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Los más analógicos sobrevivirán al apagón

Ante la amenaza de un ciberarmagedón, conviene revisar la estrategia de supervivencia. ¿Estamos preparados para grandes ataques a infraestructuras?

Un mercado de Buenos Aires, iluminado con velas durante el apagón del pasado 16 de junio. 
Un mercado de Buenos Aires, iluminado con velas durante el apagón del pasado 16 de junio.  NurPhoto / Getty Images

En caso de un ataque zombi, ¿es mejor permanecer en casa encerrado hasta morir de hambre y sed, o salir a vagar por supermercados repletos de comida y peligros? Cualquier espectador televisivo sabrá que tanto da una cosa como la otra: las series hoy nos enganchan, pero no nos educan, no hay en ellas moralejas. La cultura popular está vacía de información para el día después del ciberarmagedón.

Tras una de las épocas más largas de paz continuada en los países desarrollados, los que hemos nacido sin memoria de hambre y guerra desconocemos cómo enfrentarnos a la escasez. Creemos que, si no hay nada en la nevera, siempre podemos pedir comida a domicilio, y si se ha ido el agua, el proveedor del servicio no solo lo solucionará, sino que nos facilitará agua embotellada para ducharnos, cocinar o tomarnos el batido de proteínas antes de salir a correr por calles iluminadas mientras escuchamos nuestra lista de reproducción, algo que, por cierto, no poseemos. Al comprar una vivienda, no consideramos que todos los servicios dependen de la electricidad y que no podremos calentarnos ni cocinar si se va la luz. Vivimos en casas cada vez más pequeñas en las que almacenar por si algo falla mañana es una ilusión.

Los que apuestan por el Internet de las cosas (IoT) no contemplan la posibilidad de que sin electricidad su hogar puede pasar a ser un búnker del que no podrán salir. Usamos Uber para transportarnos, Glovo para comer, la nube para almacenar el trabajo y el conocimiento, y ya no vamos a la sucursal bancaria porque la han sustituido por apuntes contables evanescentes, repositorios de dinero electrónico, tokens o intangibles criptomonedas como la recién anunciada libra de Facebook. Damos por sentado que siempre habrá conexión, electricidad y agua, y una estructura de poder que se hará responsable del servicio, que siempre habrá alguien al otro lado del teléfono para atender una petición desesperada. En la realidad líquida baumaniana de hoy vivimos sin red, en un mundo lleno de individuos precarizados que son compensados con inmaterialidad y que con su estilo de consumo hacen desaparecer modelos de negocio, contribuyendo así a su propia precariedad.

Quienes confían en la economía colaborativa serían los primeros en caer. Los más analógicos se defenderían mejor

Tras los atentados del 11-S, primero EE UU y luego la UE empezaron a evaluar el peligro que entrañaría un ataque o una caída de las infraestructuras críticas o estratégicas para las que no hay alternativa y que son necesarias para el mantenimiento de las funciones sociales básicas como la salud, la seguridad, el bienestar social y económico de los ciudadanos o el eficaz funcionamiento del Estado. En España, desde 2007, el Centro Nacional de Protección de Infraestructuras y Ciberseguridad (CNPIC) vela por que estos servicios estén protegidos y cuenta con un personal voluntarioso pero escaso ante una amenaza creciente de tintes transnacionales.

Lamentablemente, han aumentado las alertas que indican que no nos aguarda lo mejor. El avance de movimientos radicales, las limitaciones de recursos naturales (como el agua) o de servicios esenciales (como la energía), sumado al aumento y el carácter crítico de los ciberataques —algunos privados, otros dentro de una estrategia de escalada de tensiones geopolíticas—, no auguran nada bueno. El propio presidente Trump optó, según informó él mismo, por un ciberataque a Irán en lugar de un ataque militar convencional como le sugerían sus halcones.

Los países asumen como nueva normalidad los ciberataques a infraestructuras críticas del oponente. Troyanizar al enemigo o al competidor forma ya parte de su estrategia política y comercial: ensayan o avisan con ataques a infraestructuras similares para que sepan que los siguientes pueden ser ellos, o tumban Estados enteros para luego ir en su auxilio.

En España, el Centro Nacional de Protección de Infraestructuras y Ciberseguridad sitúa el nivel de riesgo como muy alto

Ante este panorama, actores estatales y empresariales elaboran planes de acción, reacción y continuidad de los servicios en escenarios controlados. Las situaciones complejas propias del embrollo en el que vivimos están menos trabajadas. Mencionemos, para animar al lector a empezar a elaborar su kit de supervivencia, que el CNPIC cifra el nivel de alerta en infraestructuras críticas (NAIC) en 4 (riesgo alto) sobre 5 (riesgo muy alto).

¿Qué impacto tendría una limitación energética en las empresas digitalizadas, en los ciudadanos dependientes de su conectividad, en los trabajos, en el abastecimiento de las ciudades, los hospitales, en la información y el conocimiento? ¿Qué pasaría si un apagón de unos días como el ocurrido recientemente en Argentina fuera permanente? El peligro no sería perder lo que hay en el frigorífico, sino no tener acceso a la comida por falta de dinero físico o bienes de valor por los que intercambiarla. No es necesario que los problemas energéticos se produzcan para que nuestro sistema financiero se resienta gravemente. La conectividad hace que el apocalipsis ajeno sea propio.

Quienes son partidarios de un mundo sin papel ni siquiera para imprimir dinero parecen no tener en consideración que un simple corte energético limitaría o impediría el acceso a los saldos con los que pagar bienes físicos de primera necesidad. Aquellos que quieren hacer desaparecer el efectivo —empresas tecnológicas y bancos que quieren ahorrarse el coste logístico de su seguridad y traslado— parecen querer ignorar que sin energía todo el dinero virtual desaparecería. Por eso sería mucho mejor no ceder al ciberoptimismo y al ahorro de costes, y tener un plan de contingencia.

Si la pregunta es si nos hemos dotado de herramientas para sobrevivir al día después de un ciberarmagedón, la respuesta es un rotundo no. Si el Estado colapsa o es incapaz de solventar un problema con un servicio esencial, o si se produce la temida reacción en cadena que haga caer una infraestructura tras otra (la energía, la conectividad, la banca y servicios financieros, el suministro de agua, y así hasta el infinito), nosotros, los humanos, deberíamos tener un plan de supervivencia. Quienes viven sin posesiones y confiados en la economía colaborativa para gestionar sus necesidades serían los primeros en caer. Curiosamente, las personas más analógicas y más mayores se defenderían mejor, sobre todo aquellas que han vivido situaciones de escasez y que tienen conocimientos y habilidades que les permiten subsistir con poco.

En la memoria de mi madre, la posguerra era frío. Cuando no hay energía, no hay calefacción; cuando se come poco, se tienen pocas reservas corporales. Es así, gracias a la transmisión de la memoria de la escasez, como jerséis y edredones inútiles han acabado abarrotando mis armarios como parte de mi plan de contingencia. Pregúntese cuál es el suyo.

Paloma Llaneza es abogada, experta en ciberseguridad y autora de ‘Datanomics’ (Deusto, 2019).

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