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IDEAS OPINIÓN i

Te vendo el alma por una ‘app’ sexi

El recurso a las plataformas de la economía digital suscita dilemas éticos. El autor debate con Chuky, un álter ego imaginario y diabólico, los pros y los contras de recurrir a Uber, Amazon y Airbnb

Instalación que imita una tumba con el precio por metro cuadrado del barrio berlinés de Kreuzberg.
Instalación que imita una tumba con el precio por metro cuadrado del barrio berlinés de Kreuzberg. GETTY IMAGES

¡Qué alegría, ya vuelven a circular los taxis! Los taxistas han puesto fin a su larga y enconada huelga gracias a la firmeza de la Comunidad de Madrid, que ha demostrado que… —… demostrado que le importan un bledo los intereses de los colectivos de trabajadores cuando los toma al asalto el neocolonialismo en versión digital —dice Chuky, el muñeco diabólico que vive en mí, y que acaba de despertarse, como siempre de mal humor.

¿He contado ya que en cada uno de nosotros no habita, como dicen, un niño interior al que hemos de cuidar, sino un muñeco diabólico? El mío se llama Chuky, viste levita verde y plastrón, se parece a Juan Carlos Monedero y tiene muy mal carácter. Me ha dicho:

—Y si las instituciones del Estado no amparan a los trabajadores, ¿para qué sirven, para qué tenemos que mantenerlas?

—Hombre, Chuky, no seas así. A todos nos preocupan el incierto porvenir, la destrucción de puestos de trabajo y los sueldos de miseria que contribuyen al precariado y que son consustanciales a estas megacorporaciones de servicios que operan en lo digital, pero…

—Sí, sí, “pero”, pero cuando un sector regulado, como el del taxi — que es perfectible pero funciona razonablemente, ofrece a los usuarios un servicio muy correcto y garantiza la subsistencia de miles de familias—, sufre el asalto de unos inversores multibillonarios con empleados no sindicados y servicios más baratos de su coste real, con el objetivo transparente de monopolizar el mercado…, ¿dónde está la solidaridad de los intelectuales, de los periodistas, de la sociedad? ¿Qué pensabais, qué decíais, cuando los taxistas viendo a Hannibal ad portas presentaban resistencia a su extinción? ¿Dónde queda el pacto social?

—Hombre, es que yo estoy, como muchos, por la libre competencia… Que gane el que ofrezca el mejor servicio.

—Exacto: os ponéis neutrales y salomónicos, sopesáis pros y contras, repetís tópicos: al fin y al cabo resistirse es absurdo porque la economía digital es imparable, y la libre competencia redunda siempre en un bien para el conjunto de la sociedad e incluso una condición de la democracia…

— Hombre…, pues la verdad es que a mí, el otro día, un coche Uber nuevo me llevó al aeropuerto por un precio muy razonable. Y el chófer iba hecho un brazo de mar, y además me ofreció un botellín de agua gratis… De un trato así deberían aprender los taxistas, que algunos tienen el coche que da hasta cosa…

Chuky lanzó una risita sarcástica:

De pronto los taxistas ya no son sacrificados currantes, sino mafiosos de medio pelo y tipos amargados, ¿verdad?

—Sí, cuando las abstracciones sobre la inevitabilidad del mundo digital y las bondades de la desregularización no resultan convincentes, entonces se manifiesta el clasismo del burgués acomodado —esto es: acomodado hasta que las corporaciones multibillonarias del algoritmo pongan también sus zarpas y sus infinitos recursos a apoderarse de su profesión—. El clasismo, sí. De pronto los taxistas ya no son los sacrificados currantes que pasan 12 horas en un trabajo estresante y muy poco saludable para llevar a casa un sueldo digno; sino mafiosos de medio pelo y tipos amargados que siempre tienen en la radio el Carrusel deportivo, ¿verdad? Y cuántos perjuicios causan cuando se ponen en huelga. Hay que ver lo respondón que está el servicio…

Iba yo (cargando con el irascible muñeco) por una calle comercial del centro, en busca de unos auriculares que rompen las ondas del sonido y te aíslan divinamente del ruido ambiental. Cuántas luces, cuánta gente, qué vitalidad, cuántas tiendas y tiendecitas. Encontré en una los auriculares noise cancelling que quería, pero son un poco caros y salí sin comprarlos.

