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IDEAS ANÁLISIS i

Una Europa con antieuropeos

Cambio climático, desigualdad, inmigración y nacionalpopulismo son los asuntos clave a los que deberá hacer frente el Parlamento Europeo que será elegido en los próximos comicios

Elecciones europeas 2019
Los efectos de la crisis financiera es uno de los temas pendientes en la UE. En la imagen, manifestantes en Grecia en 2015. 

Entre el próximo jueves y el domingo están llamados a votar 374 millones de personas en las elecciones al Parlamento Europeo, el mayor proceso electoral del mundo, excluyendo los comicios en India. La cita es crucial para definir el rumbo de la Unión. Pero si hubiese que poner un rostro a la UE del futuro habría que mirar más allá de las urnas y fijarse en el de la estudiante sueca Greta Thunberg. Aunque sea demasiado joven para votar, ella sola, manifestándose cada viernes en Estocolmo con una pancarta escrita a mano, ha logrado dar impulso a la lucha contra el cambio climático y presentarla como una necesidad absoluta. Thunberg ha cambiado la agenda: después del verano de 2018, en el que el norte de Europa vivió unas temperaturas récord, ella y decenas de miles de otros jóvenes se dieron cuenta de que el futuro podría no llegar nunca en un planeta achicharrado y sin recursos. Dejar atrás el carbón y los combustibles fósiles es, tal vez, el reto más difícil al que se enfrenta la UE. Y no es algo que se pueda retrasar a las calendas griegas.

En un sentido figurado, dejar el carbón significa también renunciar al egoísmo estatal, reconocer que solo desde las cesiones de soberanía a una entidad superior se pueden mantener los logros que han cimentado el periodo más largo de estabilidad que ha conocido el continente. El primer paso hacia la UE fue una Comunidad Europea del Carbón y del Acero, fundada en 1952. Compartir los recursos naturales significó un avance esencial hacia una nueva forma de concebir las relaciones europeas. Ahora, la UE, que pronto tendrá 27 socios en vez de 28 con la salida del Reino Unido (si se resuelve el Brexit), necesita dar saltos tan contundentes y arriesgados como los que se dieron en los años cincuenta en los países fundadores.

Para continuar su camino hacia el futuro, la UE necesita enfrentarse a varias cuestiones cruciales: el cambio climático, con lo que todo esto significa de transformación en los modos de vida (afecta a la forma en que comemos, nos movemos, nos calentamos, nos iluminamos); la desigualdad y la pobreza, una de las consecuencias más perdurables de la crisis; la inmigración, y la ultraderecha, que, más allá de los votos que cosecha, ha logrado influir en la forma en que muchos europeos perciben la realidad.

El historiador británico Ian Kershaw ha publicado recientemente Roller-Coaster. Europe 1950-2017, la segunda parte de su ambiciosa historia de Europa. La traducción del título de su ensayo sería “Montaña rusa. Europa 1950-2017”, una referencia a los vaivenes que ha padecido el continente en este periodo de indiscutible progreso, pero también “de severas decepciones, incluso de desastres, como demostraron gráficamente los efectos de la última crisis”, escribe Kershaw. La Europa que vemos no es la que reflejan las imágenes de Don McCullin, actualmente en la Tate Britain de Londres, retratos de aquella pobreza desgarradora de la Inglaterra de los años sesenta. Pero según Eurostat, la tasa de riesgo de pobreza se sitúa en la UE en el 23,4% de la población, 117,5 millones de personas.

Las consecuencias sobre los sectores más débiles de la población y el hundimiento de las clases medias por lo que Kershaw llama el “turbocapitalismo” están lejos de ser paliadas. La desigualdad, el paro, los salarios miserables, el desempleo juvenil, la avería —cuando no el parón— del ascensor social y las consecuencias de las políticas de austeridad son problemas en los que la ultraderecha encuentra abono.

