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El gen podemita

El hiperliderazgo fallido está liquidando el modelo exitoso de horizontalidad descentralizada del proyecto emergente

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, durante la reunión de la mesa política confederal para las negociaciones de la formación de Gobierno, este viernes en Madrid.

Tal vez, después de leer Por qué fracasan las naciones de Acemoglu & Robinson y Cómo mueren las democracias de Levitsky & Ziblatt la serie podría seguir con Así desaparecen los partidos. En Europa hay formaciones históricas que se extinguen, como los democristianos en Italia, los republicanos franceses, y por ahí ya apuntan los socialdemócratas alemanes. Podemos tal vez pueda aportar casuística española, y con la singularidad de no ser un partido histórico más o menos desfasado, sino de cinco años. Claro que es prematuro aventurar su desaparición, pero no descartable. Han hecho todo lo necesario para progresar hacia ese desenlace en tiempo récord. Como admite el filósofo Santiago Alba Rico, “es obvio que Podemos ya no es el motor de una transformación de este país”. El proyecto funcionó bien como catalizador de un estado de ánimo –la indignación– pero no ha cuajado como proyecto político.

El braceo desesperado de Pablo Iglesias para buscar una tabla con la que salvarse del naufragio pasa por aferrarse al poder. Otros en Podemos, como José María González Kichi y Teresa Rodríguez, creen que entrar en La Moncloa les dejará sin oxígeno lentamente. Hoy, en el consejo ciudadano, Iglesias trata de ganar tiempo sirviendo la cabeza de Echenique –autocrítica en cuello ajeno– pero hay quien cree, aunque sin el ruido de Espinar, que se trata de una respuesta insuficiente y que Iglesias hace otra vez una lectura personal. El hiperliderazgo fallido está liquidando el modelo exitoso de horizontalidad descentralizada del proyecto emergente. El cartel de VuÉLve le retrata mientras siguen cayendo nombres de los carteles de Vistalegre I y Vistalegre II. Cada vez hay menos dirigentes que puedan decirle en voz alta, hoy mismo, que tocar poder no reparará los daños estructurales. Por demás, el órdago de entrar en el Gobierno puede pifiar porque Podemos no basta para sumar y hay otras fuerzas reacias a ellos, del PNV a Coalición Canarias. Y revolverse con la abstención parece peligroso: sería la segunda vez que Iglesias impidiese un gobierno de izquierda votando con VOX, PP y Cs.

El gen podemita tiene algo de autodestructivo, y probablemente inquieta en La Moncloa. Claro que se valora si desestabilizará menos dentro, con líneas rojas en ministerios clave, que fuera. Pero hay reservas, tanto más tras la reacción de Podemos a la suspensión de los diputados indepes o su actitud hacia las donaciones de Amancio Ortega, exhibiendo esa clase de talibanismo trufado de tentaciones antisistema que es marca de la casa. Todo ha ido a peor desde la mutación poscomunista del gen original, liquidando el errejonismo por Montero, Mayoral... y por fin unidos a IU. Hay, por supuesto, factores coyunturales: el final relativo de la crisis, que rebajó la fuerza argumental de la crisis del régimen del 78; la consolidación de Felipe VI, que alejó la cuestión de la Monarquía; el desastre del 1-O… e incluso la anécdota nada desdeñable del chalet de Galapagar. Muchos simpatizantes dejaron de sentirse representados por quienes les habían liderado contra la casta al grito de "no nos representan".

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