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¡Ay!, la investigación

Una de las inquietudes de los humanos es comprender mejor aquello que pueda mejorar nuestra vida. Somos, además, curiosos por naturaleza. Esa fue la base de las continuas mejoras en nuestra vida desde el dominio del fuego y el tallado del sílex para inventar el primer cuchillo. Básico para ello ha sido nuestra enorme capacidad para cooperar con un fin concreto. Y esto sigue hoy día y son los investigadores los que dedican su vida a ello. Y sus resultados ocurren con tal rapidez que resultan sorprendentes en nuestro tiempo vital. Mi padre —médico— me hablaba de lo maravilloso que resultó la aparición de los antibióticos; “de repente, nadie moría de tifus”. Y en España estamos entre aquellos con gran capacidad para contribuir a esta magnífica aventura —contribuyendo al progreso de todos (con los enormes beneficios económicos que reporta)—. Pero en España se trata a los investigadores como si su actividad fuera un capricho prescindible; estamos insuficientemente educados para percibir de qué prescindimos teniendo capacidad para ello. Parecemos ciegos a nuestro tiempo.

Eliseo Pascual Gómez. Alicante

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