuando menos controlado.

Así tenemos quien señala el peligro de las mujeres que reclaman la igualdad, el peligro de desestabilización de la familia tradicional que supone la libertad sexual o la supuesta amenaza de la inmigración.

No tenemos muchos genios de la lámpara, pero sí demasiados Yafar dispuestos a conseguir el poder a costa de criminalizar a quienes menos capacidad de defenderse tienen

La difusión y sobredimensión durante todo 2018 de las imágenes de las llegadas a las costas andaluzas, contribuyó a reforzar la sensación de inseguridad de 46 millones de ciudadanos en España. No fue relevante que la mayor parte de esta población nunca tuviese contacto con ningunas de las personas que lograron sobrevivir al Mediterráneo, ni que esta llegada haya tenido un efecto nulo sobre la vida cotidiana de la población española, ni tampoco que la inmensa mayoría de quienes llegaron abandonase el país en semanas camino de Francia, Holanda o Alemania. La retórica sobre las llegadas a las costas generó un impacto importante sobre la población que se tradujo en un incremento de la preocupación por el efecto de las migraciones. No tardó esta preocupación en ser aprovechada y convertida en discurso político bajo el paraguas de la "defensa del país" y las "costumbres nacionales".

Pero la dinámica de las migraciones responde a cuestiones muy complejas, y este 2019 los 170.000.000 euros concedidos a Marruecos para que ejerza de gendarme de la Unión Europea hacia la población subsahariana han obrado el milagro. Eso y una agencia de Salvamento Marítimo a la que se le impide actuar con libertad, ha hecho que este año las cifras de las llegadas a las playas de España hayan descendido enormemente. Esto es a costa de muertes y no pocas violaciones de derechos humanos, pero eso no queda bien en los informes del Ministerio del Interior.

Para quienes aprovechan y alimentan el miedo a las personas migrantes como forma de fundamentar su poder político y social esta es una mala noticia. Sin sujeto que protagonice portadas en la prensa es difícil construir un adversario que genere miedo. Se necesita actualizar el discurso y encontrar otro elemento sugerente.

Y ahí aparecen los que se conocen como menores extranjeros no acompañados. Una realidad dolorosísima, consecuencia de la precariedad o directamente la pobreza de millones de familias en Marruecos, Guinea, Argelia o Costa de Marfil. Chavales que acaban contemplando como solución a la falta de futuro, embarcarse en una viaje en solitario hacia Europa.

De la problemática de estos chavales y la carencia de respuesta adecuada por las administraciones implicadas han dado cuenta reiteradamente diversas organizaciones y más recientemente el último informe de Andalucía Acoge. Esta falta de respuesta que se ha convertido en un sector de negocio, como tantos otros servicios públicos, ahonda en la exclusión de los chavales. Adolescentes, africanos, en su mayoría musulmanes y solos. Un perfil perfecto para generar desconfianza en una población cada vez menos acostumbrada a la infancia e impactada por la imagen de las llegadas a costa del año pasado.

En una España en la que niños y adolescentes no merezcan toda la protección sin importar su origen, es difícil que exista un futuro digno para nadie

Su propia desprotección les convierte en la diana perfecta para ser parte del discurso del miedo y a continuación del discurso del odio. La administración que debiera protegerlos los considera un problema, no una responsabilidad y tan sólo un puñado de ONG´s (que corren el riesgo de ser criminalizadas a su vez) llaman la atención sobre los derechos de la infancia y su trato como chavales antes que como migrantes.

En este proceso se entiende la polémica generada en el barrio de la Macarena de Sevilla por un grupo de agitadores contra un centro de acogida a estos chicos o los ataques a centros de menores en Barcelona. Mientras Disney nos vuelve a encandilar con su último remake de la historia de Aladino. Un chaval que vive solo como ocupa de un edificio en ruinas y roba para comer en las calles de Agrabah. Atención spoiler, logrará prosperar gracias a la magia y ser puro de corazón.

Fuera de las salas de cine, nuestras calles y nuestras redes sociales van sucumbiendo al miedo y el odio hacia estos chicos. No tenemos muchos genios de la lámpara, pero sí demasiados Yafar dispuestos a conseguir el poder a costa de criminalizar a quienes menos capacidad de defenderse tienen y más sufren los desajustes del mundo y la falta de respuesta de las administraciones. Nuestra es la posibilidad de frenar esa dinámica de odio al que está más solo y empezar a entender que en una España en la que niños y adolescentes no merezcan toda la protección sin importar su origen, es difícil que exista un futuro digno para nadie.

José Miguel Morales es secretario general de Andalucía Acoge.

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