El problema no es el poder real de la ultraderecha, sino su influencia
en los grandes debates

Cuando estalló la Gran Recesión, en 2008, muchos economistas —entre ellos, el premio Nobel Paul Krugman— auguraron que el euro no aguantaría, que sin una política económica realmente común la moneda acabaría por estallar en mil pedazos. Esto no ocurrió, aunque el peligro no está descartado. La sensación de que la locomotora franco-alemana anda gripada, en este y en otros temas cruciales, no ayuda al optimismo. Pero la amenaza al proyecto europeo, ahora, parece venir por otro lado.

El auge de la derecha ultranacionalista es palpable. Ha llegado al poder o tiene una influencia decisiva en países como Polonia, Hungría, Italia o Austria. Resulta difícil no encontrar inquietantes ecos de los años treinta en esa mezcla peligrosa de nacionalismo y pobreza. Y la idea de que Europa era una vía para solucionar los problemas, la sensación de que la unión hace la fuerza, no ha sido derrotada, pero sí se ha resquebrajado gravemente.

El problema no es tanto el poder real de la ultraderecha —pequeño—, sino su influencia en los grandes debates, explica Julia Ebner, analista experta en ultraderecha del Institute for Strategic Dialogue (ISD), con sede en Londres. “Hemos detectado un patrón desde Europa del Este hasta Europa Occidental, desde los países escandinavos hasta los mediterráneos. Los partidos de extrema derecha han aumentado exponencialmente sus escaños. Han marcado el paso en los debates nacionales de Gobiernos, periódicos y redes sociales más que el resto de partidos. Y, lo que es más importante, han sabido aprovechar el creciente resentimiento contra las élites y explotar la crisis de identidad que se cierne sobre Europa”.

La idea de que la unión hace la fuerza no ha sido derrotada, pero sí ha quedado resquebrajada

Esto no se ha traducido todavía en un recorte drástico de las libertades, ni siquiera en aquellos países donde la democracia está camino de ser secuestrada, como la Hungría de Vik­tor Orbán o la Polonia de Jaroslaw ­Kaczynski. Pero, como dice un anciano historiador británico, Peter Pulzer, que huyó del nazismo de niño —y a quien Kershaw cita en su libro—, “solo los que han vivido bajo un Estado policial saben lo que significa no vivir en uno”.

La actitud ante la inmigración y los refugiados ha sido tal vez lo que más ha hecho crecer a estos partidos. Han logrado imponer su discurso, planteándolo como un problema, consiguiendo que muchos Gobiernos arrastren los pies en este terreno. Niegan así la esencia misma de Europa, un continente cuya historia representa un largo viaje, dentro de las fronteras de los países —de sur a norte, del campo a la ciudad— y también hacia el exterior. La UE necesita inmigrantes para sostener su economía y su envejecida demografía. Tiene la obligación, moral y legal, de acoger a los refugiados, pero el reto y los problemas que la inmigración plantea son grandes.

Con todo, los nacionalistas radicales no han logrado superar el 20% en las urnas en casi ningún Estado miembro. Cuando se evocan las consecuencias de la crisis de los refugiados de 2015 en Alemania, periodo en el que el Gobierno de Angela Merkel aceptó a más de un millón de personas, se suele recordar el regreso de la ultraderecha al Parlamento por primera vez desde 1945 con el partido Alternativa para Alemania (AfD). Pero se olvida que millones de ciudadanos se presentaron voluntarios para ayudar en todo lo que fuese posible. Lo recuerda Géraldine Schwarz en Les Amnésiques, ensayo con el que ganó el premio al mejor libro europeo en 2018: “En mi barrio de Berlín, Kreuzberg, la riada de voluntarios fue tal que los responsables municipales tuvieron que mandarnos a casa explicándonos que éramos más que los refugiados”. Esa Europa, sobre todo esa, también votará el próximo domingo. El continente puede librarse de dos huellas: una es económica, la del carbono; la otra es política.

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