Acabarás encargándoselos a Amazon, ¿verdad? —dijo Chuky

.—Bueno, no sé… Quizá.

—Seguro que lo harás. Te ahorrarás 30 euros. También puedes comprar allí los libros, igual que hacen todos tus amigos, contribuyendo a que el señor Bezos, que por todas esas transacciones paga los impuestos en Irlanda o en cualquier paraíso fiscal filibustero, sea todavía más amo del mundo, mientras desaparecen las tiendecitas y librerías que tanto te gustan, y con ellas los empleados que las mantenían, y con ellos sus contribuciones al erario público, hasta que de repente estas calles sean mortecinas y lúgubres, y entonces lamentaréis haber sido tan tontos de contribuir voluntariamente a la destrucción del comercio de proximidad y de la pequeña burguesía urbana y, en fin, a la misma muerte de vuestras ciudades, colaborando voluntariamente con vuestro peor enemigo, al que encima lloraréis cuando se muera, llamándole “visionario” y “benefactor”, como hicisteis con Steve Jobs. ¡Felicidades, idiotas!

—Hombre, Chuky, sin insultar…

Ojalá a tu regreso tu casero convierta tu piso en hostel… porque necesita pagarle a su peque los estudios de ingeniería informática en Massachusetts…, ¡que son carísimos pero valen la pena, ya que el futuro es digital!

—Considera mis insultos un “toque de arrebato”, o sea, las campanadas que alertan de un incendio, una invasión o una catástrofe.

En ese momento pasaba por allí un amigo mío. Se detuvo para un poco de charla intrascendente. Estaba muy contento porque se va a Lisboa a pasar unos días de vacaciones con su mujer y sus hijos. Es una ciudad adorable, dijo, y hay que disfrutar de ella ahora que aún es accesible, porque la están restaurando y adecentando, y claro, se encarecerá…

Hemos alquilado un apartamento a Airbnb, que sale tirado. Por 10 euros más pasará una asistenta a cambiar las sábanas y barrer… Sí, ya sé que así contribuimos a la especulación inmobiliaria que expulsa a los vecinos de su ciudad, pero qué le vamos a hacer, de otra forma no podríamos llevar a los peques a Lisboa…

—¡Es que a tus jodidos peques no se les ha perdido nada en Lisboa! — dijo Chuky—. ¡Inconsciente, aprovechado, hipócrita, social killer!... Ojalá a tu regreso te encuentres una carta de tu casero informándote de que no te renueva el alquiler porque tiene que convertir tu piso en un hostel para chicos de Múnich o Liverpool… porque necesita el dinero para pagarle a su peque los estudios de ingeniería informática en Massachusetts…, ¡que son carísimos pero valen la pena, ya que el futuro es digital!

Mi amigo salió despavorido, mientras el muñeco, suspirando, concluyó:

—Qué comunidad más ciega y tonta formamos, iter persollicitae depravationis et caliginosissimae moralis caecitatis iam est ingressa, camina ya hacia su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral, Mateo 6,22, sí. Se han necesitado siglos para conquistar unos derechos, y los regalamos en un cuarto de hora porque nos ponen delante una app sexi. Iamque adeo afecta est aetas, a tal punto está nuestra época quebrantada. Lucrecio, claro.

Es lo peor de él, lo insoportable: puede que tenga o no razón, y le aguanto con paciencia el mal carácter; pero esa pedantería, ese esnobismo de los latinajos…

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